PARTE 4
El disparo en el altar
La iglesia de San Ignacio quedó convertida en campo de guerra en menos de diez segundos.
Natalia apuntaba a Tomás.
Tomás sonreía como si todavía pudiera controlar la escena.
Nicolás Salerno estaba a mitad del pasillo, con la camisa negra manchada de lluvia y sangre.
Los hombres de Aranda levantaron armas desde los bancos laterales. Los hombres Moreno dudaron, esperando órdenes de Don Emilio. Los invitados se agacharon entre flores, gritos y copas de cristal que caían al suelo.
—Baja el arma, Natalia —dijo Tomás—. No quieres que todos vean a una novia disparándole a su esposo antes del “sí”.
Ella sostuvo el arma con ambas manos.
—No eres mi esposo.
—Todavía no.
Nicolás habló desde el pasillo:
—Tampoco va a serlo.
Tomás giró hacia él.
—Tú no perteneces a esta iglesia.
Nicolás sonrió apenas.
—La sangre en el suelo dice lo contrario.
Entonces todo ocurrió a la vez.
Un hombre de Tomás apuntó hacia Natalia.
Nicolás disparó primero.
El hombre cayó contra un banco, gritando, con el hombro abierto.
Tomás tomó a Natalia por la muñeca y la giró contra él, usando su cuerpo como escudo. Ella le clavó el tacón en el pie y le golpeó la nariz con la parte trasera de la cabeza.
Tomás soltó una maldición.
Natalia se apartó, pero otro hombre la sujetó por el velo. La tela se tensó alrededor de su cuello. Ella sintió que le faltaba aire.
Sacó la navaja que Nicolás le había dado y cortó el velo de un tajo.
Luego se giró y le abrió la mejilla al hombre que la sostenía.
Sangre sobre flores blancas.
Los disparos llenaron la iglesia.
Nicolás avanzaba por el pasillo con una precisión aterradora. Derribó a un atacante con el codo, disparó contra la pierna de otro y empujó a una mujer mayor detrás de una columna antes de que una bala alcanzara el banco donde estaba.
No era un santo.
Pero no disparaba a inocentes.
Tomás corrió hacia la sacristía.
Natalia lo siguió.
—¡Tomás!
Él giró y disparó.
La bala le rozó el hombro. El dolor la hizo tambalear.
Nicolás apareció detrás de ella y respondió con dos disparos. Tomás se cubrió y desapareció por una puerta lateral.
Natalia quiso seguir, pero Nicolás la tomó del brazo.
—No.
Ella le puso la pistola en el pecho.
—No vuelvas a detenerme.
—Tomás quiere llevarte al túnel. Hay hombres esperando.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque yo habría hecho lo mismo.
La puerta principal volvió a abrirse.
Esta vez entraron hombres de Rosetti.
Máscaras negras.
Armas largas.
Sin intención de negociar.
Don Emilio gritó:
—¡No disparen! ¡Hay familias!
Uno de los Rosetti respondió disparando al techo.
El pánico explotó.
Natalia vio a su padre agacharse detrás de un banco mientras hombres inocentes corrían. Por primera vez, lo vio no como patriarca ni como jefe.
Lo vio como cobarde.
Nicolás la empujó hacia un corredor lateral.
—Tenemos que sacar a los civiles.
Ella miró hacia donde Tomás escapó.
—Mateo.
—Tomás no lo tiene aquí.
—¿Dónde?
Nicolás dudó.
—En el teatro viejo. Diego lo escondió allí con una mujer de confianza. Pero si Tomás llegó a saberlo…
Natalia no esperó.
Corrió.
Nicolás maldijo y fue tras ella.
Salieron por la parte trasera de la iglesia, dejando atrás humo, sangre y el sonido de una boda que terminó antes de empezar.
Afuera, la lluvia había vuelto.
Natalia se arrancó los restos del velo.
—Llévame al teatro.
Nicolás la miró.
—Estás herida.
Ella cargó la pistola.
—El niño también lo estará si llegamos tarde.
Nicolás abrió la puerta del coche.
—Entonces corre, novia.
—No me llames así.
—Como quieras, guerra.
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