PART 3
El traidor en la mesa del jefe
Marco Bellini llegó a la mansión principal de Lorenzo a las nueve de la mañana, como todos los días.
Traje gris.
Cabello peinado hacia atrás.
Rostro tranquilo.
La seguridad de un hombre que había mentido durante tanto tiempo que ya no necesitaba ensayar.
—¿Noticias de la estación? —preguntó mientras entraba al despacho.
Lorenzo estaba sentado detrás del escritorio, con un vaso de café intacto frente a él.
—Ninguna.
Marco suspiró.
—Los Santoro se están moviendo. Si la mujer apareció con un niño, tenemos que actuar rápido.
La mujer.
No Isabella.
No la madre de su hijo.
La mujer.
Lorenzo no levantó la vista.
—¿Qué sugieres?
Marco caminó por la habitación.
—Si el niño es tuyo, puede ser un problema. Si no lo es, también. Isabella sabe demasiado. Tal vez lo mejor sea entregarla a Santoro y negociar desde ahí.
Lorenzo dejó el vaso sobre la mesa.
—¿Entregarla?
—No personalmente. Podemos hacer que parezca que escapó otra vez.
Lorenzo lo miró.
Durante años, Marco fue el hombre que siempre tenía una respuesta. El que le decía dónde golpear, cuándo esperar, a quién comprar. Lorenzo lo consideró familia.
Ahora lo veía por primera vez como lo que era:
un hombre que hablaba de Isabella como una pieza en un tablero.
—¿Y el niño? —preguntó Lorenzo.
Marco dudó apenas.
Un error pequeño.
Suficiente.
—Si es tuyo, lo protegemos aquí. Sin ella.
Lorenzo sintió que algo oscuro se movía dentro de él.
—¿Y si ella se niega?
Marco sonrió.
—Las madres se niegan hasta que entienden que no tienen opciones.
Lorenzo se levantó.
Marco dejó de sonreír.
—¿Pasa algo?
—Sí.
Lorenzo caminó hacia él lentamente.
—Estoy intentando decidir si te mato por traidor o si te dejo vivir para que me digas todo lo que Santoro sabe.
Marco palideció.
—No entiendo.
—Eso es decepcionante. Siempre fuiste mejor mintiendo.
Marco llevó la mano hacia su chaqueta.
Lorenzo fue más rápido.
No hubo disparo.
Solo un golpe seco, la mesa moviéndose, una silla cayendo y Marco contra la pared con el brazo inmovilizado. Los guardias entraron, pero Lorenzo levantó una mano.
—Nadie dispara.
Marco respiraba con dificultad.
—Estás cometiendo un error.
Lorenzo acercó su rostro al suyo.
—Cometí uno durante tres años. Creerte.
Marco intentó negar, pero Lorenzo sacó un pequeño dispositivo y reprodujo el video.
La voz de Marco llenó el despacho:
“Cuando Isabella dé a luz, el niño será la llave.”
El rostro de Marco se volvió gris.
—Puedo explicar.
Lorenzo sonrió sin alegría.
—Por tu bien, empieza.
Marco no era valiente. Era inteligente, y los hombres inteligentes saben cuándo una mentira ya no sirve.
Habló.
Santoro le había ofrecido poder. No dinero. Poder. Una nueva estructura donde Lorenzo sería obligado a ceder territorios a cambio de la seguridad de Isabella y el bebé. Pero Isabella huyó antes de que pudieran tomarla. Marco improvisó la historia de la traición, robó la carpeta y manipuló cada pista para que Lorenzo nunca la encontrara.
—Santoro quería al niño vivo —dijo Marco—. Siempre lo quiso vivo. Un heredero De Luca es mejor que cualquier arma.
Lorenzo apretó la mandíbula.
—¿Quién más sabe dónde está ahora?
Marco sonrió con sangre en el labio.
—Demasiados.
Lorenzo sintió el cambio en la habitación.
—¿Qué hiciste?
Marco no respondió.
El teléfono de Lorenzo vibró.
Número desconocido.
Un video.
Isabella en la casa segura. Mateo jugando en el jardín trasero. Una mira roja moviéndose sobre la pared cercana.
Mensaje:
“Entrega la memoria y a la mujer. El niño puede quedarse vivo.”
Lorenzo no recordó haber cruzado el despacho. Solo supo que un segundo después Marco estaba contra la mesa y sus hombres intentaban detenerlo.
—¡Señor!
Lorenzo respiró como si acabara de salir del agua.
No podía perder el control.
Isabella tenía razón.
Padre primero.
Jefe después.
Soltó a Marco.
—Enciérrenlo.
—Lorenzo —dijo Marco, desesperado—. Santoro no va a detenerse. Ella no vale una guerra.
Lorenzo se giró.
—Mi hijo sí. Y ella también.
En la casa segura, Isabella también había visto la amenaza.
Un disparo no llegó a tocar la casa, pero golpeó una estatua del jardín. Los guardias corrieron. Mateo gritó. Isabella lo tomó en brazos y se escondió detrás de una pared.
—Mamá, ¿qué pasa?
—Nada, mi amor. Juega a quedarte muy quieto, ¿sí?
El niño, demasiado acostumbrado a huir, obedeció.
Eso le rompió el alma.
Cuando Lorenzo llegó, la casa ya estaba blindada por sus hombres.
Isabella salió al pasillo.
—Te dije que pensaran como padres.
—Lo hice.
—Entonces, ¿por qué hay hombres con armas en todas partes?
—Porque soy padre, no idiota.
Ella quiso discutir, pero se detuvo al ver su rostro.
No era el mafioso frío.
Era un hombre aterrado disfrazado de guerra.
—Marco confesó —dijo él.
Isabella cerró los ojos.
—Lo sabía.
—No todo.
—¿Qué falta?
—Santoro quiere la memoria y a ti. Al niño lo quiere como garantía.
Isabella abrazó sus brazos.
—Entonces tenemos que irnos.
—No.
—Lorenzo.
—Huir no funcionó tres años. No funcionará ahora.
—¿Qué propones?
—Hacerlos venir donde podamos verlos.
—Eso es una trampa.
—Sí.
—¿Para ellos o para nosotros?
Lorenzo la miró.
—Eso dependerá de cuánto confíes en mí.
Isabella soltó una risa amarga.
—Me pides confianza después de tres años de odio.
—Te pido una oportunidad para hacerlo bien.
Mateo apareció en la puerta con un carrito de juguete.
—¿Vamos a correr otra vez?
Ambos se quedaron callados.
Isabella se agachó.
—No, amor.
Lorenzo se arrodilló también, aunque el gesto le resultó nuevo.
—Esta vez no vas a correr.
Mateo lo miró.
—¿Tú vas a pelear?
Isabella tensó el rostro.
Lorenzo eligió sus palabras con cuidado.
—Voy a proteger. Pelear es lo último.
—Mamá dice que los hombres malos pelean primero.
Lorenzo miró a Isabella.
—Tu mamá tiene razón.
Mateo le ofreció el carrito.
—Entonces usa esto. Corre rápido.
Lorenzo tomó el juguete como si fuera un objeto sagrado.
—Gracias.
Esa noche, por primera vez, cenaron los tres juntos.
No fue una familia.
No todavía.
Isabella apenas tocó la comida. Lorenzo no sabía cómo hablarle a un niño de tres años. Mateo metió pasta en su vaso y dijo que era sopa de carreras.
Pero hubo un momento, pequeño e imposible, en que el niño se rió.
Lorenzo lo escuchó y sintió una punzada en el pecho.
Tres años de esa risa le fueron robados.
Y la peor parte era que también él se los había robado al creer lo que otros le dijeron.
Más tarde, Isabella encontró a Lorenzo en el jardín, mirando la noche.
—Si algo sale mal —dijo ella—, llévate a Mateo.
—No.
—Prométemelo.
—No voy a prometer abandonar a su madre.
—No me hagas esto.
Lorenzo la miró.
—Yo te hice suficiente.
Isabella bajó la mirada.
Él dio un paso, sin tocarla.
—Voy a acabar con Santoro. Voy a limpiar mi casa. Y después… si quieres irte, no te detendré.
Ella lo miró, sorprendida.
—¿Dejarías ir a tu hijo?
El dolor cruzó su rostro.
—No. Pero no voy a convertirlo en prisionero de mi apellido.
Isabella sintió que algo en ella, algo que había mantenido cerrado tres años, se abrió apenas.
Antes de que pudiera responder, una explosión pequeña iluminó el cielo detrás del muro exterior.
No alcanzó la casa.
Era una advertencia.
Lorenzo giró.
Sus hombres corrieron.
Mateo lloró desde dentro.
Isabella corrió hacia su hijo.
Y Lorenzo, mirando el humo levantarse en la noche, entendió que Santoro no pensaba negociar.
Pensaba cazar.
💥 La guerra acaba de empezar…
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