PARTE 7
La entrada de Bruno Larraín
Las puertas de la sala se abrieron de nuevo.
Esta vez nadie rió.
Entró Bruno Larraín acompañado de tres abogados, dos notarios y varios asistentes con carpetas negras. Los empresarios se levantaron de inmediato.
Bruno no era noble.
No necesitaba serlo.
Era el hombre que administraba los activos Marqués en el norte del país. Había quebrado familias enteras con una firma, salvado ciudades con una llamada y humillado ministros simplemente negándose a contestarles el teléfono.
Se detuvo frente a Elena.
Y, contra todo protocolo, inclinó la cabeza.
—Señorita Marqués.
El murmullo fue como un incendio.
—Marqués…
—¿Ella?
—No puede ser.
—La heredera…
Nicolás parecía a punto de vomitar.
Marina Luján dio un paso atrás.
Elena cerró los ojos un segundo.
La máscara cayó.
Después de tres años, su apellido entró en la sala antes que ella pudiera detenerlo.
—Bruno —dijo, cansada—. Te dije que ocultaras mi identidad.
—Lo intenté.
Damián murmuró:
—Eso explica muchas cosas.
Elena lo fulminó con la mirada.
—No empieces.
Bruno dejó una carpeta sobre la mesa.
—Por orden de la señorita Marqués, el contrato tecnológico asignado provisionalmente a la startup Reyes queda cancelado.
Nicolás reaccionó como si lo hubieran golpeado.
—No puede hacer eso.
Elena lo miró.
—Yo lo puse. Yo lo quito.
—¡Ese contrato era mío!
—No. Era confianza prestada.
Bruno abrió otra carpeta.
—Además, Banco Marqués exige revisión inmediata de todos los fondos recibidos por la empresa Reyes Technologies durante los últimos tres años. Existen indicios de apropiación indebida, uso fraudulento de inversión indirecta y difamación contra la beneficiaria real.
Nicolás palideció.
—Elena, espera.
—¿Ahora sí sabes mi nombre?
Marina intentó intervenir.
—La familia Luján no participará en una reunión manipulada por una mujer despechada.
Bruno la miró.
—La familia Luján tiene tres préstamos cruzados con Banco Marqués. Si desea retirarse, puedo llamar ahora al comité de riesgo.
Marina cerró la boca.
Damián soltó un silbido bajo.
—Me cae bien.
Bruno lo observó por primera vez.
—Y usted debe ser el esposo.
—Depende de si eso me mete en problemas.
—Ya está en ellos.
—Entonces sí.
Bruno examinó el anillo en la mano de Elena.
Sus ojos se estrecharon.
—Ese es el sello Costa.
Damián sonrió.
—Me gustan las antigüedades.
—Y las identidades falsas, al parecer.
Elena levantó una ceja.
—¿También lo conoces?
Bruno respondió:
—Todo el sur lo conoce. Aunque casi nadie haya visto su cara.
Damián suspiró.
—Aquí vamos.
Bruno se giró hacia la sala.
—El señor Damián Costa es el presidente de Costa Global, controlador mayoritario de puertos, hoteles, logística y desarrollos urbanos del sur.
La segunda ola de silencio fue incluso más brutal que la primera.
El vagabundo ya no era vagabundo.
La repartidora ya no era repartidora.
Los dos chistes de la mañana se habían convertido en las dos personas más poderosas de la sala.
Nicolás negó con la cabeza.
—No. No. Esto es imposible.
Damián lo miró.
—Esa palabra te gusta mucho para cosas que simplemente no entiendes.
Elena apretó los labios.
—Me mentiste.
Damián giró hacia ella.
—Sí.
—Después de ver lo que me hizo él, tú también me mentiste.
La frase lo alcanzó.
—Iba a decírtelo.
—Todos los mentirosos dicen eso justo después de ser descubiertos.
Damián aceptó el golpe.
—Tienes razón.
La sala no sabía qué hacer con aquel intercambio. Esperaban espectáculo de poder. Recibieron una pelea matrimonial honesta.
Elena se quitó lentamente el anillo Costa.
Damián se tensó.
—Elena…
Ella lo sostuvo en la palma.
—No lo devuelvo todavía.
Él respiró.
—¿Entonces?
—Lo guardo como evidencia de que necesito hablar contigo en privado antes de decidir si eres un mentiroso útil o un desastre atractivo.
Damián sonrió apenas.
—Me gustaría aspirar a una tercera categoría.
—No prometo nada.
Bruno carraspeó.
—Señorita, ¿procedemos con la licitación?
Elena miró la sala.
A Nicolás.
A Marina.
A todos los que se burlaron.
—Sí.
Se sentó de nuevo en la silla central.
—Procedamos.
Y esta vez nadie le pidió que se levantara.
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