Todos pensaban que el hombre del metro era un simple oficinista perdido, hasta que la arquitecta arruinada miró la pantalla de su teléfono – PARTE 5

La Inauguración y el Penthouse

La apertura de la librería fue algo sacado de un cuento de hadas urbano.

La luz cálida iluminaba los techos de hojalata originales que Raquel había restaurado a mano. Las estanterías de roble brillaban, honrando la historia del edificio pero dándole un pulso moderno. Media ciudad de Nueva York parecía haberse apiñado en el pequeño local de Brooklyn.

Mónica apareció a su lado, sosteniendo dos copas de champán.

Estás deslumbrante, Raquel —dijo su amiga, con lágrimas en los ojos.

Y era cierto. Por primera vez en meses, Raquel se había arreglado. No con la falsedad corporativa que le exigía Tomás, sino con intención. Llevaba un vestido esmeralda que resaltaba su figura, el cabello suelto en ondas naturales y un maquillaje ligero que realzaba su mirada. Se sentía como ella misma, pero en su versión más fuerte.

— ¿Ha venido? —preguntó Raquel, escaneando la multitud con el corazón en la garganta.

— Dijo que no vendría —respondió Mónica en voz baja—. No quería arruinar tu noche.

Raquel sintió que el mundo se detenía. La decepción la golpeó con la fuerza de un tren de carga, seguida inmediatamente por una determinación fiera y ardiente.

Dejó la copa de champán sobre una mesa.

Mónica, dame su maldita dirección. Ahora.

Veinte minutos después, Raquel estaba parada frente a las puertas de un rascacielos de lujo en Tribeca. El edificio gritaba riqueza silenciosa. El portero intentó detenerla, pero ella se coló en el ascensor privado antes de que pudiera parpadear, marcando el último piso.

Las puertas del ascensor se abrieron directamente en el penthouse.

Daniel abrió la puerta principal unos segundos después. Llevaba unos pantalones de chándal grises y una camiseta arrugada. Al verla, se quedó sin aliento.

¿Raquel? ¿Qué estás…?

Estoy aterrada —lo interrumpió ella, dando un paso hacia el interior del lujoso apartamento, sin importarle que la viera temblar—. Estoy absolutamente aterrada, Daniel. Tú tienes miles de millones en el banco y yo tengo préstamos estudiantiles. Tú sales en la revista Forbes y yo trabajo en cafeterías mugrientas.

Él intentó hablar, pero ella levantó una mano, deteniéndolo.

Fui a nuestra primera cita luciendo como una indigente porque tenía demasiado miedo de intentarlo —continuó Raquel, con la voz quebrándose pero sin desviar la mirada—. Pero ya he terminado de esconderme. De ti. De mí misma. De la posibilidad de que me rompan el corazón.

Daniel la miraba, y poco a poco, una luz de esperanza imposible comenzó a encenderse en sus ojos oscuros.

¿Qué estás diciendo, Raquel? —susurró él, dando un paso hacia ella, como si temiera que fuera un espejismo y fuera a desaparecer si se movía muy rápido.

Digo que quiero intentarlo de nuevo. La versión real. —Una lágrima escapó de los ojos de Raquel, resbalando por su maquillaje cuidadosamente aplicado—. Donde tú me hablas de tus aburridas reuniones de junta directiva, y yo te digo cuándo me siento insegura en tu mundo de cristal. Donde ambos somos nosotros mismos. Imperfectos, rotos, pero honestos.

Daniel cerró los ojos por un segundo, soltando un suspiro que parecía contener meses de agonía.

Acortó la distancia entre ellos, tomando el rostro de Raquel entre sus manos con una delicadeza infinita.

Me encantaría eso —murmuró él, rozando sus frentes—. Pero necesito que sepas algo, Raquel. Eres suficiente. Exactamente como eres. Con o sin maquillaje. Con vestidos de seda o con suéteres manchados de café. Siempre has sido suficiente para mí.

Raquel sollozó, lanzándose a sus brazos. No le importó si el rímel se le corría o si su vestido se arrugaba. Lo besó con la desesperación de alguien que por fin ha encontrado el camino a casa en medio de una tormenta.

Llévame a mi inauguración —le susurró ella contra sus labios.

Daniel sonrió, agarró su chaqueta de cuero, y mientras bajaban en el ascensor, entrelazó sus dedos con los de ella.

Se sentía como un comienzo.

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