PARTE 2
La deuda que convirtió a una hija en moneda
Tres días antes, Celia descubrió por qué su padre la había entregado.
Lo encontró detrás del retrato de su madre muerta.
Isabel Rivera siempre decía:
—Los hombres esconden sus pecados cerca de las mujeres que ya no pueden juzgarlos.
Detrás del retrato había una caja fuerte.
Celia conocía la clave porque su madre la usaba cuando ella era niña: la fecha de nacimiento de Celia.
Dentro encontró una carpeta negra.
DEUDA AURORA.
El Club Aurora no era solo un club clandestino. Era una corte criminal donde se compraban jueces, rutas, armas, votos familiares y personas.
El primer documento decía que Esteban Rivera debía treinta millones.
El segundo decía que había puesto el puerto norte como garantía.
El tercero decía que la garantía había sido rechazada.
El cuarto hizo que Celia sintiera que el piso desaparecía:
“Compensación alternativa: Celia Rivera. Matrimonio transferible. Voto hereditario incluido.”
Su propio padre la había convertido en moneda.
Pero lo peor estaba al final.
Una orden de eliminación:
“Bruno Salvatierra debe ser retirado antes de la subasta. Riesgo de fuga con la heredera.”
Firmas:
Rebeca Rivera.
Mauro Greco.
Aprobación verbal: Esteban Rivera.
Celia sintió que el pecho se le cerraba.
Bruno no había muerto por una guerra entre familias.
Murió porque quería sacarla de aquella casa.
Esa misma noche fue a la cripta donde lo enterraron. No le habían permitido ver el cuerpo. Rebeca dijo que estaba “demasiado dañado”.
Celia ahora sabía que no querían que viera algo.
Con ayuda de Tomás, el viejo jardinero que había trabajado para su madre, abrió el ataúd.
Bruno estaba allí, frío, pálido, con la camisa manchada de sangre.
Y en su mano izquierda faltaba un dedo.
El dedo donde llevaba el anillo secreto de compromiso.
Celia quiso gritar.
Pero en el bolsillo interior de Bruno encontró una nota:
“Rafael no me mató. Si encuentras esto, busca la navaja. La tiene el hombre que llegó tarde.”
Rafael Leone.
El enemigo.
El supuesto asesino.
Al salir de la cripta, tres hombres de Rebeca la esperaban.
Uno intentó sujetarla.
Celia le golpeó la garganta con una linterna. Tomás atacó al segundo con una pala. El tercero sacó un arma.
El disparo sonó.
Tomás cayó sobre la tierra húmeda.
Celia gritó.
El guardia la golpeó en la cara.
Lo último que vio antes de perder el conocimiento fue la sangre del viejo jardinero mezclándose con la tierra de la tumba de Bruno.
Cuando despertó, estaba atada en una habitación del Club Aurora.
Rebeca estaba frente a ella, hermosa, fría y satisfecha.
—Qué pena, Celia —dijo—. Habría sido más fácil si solo hubieras subido al escenario sonriendo.
Celia escupió sangre al suelo.
—Mi madre debió matarte cuando tuvo oportunidad.
La sonrisa de Rebeca desapareció.
Y esa fue la primera pequeña victoria de Celia.
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