PARTE 9
El niño que no debía existir
Luca fue llevado a una casa segura antes del amanecer.
No a la mansión Vieri.
No al convento.
No al puerto.
A una vieja villa en la montaña que perteneció a Ernesto Serrano y que Bianca nunca había visitado de adulta.
La casa estaba rodeada de pinos, piedra y silencio.
Allí, por primera vez en días, Luca pudo dormir sin escuchar disparos.
Bianca no.
Alessandro fue atendido por un médico de confianza. La bala no tocó órganos vitales, pero perdió sangre. Demasiada. El jefe de los Vieri pasó la noche inconsciente en una habitación del segundo piso.
Bianca se quedó junto a la puerta.
No entró.
No quería verlo vulnerable.
No quería recordar al hombre que la besaba en la frente antes de dormir, antes de convertirse en el viudo ciego de una familia podrida.
Luca apareció en el pasillo con una manta sobre los hombros.
—¿Está muerto?
Bianca se agachó frente a él.
—No.
—¿Va a morir?
—No si es tan terco como parece.
Luca pensó.
—Tiene mis ojos.
Bianca sintió que el pecho le dolía.
—Tú tienes los suyos.
—¿Eso es malo?
—No.
—¿Él sabía de mí?
Bianca cerró los ojos un segundo.
Esta pregunta había llegado.
—No.
—¿Por qué?
—Porque yo tuve que esconderte para que siguieras vivo.
—¿Y si él me hubiera buscado?
Bianca no respondió rápido.
Porque no quería mentirle.
—No supo mirar donde debía.
Luca bajó la mirada.
—Yo sí sé esconderme.
La frase le rompió el alma.
Bianca lo abrazó.
—Ojalá nunca hubieras tenido que aprender.
Al día siguiente, Alessandro despertó.
Lo primero que dijo fue:
—Luca.
Elías, sentado junto a la ventana, levantó una ceja.
—Bonito. Casi mueres y ni saludas.
—Dónde está mi hijo.
Bianca entró en ese momento.
—Durmiendo.
Alessandro intentó incorporarse y gruñó de dolor.
—Victoria…
—Viva. Atada. Vigilada.
—Marco.
—Vivo también. Menos orgulloso que ayer.
—Irina.
—Respira. Desafortunadamente.
Alessandro la miró.
—Gracias.
Bianca cruzó los brazos.
—No lo hice por ti.
—Lo sé.
Silencio.
El tipo de silencio que no se llena con disculpas.
Alessandro habló con voz más baja:
—No voy a pedirte perdón ahora.
Bianca frunció el ceño.
—Qué considerado.
—No porque no lo deba. Lo debo por cada día que pasaste escondida. Por cada vez que Luca tuvo miedo. Por cada tumba que acepté sin abrir. Pero pedir perdón ahora sería usar mi herida para que me mires con menos odio.
Bianca no estaba preparada para esa respuesta.
—Aprendiste algo.
—Tarde.
—Muy tarde.
—Sí.
Ella miró la venda de su costado.
—Luca preguntó si sabías de él.
Alessandro cerró los ojos.
—¿Qué le dijiste?
—La verdad.
—Bien.
—No digas “bien” como si eso te salvara.
—No me salva.
Sus ojos se encontraron.
Por un momento, no había mafia, ni sangre, ni puertos.
Solo dos personas rotas por la misma mentira.
Luego Elías abrió la puerta.
—Tenemos un problema.
Bianca giró.
—Solo uno? Qué alivio.
—Victoria quiere hablar.
Alessandro se endureció.
—No.
Elías miró a Bianca.
—No contigo.
Hizo una pausa.
—Con Luca.
Bianca sintió que todo su cuerpo se volvía hielo.
—Entonces Victoria quiere morir.
👉 [Haz clic aquí para leer la siguiente parte] 👈