PARTE 7
Alma y la identidad robada
Alma Rivero declaró en la misma plataforma.
No esperó abogados.
No pidió agua.
No pidió perdón.
Quizá porque entendió que algunas palabras eran demasiado pequeñas para lo que había hecho.
—Tenía deudas —dijo—. Mi hermano estaba preso. Rojas me ofreció dinero por entregar la carpeta de Lucía. Dijo que solo iban a despedirla. Después Nicolás descubrió una parte y quiso detenerlo, pero ya era tarde.
Lucía la interrumpió:
—No suavices.
Alma cerró los ojos.
—Yo la drogué.
Nicolás bajó la mirada.
—Yo vi el boleto y no grité.
Óscar, sentado esposado junto a un banco, murmuró:
—Yo abrí la puerta.
Lucía miró a los tres.
—Bien. Ahora estamos empezando a hablar.
Alma siguió:
—Después de que Lucía cayó, Rojas me obligó a usar su identidad. Dijo que si aparecía una Lucía viva saliendo del país, nadie buscaría a la otra. Me dieron pasaporte, dinero y un billete a Panamá.
—Y volviste.
—Sí.
—Para casarte con Nicolás.
Alma lloró.
—No fue así al principio.
Lucía soltó una risa fría.
—Qué frase tan útil.
Nicolás habló:
—Yo no sabía que ella usó tu identidad hasta un año después.
—¿Y cuando supiste?
Silencio.
—Nicolás.
Él levantó la mirada.
—Me dijo que si hablaba, Rojas publicaría pruebas falsas contra ti. Que dirían que estabas viva, traficando documentos, vendiendo mujeres.
Lucía lo miró con una calma peligrosa.
—Entonces me protegiste dejando mi nombre como basura.
—Sí.
El golpe de honestidad fue incómodo.
Alma se quitó el anillo de compromiso y lo dejó en el suelo.
—Yo no lo amé bien. Lo usé para mantenerme cerca de la compañía y saber si alguna vez aparecías.
Lucía arqueó una ceja.
—No vendas vigilancia como culpa noble.
—No. No fue noble.
Alma respiró.
—Pero guardé algo.
Sacó una memoria escondida dentro del forro de su bolso.
—Copias de los primeros pasaportes. Nombres de compradores. Estaciones usadas. Médicos que firmaban defunciones.
Rojas, esposado, empezó a reír.
—Eso no les alcanza para llegar arriba.
Lucía se giró.
—¿Arriba de usted?
Rojas sonrió.
—Yo era policía. No empresario.
Entonces Nicolás entendió.
—Mi padre.
El silencio volvió a la plataforma.
Lucía lo miró.
—Tu padre murió hace cuatro años.
Nicolás negó lentamente.
—Mi padre dejó de aparecer hace cuatro años.
Óscar susurró:
—El señor Herrera no murió. Solo dejó de viajar en vagones con ventanas.
Desde el fondo de la estación, un tren pequeño de carga encendió luces.
Una voz antigua habló por altavoz:
—Lucía Marín. Siempre fuiste un problema de archivo.
Nicolás palideció.
—Padre…
El verdadero dueño del Expreso 309 seguía vivo.
Y estaba llegando a la estación fantasma.
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