PARTE 2
Las esposas que no se abrían
Leonardo Fuentes no estaba allí para ser modelo.
De hecho, si alguien de la junta directiva de Fuentes Group lo hubiera visto en ese pasillo, con una chaqueta negra informal, el cabello algo despeinado y una caja metálica en la mano, habría pensado que el futuro presidente ejecutivo había perdido la cabeza.
La explicación era ridícula.
Su mejor amigo, Marco Aguilar, le había pedido un favor:
—Mi hermana menor se escapó otra vez. Mi madre está histérica. Solo necesito que la traigas de vuelta. Si se resiste, usa las esposas profesionales que te dejé. No la lastimes. Solo impide que vuelva a huir.
Leonardo odiaba los favores absurdos.
Pero Marco estaba tomando un vuelo a Singapur para cerrar un contrato crítico. Así que aceptó.
Lo que Marco olvidó mencionar era que la chica que Leonardo debía buscar no se llamaba Camila.
Y que Lucía, la mejor amiga de Camila, había dado la misma dirección para enviar al “modelo”.
El resultado fue un desastre.
Camila abrió la puerta, vio a Leonardo y, por un segundo, olvidó respirar.
Era demasiado guapo para una noche tan mala.
Alto.
Sereno.
Ojos oscuros.
Labios serios.
Una calma irritante.
—¿Eres el modelo? —preguntó ella.
Leonardo frunció el ceño.
—¿Perdón?
—Lucía te mandó, ¿no?
—¿Tu apellido es Aguilar?
—Mi apellido no te importa.
—Entonces sí eres tú.
—¿Qué?
Antes de que Camila entendiera, Leonardo intentó tomarle la muñeca para colocarle una esposa. Ella reaccionó por instinto. Le lanzó una almohada, luego una botella de agua, luego una patada mal dirigida.
Leonardo, sorprendido, terminó esposado a ella por accidente.
Click.
Silencio.
Camila miró la esposa en su muñeca.
Luego la otra en la muñeca de él.
—¿Qué hiciste?
Leonardo miró la cerradura.
—Esto no debió pasar.
—¡Claro que no! Yo nunca pedí un modelo con secuestro incluido.
—No soy modelo.
—¿Entonces qué eres? ¿Un delincuente guapo?
—Alguien que está empezando a arrepentirse de ayudar a un amigo.
Buscaron la llave.
No estaba.
Marco, al teléfono desde el aeropuerto, dijo con horror:
—La llave va en mi maleta.
—¿Tu maleta dónde está? —preguntó Leonardo.
—Subiendo al avión.
Camila gritó:
—¡Lo mato!
Marco prometió enviar una copia al día siguiente.
No llegó.
La llave se perdió en aduanas.
Después se retrasó.
Después el cerrajero explicó que eran esposas profesionales de seguridad y que abrirlas mal podía lesionarlos.
—Una semana —dijo el técnico—. La llave especial llega en una semana.
Camila se sentó en el suelo.
—Acabo de terminar con un infiel, y ahora estoy encadenada a un hombre que ni siquiera sé si cobra por hora.
Leonardo la miró.
—¿Cobra por hora?
Ella lo examinó.
—No te ofendas. Tienes cara de caro.
—Tú tienes cara de problemas.
—Tú me esposaste.
—Tú peleaste como si estuvieras en guerra.
—La vida me entrenó.
Durante esa semana, Leonardo se quedó en el pequeño apartamento de Camila.
Ella pensó que él no tenía casa.
Él dejó que lo creyera.
Era útil.
Leonardo acababa de regresar al país para tomar la presidencia de Fuentes Group. Su madre lo presionaba para casarse. La familia Herrera quería reactivar un compromiso con Valentina. La prensa estaba lista para devorarlo.
Estar escondido en el apartamento de una mujer que lo llamaba “modelo” era, extrañamente, una forma de descanso.
Camila lo obligó a dormir en el suelo.
La primera noche, se emborrachó por despecho y acabó abrazada a él, llorando mientras murmuraba:
—No todos los hombres son basura, ¿verdad?
Leonardo, rígido como una estatua, respondió:
—No todos.
—Tú pareces basura de lujo.
—Gracias.
Al día siguiente, ella despertó gritando.
—¿Pasó algo?
—No.
—¿Tengo que pagar?
Leonardo se quedó mirándola.
—¿Pagar qué?
—No sé. Honorarios de modelo, daños emocionales, cargo por abrazarte dormida.
Leonardo se cubrió la cara.
—Nada pasó.
—Bien.
Pausa.
—¿Seguro?
—Segurísimo.
Camila respiró aliviada.
Luego lo miró de arriba abajo.
—Tu ropa está arruinada. Vomité encima.
—Lo noté.
—Te compraré algo.
—No tienes que…
—Sí tengo. No soy como Mateo.
Y así, esposados, fueron al centro comercial de lujo.
La primera humillación pública ocurrió allí.
Y también el primer indicio de que el supuesto modelo no era tan común como parecía.
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