PART 5
El ataúd vacío
Valentina no habló durante el camino al cementerio privado de los Serrano.
Diego iba a su lado. Samuel conducía. Nadie se atrevía a llenar el silencio.
Afuera, la ciudad amanecía.
Para la gente común, era otro día.
Para Valentina, el mundo acababa de romperse por segunda vez.
Durante tres años había vivido para vengar a un muerto. Había llorado frente a una tumba. Había prometido sobre una lápida que recuperaría el apellido Serrano. Había entrenado, mentido, servido mesas en la casa de sus enemigos, soportado humillaciones pensando que cada paso la acercaba a honrar a su padre.
Y ahora Samuel decía que tal vez Aurelio Serrano no estaba muerto.
—Explícame —dijo al fin.
Samuel apretó el volante.
—La noche de la torre, llegué tarde. Encontré sangre, documentos quemados y el reloj de tu padre. Pero no encontré su cuerpo.
—¿Entonces por qué me dijiste que murió?
—Porque dos días después apareció un cadáver identificado como él.
—¿Lo viste?
Samuel no respondió.
Valentina sintió que la rabia volvía.
—¿Lo viste?
—No.
Diego intervino con cuidado:
—Quizá alguien falsificó la identificación.
Valentina lo miró.
—Gracias, heredero. Eso ya lo entendí.
Él levantó las manos.
—Solo intento ayudar.
—Entonces respira más bajo.
Diego cerró la boca.
Llegaron al cementerio. La cripta Serrano estaba al fondo, rodeada de cipreses. Valentina había estado allí muchas veces. Esa madrugada, por primera vez, le pareció un escenario falso.
Samuel abrió la entrada con una llave antigua.
Dentro, el aire era frío.
La tumba de Aurelio estaba en el centro.
Valentina puso una mano sobre la piedra.
—Si está vacío, voy a odiarte —le dijo a Samuel.
Él bajó la cabeza.
—Lo aceptaré.
Abrieron el ataúd.
Vacío.
No completamente.
Dentro había una caja metálica.
Valentina la tomó con manos temblorosas.
Dentro encontró la última página.
Y una grabación.
Samuel sacó un pequeño reproductor.
La voz de Aurelio Serrano llenó la cripta.
—Valentina, si escuchas esto, significa que sobreviviste. Perdóname. No pude volver por ti. La traición no vino solo de los Altamirano. Hay gente en el gobierno, en bancos y en nuestra propia compañía. Si aparecía, te mataban. Si te buscaba, te encontraban.
Valentina se cubrió la boca.
La voz continuó:
—No confíes en Samuel si lo único que te ofrece es venganza. Confía en él si te entrega la verdad, aunque eso lo destruya.
Samuel lloraba en silencio.
—Estoy vivo, pero no libre. Si Ricardo aún conserva parte del imperio, entonces todavía me necesita. Busca el nombre clave: LAZARUS.
La grabación terminó.
Valentina cerró los ojos.
Su padre estaba vivo.
Quizá.
Prisionero. Escondido. Usado.
Diego tomó la última página y palideció.
—Lazarus no es una persona.
Valentina lo miró.
—¿Qué es?
—Un proyecto. Mi padre habló de eso una vez. Dijo que era un seguro de vida.
Samuel se acercó.
—¿Dónde?
Diego tragó saliva.
—En el club privado Altamirano. Nivel subterráneo.
Valentina se giró hacia la salida.
—Vamos.
Samuel la detuvo.
—No puedes entrar así.
—Mírame.
—Valentina.
—Mi padre puede estar vivo. Si quieres detenerme, tendrás que hacerlo a golpes.
Samuel no se movió.
Diego tomó las llaves.
—Yo puedo entrar.
Valentina lo miró.
—¿Por qué ayudarías?
Él respiró hondo.
—Porque mi familia me enseñó a heredar poder. No a merecerlo. Quizá esta sea la primera cosa decente que hago sin que me obliguen.
Valentina sostuvo su mirada.
—Si me traicionas…
—Lo sé. Me rompes la cara.
—No. Eso primero. Después pienso algo peor.
El club privado Altamirano era un edificio discreto desde fuera, pero bajo tierra tenía tres niveles protegidos. Diego usó su acceso. Valentina entró vestida como asistente. Samuel quedó afuera coordinando.
Todo salió bien durante los primeros ocho minutos.
Luego una alarma silenciosa se activó.
Ricardo sabía que venían.
El nivel subterráneo se cerró.
Guardias aparecieron al final del pasillo.
Diego miró a Valentina.
—Supongo que correr no es opción.
Ella sonrió.
—Por fin dices algo útil.
La pelea en el pasillo fue intensa. Diego bloqueó el primer golpe con el brazo y retrocedió. Valentina pasó debajo de la defensa de un guardia, golpeó su rodilla y tomó su tarjeta de acceso. Otro la sujetó del cabello; ella giró con rabia y lo empujó contra la pared.
Diego recibió un golpe en el rostro.
—¡Eso dolió!
—¡Pelea, no narres!
Lograron llegar a la puerta marcada como LAZARUS.
Diego usó la tarjeta.
La puerta se abrió.
Dentro había monitores, documentos, cuentas cifradas.
Y una pantalla activa.
En ella apareció Ricardo Altamirano.
—Valentina Serrano —dijo—. Tu padre estaría decepcionado de verte con mi hijo.
Valentina dio un paso hacia la cámara.
—¿Dónde está?
Ricardo sonrió.
—Vivo. Por ahora.
La imagen cambió.
Un hombre mayor apareció sentado en una habitación blanca.
Delgado. Cansado. Con barba gris.
Pero sus ojos eran los mismos.
Aurelio Serrano.
Valentina se quedó sin aire.
—Papá…
Aurelio levantó la cabeza como si pudiera escucharla.
La transmisión se cortó.
Ricardo volvió a aparecer.
—Si quieres verlo vivo, entrégame a Diego.
El heredero palideció.
Valentina miró a Diego.
Diego la miró a ella.
Y por primera vez, el hijo de Altamirano entendió lo que era ser usado como moneda.
⚔️ Ahora la venganza exige una elección imposible…
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