LA NOVIA VENDIDA AL JEFE DE LA MAFIA Su familia la entregó como pago de una deuda… pero ella no era tan débil como ellos creían – PARTE 3

PART 3

La sangre de los Moretti

Dante no gritó.

Eso asustó más a Ariana.

Los hombres peligrosos podían perder el control. Golpear mesas. Romper vasos. Amenazar. Pero Dante Moretti se quedó quieto, con el teléfono apagado en la mano y la mirada clavada en el collar de Ariana.

—Mi padre murió hace doce años —dijo.

Su voz era baja.

Demasiado baja.

—Lo siento —respondió Ariana.

—No necesito condolencias.

—Entonces, ¿qué necesitas?

—La verdad.

Ariana se puso de pie.

—Pues estamos iguales. Porque hace dos horas descubrí que mi familia me vendió, que mi madre quizá fue asesinada y que llevo al cuello una clave que todos quieren. Así que perdóname si no tengo respuestas perfectas para tu tragedia familiar.

Dante la miró.

Durante un segundo, la tensión pudo romperse en violencia.

Pero no lo hizo.

Él apartó la mirada.

—Mi padre fue ejecutado después de una reunión con Elisa Serrano.

Ariana sintió que el estómago se le hundía.

—Mi madre.

—Sí.

—Eso no significa que ella lo matara.

—No. Pero significa que estuvo allí.

Ariana apretó el medallón.

—Mi madre no era una asesina.

—Tú eras una niña. No sabes quién era en ese mundo.

—Y tú eras un niño cuando murió tu padre. Quizá tampoco sabes toda la historia.

Dante giró hacia ella.

Por primera vez, Ariana vio dolor bajo la frialdad.

—Cuidado.

—No. Tú cuidado. No voy a cargar con culpas heredadas solo porque los muertos no pueden defenderse.

El silencio fue duro.

Luego Dante tomó su abrigo.

—Vamos a ver a alguien.

—¿Quién?

—La única persona que puede saber qué pasó entre tu madre y mi padre.

—¿Y confías en esa persona?

—No.

—Fantástico.

El lugar era una iglesia abandonada en el barrio viejo, rodeada de grafitis y velas apagadas. Allí los esperaba una mujer mayor, delgada, con cabello blanco y ojos vivos.

—Dante Moretti —dijo ella—. Tardaste demasiado.

—Rosa.

La mujer miró a Ariana.

—Y tú debes ser la hija de Elisa.

Ariana sintió que la voz se le quebraba.

—¿Conoció a mi madre?

Rosa sonrió con tristeza.

—La conocí antes de que aprendiera a esconder cuchillos en sonrisas.

Ariana no supo si eso era elogio o advertencia.

Rosa los llevó a la sacristía. Cerró la puerta.

—Tu padre, Dante, no murió por culpa de Elisa. Murió porque quiso destruir la lista.

Dante se quedó inmóvil.

—Mi padre quería usarla.

—Eso te dijo Massimo.

—Eso me dijeron todos.

Rosa escupió al suelo, disgustada.

—Los hombres como Massimo siempre enseñan a los niños la mentira que más les conviene.

Ariana se acercó.

—¿Mi madre qué hizo?

Rosa la miró.

—Elisa guardó la clave porque tu padre, Esteban Vega, quiso vender la lista al mejor postor. Tu madre descubrió el trato y pidió ayuda a Lorenzo Moretti, el padre de Dante.

Dante respiró con dificultad.

—Mi padre ayudó a una Serrano.

—Tu padre quería sacar a los Moretti de ciertos negocios. Quería usar la lista para limpiar la familia. Massimo lo llamó debilidad.

Ariana sintió frío.

—Entonces Massimo…

—Organizó la emboscada. Esteban Vega entregó la ubicación. Y después todos culparon a Elisa.

La habitación se llenó de silencio.

Dante cerró los ojos.

Doce años odiando a una mujer equivocada.

Ariana sintió que la rabia le subía hacia la garganta.

—Mi padre entregó al padre de Dante.

Rosa asintió.

—Y luego entregó a tu madre cuando ella se negó a darle la clave completa.

Ariana se apoyó en una mesa.

Todo lo que sabía de su vida se estaba deshaciendo.

—¿La mató?

Rosa bajó la mirada.

—No con sus propias manos. Pero abrió la puerta.

La frase fue suficiente.

Ariana no lloró.

Algo más frío ocupó el lugar de las lágrimas.

—¿Dónde está la lista?

Rosa miró el medallón.

—La clave abre una caja en el casino viejo de San Telmo. Pero no basta con la clave. También se necesita una frase.

—¿Qué frase?

Rosa miró a Ariana.

—Tu madre te la cantaba de niña.

Ariana cerró los ojos.

Durante un segundo, una melodía olvidada volvió.

Su madre peinándole el cabello.
Una canción suave.
Una frase repetida antes de dormir:

“La luna guarda lo que el sol no debe ver.”

Ariana lo susurró.

Rosa asintió.

—Entonces Elisa sí te dejó la verdad.

Un golpe sonó fuera.

Después otro.

Dante sacó su arma.

Rosa apagó las luces.

—Massimo encontró este lugar.

Las puertas de la iglesia se abrieron de golpe.

Hombres entraron entre sombras.

Dante tomó la mano de Ariana.

—Detrás de mí.

—Estoy cansada de estar detrás de ti.

—Entonces a mi lado, pero no hagas estupideces.

—No prometo nada.

La pelea estalló entre bancos viejos y vidrios rotos. Dante se movía con precisión, pero Ariana ya no era solo una mujer asustada. Tomó una vela de hierro, golpeó a un atacante en la mano y empujó una banca para bloquear el pasillo.

Rosa abrió una puerta secreta hacia la cripta.

—¡Por aquí!

Corrieron por una escalera estrecha.

Detrás, los hombres de Massimo gritaban.

Dante se detuvo para cubrir la entrada.

Ariana no siguió corriendo.

—¿Qué haces? —preguntó él.

Ella levantó la vela de hierro.

—A tu lado, ¿recuerdas?

Dante la miró.

Y por primera vez en esa noche, no vio a una mujer vendida.

Vio a una aliada.

Escaparon por un túnel que salía a un callejón. Rosa desapareció en otra dirección con una frase:

—El casino. Antes de medianoche. Si Massimo llega primero, todos mueren.

Ariana miró a Dante.

—Tu tío mató a tu padre. Mi padre entregó a mi madre. Y ahora ambos quieren la lista.

Dante guardó el arma.

—Entonces vamos a quitarles lo único que todavía creen controlar.

—¿El poder?

Él la miró.

—El miedo.

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