PART 4
La emboscada en el puente viejo
Lorenzo decidió moverlos antes del amanecer.
La casa segura ya no era segura. Santoro había demostrado que podía acercarse demasiado. Marco estaba encerrado, pero su traición había abierto demasiadas puertas.
—Vamos al norte —dijo Lorenzo—. Hay una propiedad en la montaña.
Isabella estaba vistiendo a Mateo con manos rápidas.
—¿Cuánto tiempo?
—El suficiente para que yo termine esto.
—No me gusta cómo suena eso.
—A mí tampoco.
Mateo abrazaba su carrito de juguete.
—¿Vamos de viaje?
Isabella le sonrió.
—Sí, amor. Un viaje corto.
—¿Con papá?
El silencio fue inmediato.
Lorenzo, que estaba revisando un arma cerca de la puerta, se quedó inmóvil.
Isabella cerró los ojos.
Mateo no entendía el peso de esa palabra. Para él era una pieza recién descubierta. Un nombre que probaba en la boca.
Lorenzo guardó el arma.
—Sí —dijo con voz baja—. Con papá.
Isabella no lo corrigió.
El convoy salió cuando el cielo todavía estaba oscuro.
Tres autos.
Dos motocicletas.
Rutas alternas.
Radios en silencio.
Lorenzo iba en el segundo auto con Isabella y Mateo. No quería separarse de ellos.
—Eso es un error táctico —dijo Iván, su jefe de seguridad.
—Anotado.
—Señor.
—No voy a discutirlo.
Iván entendió.
El camino hacia el norte cruzaba un puente viejo sobre un río ancho. La estructura era estrecha, con barandas oxidadas y luces amarillas parpadeando.
Cuando el primer auto llegó a la mitad del puente, se detuvo de golpe.
—Bloqueo adelante —avisó una voz por radio.
Lorenzo miró por la ventana.
Un camión cruzado.
Demasiado perfecto.
—Atrás —ordenó.
Pero ya era tarde.
Otro vehículo cerró la entrada del puente detrás de ellos.
Isabella tomó a Mateo.
—Lorenzo…
—Al suelo.
El primer golpe vino como metal contra metal.
No fue una explosión grande, sino un choque lateral que sacudió el auto. Mateo gritó. Isabella lo cubrió con su cuerpo.
Los hombres de Santoro aparecieron entre la lluvia fina, moviéndose rápido.
Lorenzo abrió la puerta.
—Quédate abajo.
—No salgas.
—Isabella.
—Lorenzo.
Se miraron apenas un segundo.
No era una despedida.
Pero tenía el miedo de una.
Lorenzo salió.
La pelea en el puente fue rápida, brutal en tensión pero no caótica para él. Sus hombres sabían moverse. Santoro había traído más gente, pero menos disciplina.
Un atacante lanzó un golpe contra Lorenzo. Él lo esquivó, lo empujó contra la puerta del auto y lo dejó caer sin necesidad de ensañarse. Otro intentó acercarse al coche donde estaba Mateo; Iván lo interceptó antes de que alcanzara la manija.
Dentro del auto, Isabella abrazaba al niño.
—Cierra los ojos, amor.
—Tengo miedo.
—Yo también. Pero respira conmigo.
La puerta del lado contrario se abrió de golpe.
Un hombre metió el brazo y sujetó a Isabella.
Ella reaccionó con desesperación. Le golpeó la muñeca con el juguete metálico de Mateo, lo suficiente para que soltara. Luego empujó con el hombro la puerta contra él.
Mateo lloró.
Lorenzo vio el movimiento desde fuera.
Su mundo se redujo a ese auto.
Corrió.
Recibió un golpe en el costado, pero no se detuvo. Tomó al atacante por la chaqueta y lo apartó de Isabella con una furia que apenas controlaba.
—¡No la toques!
Por primera vez, Isabella vio al hombre que todos temían.
Pero también vio por qué lo temían.
No por crueldad.
Por precisión.
Por esa manera aterradora de convertirse en muro cuando alguien amenazaba lo suyo.
Un disparo golpeó una luz del puente. Chispas cayeron. Uno de los autos empezó a moverse peligrosamente hacia la baranda.
—¡Tenemos que salir! —gritó Iván.
Lorenzo abrió la puerta.
—Isabella, dame al niño.
Ella dudó.
No porque no confiara.
Porque darle a Mateo a Lorenzo significaba admitir que él también era refugio.
Finalmente se lo entregó.
Lorenzo sostuvo a su hijo contra el pecho por primera vez en medio de una guerra.
Mateo se aferró a su cuello.
—Papá…
La palabra casi lo rompe.
—Estoy aquí.
Isabella salió detrás.
Pero el puente tembló cuando otro vehículo chocó contra el camión de bloqueo. La baranda cedió en una sección. Isabella perdió el equilibrio.
Lorenzo, con Mateo en brazos, no podía alcanzarla.
—¡Isabella!
Ella cayó de rodillas cerca del borde.
Un hombre de Santoro intentó sujetarla.
Isabella no esperó ser salvada.
Le lanzó tierra y grava al rostro, se arrastró hacia atrás y tomó la mano de Iván, que llegó justo a tiempo para levantarla.
Lorenzo respiró de nuevo.
El convoy logró romper el bloqueo minutos después.
Cuando finalmente salieron del puente, nadie habló.
El auto olía a lluvia, miedo y metal.
Mateo se quedó dormido llorando en brazos de Lorenzo.
Isabella tenía una pequeña herida en la ceja y las manos temblando.
Lorenzo la miró.
—Estás herida.
—Tú también.
—No importa.
—A mí sí.
La frase quedó entre ellos.
Lorenzo bajó la mirada a Mateo.
—No puedo seguir defendiendo mientras ellos eligen el lugar.
—¿Qué vas a hacer?
—Elegirlo yo.
La propiedad de la montaña no sería escondite.
Sería anzuelo.
Lorenzo enviaría un mensaje a Santoro: la memoria estaría allí. Isabella estaría allí. El heredero De Luca estaría allí.
Todo sería mentira.
Excepto una cosa:
Santoro vendría.
Y esta vez, Lorenzo estaría esperando.
Isabella lo entendió.
—Esto puede salir mal.
—Sí.
—Podemos perderlo todo.
Lorenzo la miró.
—Ya perdí tres años. No voy a perderlos a ustedes.
Isabella sintió que sus defensas temblaban.
Pero antes de que pudiera responder, el teléfono de Lorenzo sonó.
Era un video enviado desde un número desconocido.
Marco, encerrado en una habitación.
No estaba solo.
Un hombre de Santoro estaba detrás de él.
Marco miraba a cámara, pálido.
—Lorenzo… tienen a alguien más.
La imagen se movió.
Y entonces apareció una mujer mayor atada a una silla, llorando.
Isabella dejó escapar un grito.
—Mamá…
Santoro había encontrado a la madre de Isabella.
💔 Ahora la amenaza ya no es solo contra el niño…
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