PART 3
El tío que sonreía en los funerales
Darío Ferrer recibió a Alejandro en su mansión como si no hubiera ordenado matarlo horas antes.
Estaba sentado en el salón principal, con una copa de whisky en la mano y un traje gris impecable. Detrás de él, dos guardias. A su derecha, una chimenea encendida. Sobre la pared, un retrato enorme del padre de Alejandro.
La hipocresía era casi artística.
—Sobrino —dijo Darío—. Me preocupaste.
Alejandro entró con Clara delante de él, sujetándola por el brazo como si la hubiera capturado.
Ella tenía las manos atadas con una brida falsa.
—La encontré —dijo Alejandro.
Darío miró a Clara con una sonrisa lenta.
—Señorita Medina. Siempre supe que era demasiado inteligente para ser secretaria.
Clara no respondió.
Alejandro apretó su brazo, actuando con más dureza de la que sentía.
—Quiero respuestas.
Darío suspiró.
—Tu padre también quería respuestas. Mira cómo terminó.
Alejandro sintió que el pecho le ardía, pero mantuvo el rostro frío.
—¿Tú lo mataste?
Darío bebió un sorbo.
—Yo le ofrecí vivir. Él eligió ser honesto. La honestidad es una enfermedad costosa.
Clara bajó la mirada para ocultar la rabia.
Darío se levantó.
—Dame la memoria, Clara.
—No la tengo.
Él sonrió.
—Claro que sí.
Alejandro intervino:
—Primero quiero saber qué hay en la caja fuerte.
Darío lo miró con orgullo fingido.
—Por fin piensas como Ferrer.
Condujo a ambos hacia un despacho privado. La caja fuerte estaba detrás de una biblioteca. Darío puso la mano en el lector biométrico y abrió.
Dentro había dinero, pasaportes, memorias cifradas y una carpeta con el nombre de su padre:
JULIÁN FERRER.
Alejandro sintió un golpe en el estómago.
Darío tomó una memoria.
—Aquí está todo. Pagos, rutas, nombres. Tu padre quería entregarlo. Yo preferí construir un imperio.
—Eso no es un imperio —dijo Alejandro—. Es una tumba con logo corporativo.
La sonrisa de Darío desapareció.
—Cuidado.
Clara se movió.
Demasiado rápido.
Rompió la brida falsa, golpeó la muñeca de un guardia y le arrebató el arma. Alejandro atacó al segundo con una estatua de bronce del escritorio. El guardia cayó contra la pared. Darío retrocedió y activó una alarma.
—¡Traidores!
Alejandro tomó la carpeta de su padre.
Clara agarró dos memorias.
—¡Corre!
Salieron al pasillo.
La mansión se llenó de hombres.
La pelea fue una carrera salvaje entre salones caros, columnas de mármol y obras de arte que valían más que edificios enteros. Clara disparó contra lámparas para crear oscuridad. Alejandro empujó una mesa para bloquear un pasillo. Uno de los guardias lo golpeó en el hombro; él respondió con el codo y siguió corriendo.
Llegaron al garaje.
Darío apareció en la entrada superior.
—¡Alejandro! ¿Vas a destruir el apellido de tu padre por una mujer que te mintió?
Alejandro se detuvo.
Clara también.
Darío sonrió, creyendo haber encontrado la herida.
—Ella se acercó a ti por una misión. Yo soy sangre.
Alejandro miró el retrato de su padre en la carpeta.
Luego miró a Darío.
—No. Tú eres prueba de que la sangre también se pudre.
Darío levantó el arma.
Clara empujó a Alejandro detrás de un coche.
El disparo rompió el parabrisas.
Alejandro encendió uno de los autos deportivos del garaje. Clara saltó al asiento del copiloto. Salieron atravesando la puerta metálica, que se abrió a medias bajo el impacto.
La persecución empezó en la carretera privada.
Dos autos de Darío detrás.
Clara se sujetó al tablero.
—¿Sabes conducir bajo presión?
—Soy CEO.
—¡Eso no responde nada!
Alejandro giró bruscamente, haciendo que uno de los autos chocara contra una barrera. El segundo los alcanzó. Clara bajó la ventana y lanzó una herramienta metálica contra el parabrisas del perseguidor. El auto perdió control y se salió del camino.
Alejandro la miró.
—¿Siempre llevas cosas para romper autos?
—Soy secretaria. Siempre estoy preparada.
Llegaron a un viejo centro de datos que Clara había preparado.
Allí podían subir las pruebas a servidores externos.
Pero al abrir la carpeta de Julián Ferrer, Alejandro encontró algo que no esperaba.
Una carta.
“Alejandro, si lees esto, Darío ya se quitó la máscara. No confíes solo en los documentos. Busca a la mujer que sobrevivió al vuelo 713. Ella sabe quién puso la bomba.”
Alejandro se quedó inmóvil.
—¿Bomba?
Clara lo miró.
—El avión de tu padre explotó por falla técnica.
—No.
Él levantó la carta.
—Hubo una sobreviviente.
Clara leyó el nombre al final de la página.
Lucía Armenta.
Clara palideció.
—¿La conoces? —preguntó Alejandro.
Ella asintió.
—Sí.
—¿Quién es?
Clara tragó saliva.
—Mi madre.
Alejandro sintió que el suelo se movía.
La misión de Clara.
La muerte de su hermano.
El accidente de su padre.
Todo estaba conectado.
Y Clara acababa de descubrir que su propia madre podía llevar años escondiendo la última verdad.
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