PARTE 2
La esposa sin nombre
Al principio, el secreto tuvo algo de aventura.
Sebastián llegaba tarde al apartamento de Daniela con comida, flores mal elegidas y una sonrisa que casi nadie más conocía.
—No sabes comprar flores —decía ella.
—Soy CEO, no jardinero.
—Eso explica muchas cosas.
Él se quitaba la chaqueta, se sentaba en el suelo y apoyaba la cabeza en sus piernas mientras ella leía.
En esos momentos, Sebastián no parecía el hombre de las revistas.
Parecía un niño demasiado entrenado para no pedir cariño.
Daniela aprendió detalles pequeños.
Que odiaba las cenas familiares.
Que no podía dormir si había demasiada luz.
Que su madre, Victoria Vega, lo trataba como una empresa más.
Que su abuelo lo había educado para ganar, no para ser feliz.
Que su ex novia, Renata Alarcón, seguía apareciendo en los eventos familiares como si nunca se hubiera ido.
—¿Por qué no les dices que estamos casados? —preguntó Daniela una noche.
Sebastián cerró los ojos.
—Porque mi familia convertiría tu vida en una guerra.
—¿Y ahora qué es?
Él abrió los ojos.
—Un refugio.
La respuesta fue hermosa.
Y egoísta.
Daniela no lo entendió todavía.
Pasaron los meses.
Sebastián seguía diciendo:
—Pronto.
Pronto, después de la auditoría.
Pronto, después de la junta.
Pronto, después de la enfermedad de mi abuelo.
Pronto, después de cerrar la fusión.
Pronto, cuando mi madre no pueda usarlo contra ti.
Daniela empezó a odiar esa palabra.
Pronto era una habitación sin puerta.
Ella no quería alfombra roja.
No quería portadas.
No quería joyas.
Solo quería que, cuando alguien preguntara quién era ella, Sebastián no cambiara de tema.
La primera humillación llegó en un restaurante.
Daniela había aceptado cenar con Sebastián en un lugar discreto. Al menos eso dijo él.
Pero Renata apareció.
Como si hubiera sido invitada por el destino.
Vestido blanco.
Cabello perfecto.
Sonrisa afilada.
—Sebastián —dijo, besándolo en la mejilla—. Qué sorpresa.
Luego miró a Daniela.
—¿Y tú eres?
Daniela esperó.
Sebastián también.
Ese segundo lo cambió todo.
Él pudo decir:
Mi esposa.
Pero dijo:
—Daniela.
Solo su nombre.
Nada más.
Renata sonrió.
—Encantada, Daniela.
La forma en que lo dijo hizo que el nombre pareciera pequeño.
Daniela cenó en silencio.
Cuando salieron, Sebastián intentó tomar su mano.
Ella la apartó.
—No lo hagas en la calle. Alguien puede verte.
Él se detuvo.
—Daniela.
—¿Qué soy?
—No empieces.
Ella rio sin alegría.
—No. No me digas eso. No uses esa frase conmigo.
Él respiró.
—Eres mi esposa.
—¿Dónde?
—¿Qué?
—¿Dónde soy tu esposa, Sebastián? ¿En mi apartamento? ¿En tu cama? ¿En un juzgado que nadie conoce? ¿En qué lugar exacto existo?
Él se quedó callado.
Daniela sintió que algo se quebraba.
—Cuando encuentres la respuesta, me avisas.
Esa noche durmieron separados.
No por falta de amor.
Por exceso de dolor.
Al día siguiente, Sebastián mandó un mensaje:
“Lo siento.”
Daniela respondió:
“Yo también.”
Era la primera vez que una disculpa no bastaba.
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