PARTE 7
Mateo y la clínica Santa Irene
Mateo Rivas había conocido la verdad tarde.
Pero no tan tarde como Adriana quería creer.
Dos años antes del accidente, cuando empezó a revisar contratos de la funeraria para casarse con Adriana, encontró pagos a la Clínica Santa Irene.
Pagos mensuales.
Altos.
Con nombres falsos.
Uno de esos nombres coincidía con la fecha de muerte de la madre de Adriana.
Mateo fue a la clínica.
La vio.
Elena Beltrán.
Viva.
Dormida bajo medicación.
Registrada con otro nombre.
No supo qué hacer.
Esa fue su culpa.
No llamar a Adriana.
No denunciar.
No romper la puerta.
Volvió a Esteban y lo enfrentó.
Esteban le dijo que Elena estaba mentalmente destruida, que sacarla podía matarla, que Adriana no soportaría la verdad, que Clara estaba en peligro si él hablaba.
Mateo creyó lo suficiente para callar.
Y el silencio, como siempre, fue útil para los culpables.
En el cementerio, bajo la lluvia, Adriana escuchó la confesión con el rostro vacío.
—La viste.
Mateo no intentó mentir.
—Sí.
—Sabías que mi madre estaba viva.
—Sí.
—Y me besabas cada noche sabiendo eso.
Él cerró los ojos.
—Sí.
Adriana le dio una bofetada.
Luego otra.
—Eso fue por mi madre.
Otra.
—Por Clara.
Otra.
—Por mí.
Mateo no levantó las manos.
—Lo merezco.
—No me sirve que lo sepas.
Clara llegó con la policía antes de que Adriana pudiera decir más. Venía envuelta en una manta, débil pero de pie.
—¿Mamá está viva? —preguntó.
Adriana no respondió.
Solo sostuvo la carpeta.
Clara empezó a llorar.
La policía esposó a Esteban.
Verónica ya había sido detenida en el crematorio.
Pero Adriana no miró a ninguno.
Miró a Mateo.
—Vas a llevarnos a Santa Irene.
—Sí.
—Ahora.
La clínica estaba a una hora de la ciudad, escondida entre colinas. Un lugar blanco, caro y silencioso donde las familias ricas guardaban problemas con nombres médicos.
Mateo abrió la puerta con una credencial antigua.
Adriana no preguntó cómo la conservaba.
No quería otra respuesta.
En la habitación 204 encontraron a Elena Beltrán.
Más delgada.
Cabello con hebras blancas.
Dormida.
Viva.
Adriana se acercó a la cama con miedo.
Clara se quebró antes de llegar.
—Mamá…
Elena abrió los ojos lentamente.
Miró a sus hijas.
Primero confusión.
Luego reconocimiento.
Luego una lágrima.
—Mis niñas.
Adriana se arrodilló junto a la cama.
Durante años creyó que su madre era una tumba.
Ahora era una mujer atrapada en una habitación blanca.
Elena levantó una mano temblorosa y tocó el rostro de Adriana.
—Sabía que ibas a abrir la caja equivocada.
Adriana lloró.
No como en el funeral.
No de rabia.
Lloró como hija.
Y por primera vez desde que despertó en la morgue, se permitió temblar.
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