PART 2
La esposa encubierta
Natalia no siempre se llamó Natalia Rivas.
Antes de casarse con Gabriel, antes de usar vestidos claros y sonreír en cenas de médicos, antes de aprender los horarios de cirugía de su esposo y memorizar cómo tomaba el café, se llamaba Natalia Salas.
Agente especial de la Unidad de Crímenes Médicos.
Su misión original era simple:
acercarse al doctor Gabriel Rivas.
No para protegerlo.
Para investigarlo.
Gabriel se quedó mirando a Molina, luego a Natalia.
—¿Qué quiso decir?
Natalia no bajó el arma.
—No ahora.
Molina rió desde el auto.
—Claro que ahora. El doctor merece saber que su querida esposa entró en su vida porque nosotros pusimos su nombre en una lista.
Gabriel sintió que el aire se volvía vidrio.
—¿Una lista?
Molina abrió la puerta del auto y bajó lentamente. Dos hombres armados estaban detrás de él.
—Cuando la unidad empezó a investigar la red, Gabriel era sospechoso. Demasiado talento, demasiado acceso, demasiada ignorancia conveniente.
Natalia apretó la mandíbula.
—Cállate.
Molina sonrió.
—Ella debía descubrir si eras parte del negocio. En cambio, se enamoró. Qué vulgar.
Gabriel miró a Natalia.
—¿Te casaste conmigo por una investigación?
El dolor en su voz fue peor que cualquier grito.
Natalia abrió la boca, pero uno de los hombres de Molina levantó el arma.
No hubo tiempo para respuestas.
Natalia disparó a una luz del estacionamiento. Todo quedó en penumbra. Empujó a Gabriel detrás de un coche mientras los hombres de Molina respondían. No hubo sangre visible. Solo disparos contra metal, alarmas de autos, cristales rompiéndose.
—¡Muévete! —gritó Natalia.
Gabriel la siguió porque no tenía opción.
Llegaron a la salida lateral del hospital. Natalia abrió una puerta con una tarjeta oculta en su bota y lo empujó hacia un túnel de mantenimiento.
—Camina.
—No hasta que me digas la verdad.
—Si nos quedamos aquí, la verdad te la explican en una bolsa negra.
Gabriel la miró con rabia.
—¿Eso también te lo enseñaron en tu entrenamiento matrimonial?
Natalia recibió el golpe.
Pero siguió avanzando.
El túnel olía a humedad y químicos. Al fondo, una escalera subía hacia la calle trasera. Natalia llamó a alguien desde un teléfono seguro.
—Código rojo. Molina está expuesto. Rivas comprometido. Necesito extracción.
Una voz respondió:
—Negativo. La unidad está infiltrada. No confíes en nadie.
La llamada se cortó.
Natalia cerró los ojos.
—Maldición.
Gabriel soltó una risa seca.
—Perfecto. Ni siquiera tus jefes son confiables.
—Exacto. Por eso te mentí.
Él se acercó.
—No uses la traición como estrategia noble.
Natalia lo miró.
—Al principio, sí, te investigué. Pero descubrí que no eras parte de la red.
—¿Y luego?
—Luego intenté sacarte del caso sin que supieras nada.
—¿Durmiendo en mi cama?
—Amándote.
La palabra cayó entre ellos.
Gabriel no quería creerle.
Eso era lo peor.
Quería odiarla limpiamente, pero la había visto ponerse entre él y hombres armados. La había visto temblar cuando Molina habló. La había visto mentir durante meses, sí, pero también sangrar por protegerlo.
Un ruido arriba.
Pasos.
Natalia apagó la luz del teléfono.
—Nos encontraron.
La escalera metálica vibró.
Dos hombres bajaron.
Natalia empujó a Gabriel detrás de una tubería.
—Quédate.
—Soy cirujano, no mueble.
—Entonces no estorbes, doctor.
El primer hombre atacó con una barra. Natalia esquivó el golpe, pero el espacio era estrecho. Gabriel tomó una llave inglesa del suelo y golpeó la tubería de vapor. El ruido y el vapor llenaron el túnel. Natalia aprovechó para derribar al atacante. Gabriel enfrentó al segundo, torpe pero decidido. Recibió un golpe en el hombro, pero logró empujarlo contra la escalera.
Natalia lo miró.
—¿Estás bien?
—No.
—¿Puedes caminar?
—Sí.
—Entonces estás bien.
Salieron por la calle trasera.
Un auto viejo los esperaba.
Al volante estaba una mujer de unos cincuenta años, cabello corto y mirada dura.
—Suban.
Gabriel dudó.
Natalia abrió la puerta.
—Es Elena Márquez. Mi contacto.
—¿Confiable?
Elena respondió:
—Muchacho, si quisiera matarte, no habría esperado a que subieras.
Gabriel subió.
El auto arrancó.
Durante el trayecto, Elena explicó lo esencial: la red del hospital llevaba años operando bajo fachadas legales. Molina era una pieza central, pero no la cabeza. Había políticos, aseguradoras, fundaciones y médicos involucrados. La unidad de Natalia estaba infiltrada. Alguien había filtrado su identidad.
—¿Por qué Gabriel? —preguntó Natalia.
Elena miró por el retrovisor.
—Porque encontró el quirófano B.
Gabriel se frotó el rostro.
—Todo esto estaba bajo mi hospital.
Elena corrigió:
—No. Bajo el hospital de Molina. Tú solo trabajabas allí.
—Eso no me hace inocente.
Natalia lo miró.
—No sabías.
—No quise saber. Hay diferencia.
Nadie respondió.
Llegaron a un apartamento seguro. Pequeño, oscuro, lleno de monitores y armas guardadas en cajas. Gabriel se sentó en una silla mientras Natalia revisaba su hombro.
—No está roto —dijo ella.
—Qué alivio. Mi esposa falsa también es médica.
Natalia se detuvo.
—No fui falsa contigo.
Gabriel la miró.
—¿En qué momento dejé de ser misión?
Ella bajó la vista.
—Cuando me viste llorar por primera vez después de perder a un paciente y no preguntaste nada. Solo me diste café y te sentaste conmigo en silencio.
Gabriel recordó esa noche.
No supo qué hacer con el recuerdo.
Elena interrumpió:
—Pueden destruirse emocionalmente después. Ahora tenemos un problema.
Encendió una pantalla.
Molina aparecía en una grabación del hospital.
—El doctor Gabriel Rivas robó material confidencial y atacó personal de seguridad. Su esposa Natalia Rivas está desaparecida. Se presume complicidad.
Gabriel se levantó.
—Me está incriminando.
Natalia miró la pantalla.
—Nos va a convertir en fugitivos.
Elena asintió.
—Ya lo hizo.
En otra pantalla apareció una lista de nombres.
Pacientes.
Gabriel reconoció uno.
—Ese niño… lo operé hace dos semanas.
Natalia se acercó.
—¿Qué pasa?
—Está programado como traslado mañana.
Elena palideció.
—No será traslado.
Gabriel sintió que el médico dentro de él se imponía al esposo traicionado.
—Tenemos que sacarlo.
Natalia lo miró.
—Es una trampa.
—Es un niño.
—Lo sé.
Gabriel sostuvo su mirada.
—Entonces no me pidas que sea menos que médico.
Natalia respiró hondo.
—Entrar al hospital ahora es suicida.
Gabriel respondió:
—Tú me enseñaste esta noche que a veces correr también mata.
Natalia lo miró.
Por primera vez desde que todo empezó, él no hablaba como víctima.
Hablaba como alguien dispuesto a pelear.
Y eso era peligroso.
Porque Gabriel Rivas acababa de dejar de huir.
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