PART 5
Natalia no bajó el arma.
Elena tampoco.
Durante años, Elena Márquez había sido su mentora. La mujer que la sacó de una academia donde todos la subestimaban. La que le enseñó a leer una habitación, a pelear sin desperdiciar movimiento, a desconfiar de las sonrisas demasiado limpias.
Ahora entendía por qué Elena enseñaba tan bien la desconfianza.
La había perfeccionado traicionando a todos.
—¿Por qué? —preguntó Natalia.
Elena sostuvo el arma con pulso firme.
—Porque el sistema ya estaba podrido cuando llegué. Yo solo aprendí a cobrar por saberlo.
Gabriel tenía a Claudia inmovilizada, pero no podía moverse sin exponerse.
—Vendían órganos —dijo él—. Pacientes vulnerables. Niños.
Elena lo miró.
—No seas ingenuo. Los ricos compran lo que la ley les niega. Siempre lo han hecho.
Natalia sintió asco.
—Yo confié en ti.
—Y por eso estás viva. Pude entregarte muchas veces.
—Qué generosa.
Elena suspiró.
—Te volviste un problema cuando te enamoraste de él.
Gabriel miró a Natalia.
La frase dolió de una forma extraña. Incluso en medio de la traición, confirmaba algo real.
Elena continuó:
—Ibas a cerrar el caso. Yo lo habría permitido con algunos culpables pequeños. Molina, Claudia, dos administradores. Suficiente para la prensa. Pero Gabriel encontró el quirófano B y todo se aceleró.
Natalia respiró despacio.
—Déjanos entregar las pruebas.
—No puedo.
—Entonces tendrás que dispararme.
Elena no parpadeó.
—No me obligues.
Gabriel habló:
—Natalia.
Ella no lo miró.
—No.
—Escúchame.
—No voy a dejar que se vaya.
Gabriel soltó a Claudia y levantó lentamente las manos.
—Elena no va a dispararte si todavía cree que puede usarte.
Elena sonrió.
—El doctor aprende rápido.
Gabriel dio un paso.
—Pero a mí sí puede dispararme.
Natalia entendió demasiado tarde.
—Gabriel, no.
Él empujó una mesa metálica contra Elena. El disparo se desvió y golpeó una pared. Natalia se lanzó hacia Elena. Ambas cayeron al suelo.
No fue una pelea de desconocidas.
Fue peor.
Era una alumna enfrentando a la mujer que le enseñó cada movimiento.
Elena anticipaba golpes. Natalia anticipaba respuestas. Se conocían demasiado bien. La pelea fue intensa, llena de bloqueos, giros, respiraciones cortadas. Elena era más experimentada. Natalia era más joven y estaba más furiosa.
Gabriel inmovilizó a Claudia con cables de una vieja cocina y corrió hacia la transmisión.
Los archivos estaban al 82%.
Elena logró derribar a Natalia y recuperó el arma.
—Se acabó.
Natalia, en el suelo, respiraba con dificultad.
—Sí —dijo—. Para ti.
La enfermera apareció detrás de Elena con un extintor.
Golpeó.
Elena cayó de rodillas.
Natalia la desarmó.
Gabriel terminó de subir los archivos.
100%.
La transmisión salió.
Pruebas a medios.
Fiscales internacionales.
Organismos médicos.
Servidores externos.
La red quedó expuesta.
Elena, esposada con sus propias bridas tácticas, miró a Natalia.
—Te destruí la vida por una misión.
Natalia respiró con dolor.
—No. Me enseñaste a sobrevivir. Yo decidiré qué hago con eso.
Claudia intentó negociar. Molina delató a medio hospital. Elena guardó silencio al principio, pero cuando vio que la red completa empezaba a sacrificarla, habló.
Y cuando habló, cayeron nombres que nadie esperaba.
Directores.
Empresarios.
Jueces.
Médicos respetados.
Fundaciones enteras.
Gabriel fue absuelto públicamente, pero no salió ileso.
Volver al hospital fue imposible al principio. Cada pasillo le recordaba expedientes falsos, pacientes desaparecidos, colegas que miraron hacia otro lado.
Natalia tampoco volvió a la unidad.
No de inmediato.
El matrimonio quedó en una habitación extraña: vivo, pero lleno de ruinas.
Una noche, semanas después, Gabriel encontró a Natalia en la cocina. Tenía una maleta pequeña.
—¿Te vas?
Ella cerró los ojos.
—No quiero seguir mintiéndote con mi presencia.
—Eso suena a frase ensayada.
—Gabriel.
—No me salvas tomando decisiones por mí otra vez.
Natalia lo miró.
—Te investigué. Te mentí. Te puse en peligro.
—Sí.
—¿Y puedes vivir con eso?
Él tardó en responder.
—No lo sé.
Ella asintió, rota.
—Por eso me voy.
Gabriel se acercó.
—Dije que no lo sé. No dije que no quisiera averiguarlo.
Natalia se quedó inmóvil.
—No puedo prometerte una vida normal.
Gabriel soltó una risa cansada.
—Después de pelear con traficantes en un hospital, mi definición de normal cambió bastante.
—No hagas bromas.
—Si no hago bromas, grito.
Ella bajó la mirada.
—Te amo.
Gabriel cerró los ojos.
—Eso es lo único que no sé cómo odiar.
No se abrazaron como si todo estuviera resuelto.
No lo estaba.
Pero Natalia dejó la maleta en el suelo.
Y por primera vez en meses, no salió corriendo cuando la verdad se volvió difícil.
[Haz clic aquí para leer la siguiente parte]