PART 5
La madre que Santoro usó como carnada
Isabella no escuchó nada después de ver a su madre en el video.
El mundo se volvió un ruido lejano.
Su madre, Elena Cruz, vivía en un pueblo pequeño desde que Isabella huyó. Nunca usaba el mismo teléfono más de un mes. Nunca hablaban más de tres minutos. Nunca decía nombres. Todo por seguridad.
Y aun así, Santoro la encontró.
—No —susurró Isabella—. No, no, no…
Lorenzo tomó el teléfono y pausó el video antes de que Mateo despertara.
—La vamos a recuperar.
Isabella lo miró con los ojos llenos de furia.
—No me digas eso como si pudieras arreglarlo todo.
—No lo digo por orgullo.
—¡La encontraron por mí!
—La encontraron por Santoro.
—La usaron porque sabían que yo correría.
Lorenzo no respondió.
Porque era verdad.
Santoro había entendido algo muy simple: Isabella podía soportar miedo por ella misma, pero no por su madre.
—Voy a entregarme —dijo ella.
—No.
—Lorenzo.
—No.
—¡Es mi madre!
—Y si vas, te pierdo a ti, a ella y quizá a Mateo.
Isabella le dio un golpe en el pecho con ambas manos.
—¡No entiendes!
Lorenzo la dejó hacerlo.
—Entiendo más de lo que crees.
—No. Tú tienes hombres, armas, casas, dinero. Yo solo tenía a mi madre.
Lorenzo la sujetó suavemente por las muñecas.
—Y ahora me tienes a mí.
Isabella se quedó inmóvil.
Él no lo dijo como promesa romántica.
Lo dijo como una decisión.
—No voy a dejar que enfrentes esto sola otra vez.
Ella se apartó, respirando fuerte.
—Entonces dime cómo.
Lorenzo reunió a sus hombres en la propiedad de la montaña. Esta vez Isabella estuvo presente. Nadie se atrevió a sacarla de la sala.
El plan era peligroso.
Santoro quería la memoria USB.
Quería a Isabella.
Quería al niño como presión futura.
Lorenzo usaría una copia falsa de la memoria para abrir una negociación en un almacén viejo cerca del río. Mientras tanto, un segundo equipo rastrearía la señal del video para ubicar a Elena Cruz.
—¿Y si matan a mi madre antes? —preguntó Isabella.
Iván respondió con seriedad:
—No lo harán mientras crean que usted puede entregar la memoria real.
—¿Cree?
—En este trabajo, creer es peligroso. Pero Santoro es codicioso. Eso lo hace predecible.
Lorenzo miró a Isabella.
—Tú no irás al almacén.
—Sí iré.
—No.
—Si no me ven, sabrán que es una trampa.
—Pueden verte a distancia.
—No soy una pieza decorativa, Lorenzo.
Él apretó la mandíbula.
—Eres la madre de mi hijo.
—Y la hija de mi madre.
La sala quedó en silencio.
Lorenzo entendió algo: si intentaba encerrarla para protegerla, se convertiría en otro carcelero. Quizá más elegante, quizá más enamorado, pero carcelero al fin.
—Está bien —dijo al fin—. Irás. Pero con chaleco, micrófono y mi gente alrededor.
Isabella asintió.
—Y si algo sale mal…
—Si algo sale mal, corres hacia Iván con Mateo.
—Mateo no estará allí.
—Exacto.
El niño quedaría en la propiedad, con un equipo de seguridad y una médica. Isabella pasó media hora explicándole que debía quedarse con Marta, una mujer de confianza enviada por Lorenzo.
—¿Vas a buscar a abuela? —preguntó Mateo.
Isabella le besó la frente.
—Sí.
—¿Papá va contigo?
Ella miró a Lorenzo.
—Sí.
Mateo pensó.
—Entonces vuelve con él.
Lorenzo sintió que esa frase lo marcaba.
El almacén estaba rodeado de niebla cuando llegaron.
Santoro apareció con cuatro hombres, elegante, sonriente, como si todo fuera una cena de negocios.
—De Luca —saludó—. Isabella. Qué bonito ver una familia reunida.
Isabella apretó los dientes.
—¿Dónde está mi madre?
Santoro chasqueó los dedos.
Un teléfono mostró una transmisión en vivo. Elena Cruz estaba sentada en una habitación pequeña, viva, asustada, pero viva.
Isabella contuvo el llanto.
—Ahora la memoria —dijo Santoro.
Lorenzo levantó una pequeña unidad.
—Primero ella.
Santoro sonrió.
—No estás en posición de exigir.
—Siempre estoy en posición de exigir.
El intercambio verbal fue una cuerda tensándose.
Mientras tanto, el equipo de Iván rastreaba la señal. Cada segundo importaba.
Santoro dio un paso hacia Isabella.
—Debiste elegir mejor al padre de tu hijo.
Lorenzo se movió, pero Isabella levantó una mano.
—Y tú debiste elegir mejor a tus enemigos.
Santoro rió.
—Valiente.
—Cansada.
La señal fue localizada.
Iván habló por el auricular:
—La tenemos. Cinco minutos.
Pero Santoro notó algo.
Sus ojos cambiaron.
—Están rastreando.
Todo estalló.
No con disparos sangrientos, sino con movimiento. Hombres corriendo. Golpes contra cajas. Lorenzo empujando a Isabella detrás de una columna. Iván interceptando a uno de los Santoro. El almacén se llenó de gritos, pasos y metal cayendo.
Isabella, lejos de quedarse quieta, vio a Santoro intentar tomar la memoria real que Lorenzo llevaba oculta.
Tomó una cadena colgante de una puerta y la lanzó contra una pila de cajas. El ruido distrajo a uno de los hombres lo suficiente para que Lorenzo lo redujera.
—¡Te dije que te cubrieras! —gritó él.
—¡Y yo te dije que no soy decorativa!
Incluso en medio del caos, Lorenzo casi sonrió.
El equipo de rescate encontró a Elena Cruz en una casa a tres kilómetros. Viva.
Cuando Iván confirmó por radio, Isabella se dobló de alivio.
Santoro intentó escapar.
Lorenzo lo alcanzó cerca de la puerta trasera.
La pelea fue directa. Santoro peleaba sucio, con desesperación. Lorenzo peleaba con la calma de alguien que ya decidió no perder. Un golpe, otro, una caída contra una mesa rota.
Santoro quedó en el suelo.
—Mátame —escupió—. Sé lo que eres.
Lorenzo lo miró.
Durante años lo habría hecho.
Pero ahora Isabella estaba detrás. Su hijo esperaba en una casa. Y había una línea que ya no quería cruzar delante de ellos, ni siquiera en ausencia.
—No —dijo Lorenzo—. Vas a vivir lo suficiente para perderlo todo.
Santoro fue entregado con pruebas a contactos judiciales que Lorenzo llevaba años evitando usar. No era justicia perfecta. Pero era una caída pública, documentada, imposible de limpiar con dinero.
Cuando Isabella vio a su madre horas después, corrió hacia ella.
El abrazo fue largo, roto, lleno de sollozos.
Lorenzo se quedó atrás.
No quiso interrumpir.
Elena Cruz, todavía temblando, lo miró por encima del hombro de su hija.
—Así que tú eres Lorenzo.
Él inclinó la cabeza.
—Sí, señora.
—Mi hija lloró por ti tres años.
Lorenzo recibió el golpe sin defenderse.
—Yo también.
Elena lo miró con dureza.
—Entonces no la hagas llorar más.
Isabella levantó la cabeza.
—Mamá…
Lorenzo respondió:
—Haré todo lo posible.
Elena entrecerró los ojos.
—Eso suena mejor que una promesa arrogante.
Por primera vez en días, Isabella rió.
Pero la historia todavía no había terminado.
Porque Marco seguía vivo.
Y aunque Santoro había caído, Marco conocía todos los secretos de Lorenzo.
Incluido uno que podía destruir la posibilidad de que Isabella confiara en él otra vez.
🕯️ La última mentira aún no ha salido a la luz…
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