PARTE 14
El último Aranda
Tomás Aranda no llegó vivo al juicio del consejo menor.
Lo encontraron colgado en su celda privada con una nota clavada en el pecho.
No fue suicidio.
Todos lo sabían.
La nota decía:
“Los muertos no confiesan dos veces.”
Firma: M.A.
Marcelo Aranda.
El último hermano de Tomás.
Natalia recibió la noticia sin sorpresa.
—Sabía que faltaba uno.
Nicolás dejó el informe sobre su mesa.
—Marcelo está reuniendo hombres de Tomás y restos de Rosetti.
—Objetivo?
—Mateo.
Ella cerró los ojos.
Otra vez.
Siempre Mateo.
Esa noche enviaron al niño a Santa Ágata con protección reforzada. Pero Natalia ya había aprendido que esconder solo aplazaba la guerra. Marcelo Aranda vendría por ella.
Así que lo invitó.
No con carta.
Con sangre.
Mandó colgar en la entrada del puerto el anillo de Tomás, la chaqueta manchada de su boda y una frase:
“Si vienes por el niño, pasa primero por la novia.”
Marcelo llegó a medianoche.
No solo.
Trajo doce hombres.
Natalia lo esperaba en el almacén principal con Nicolás, cuatro hombres Moreno y las luces apagadas.
Marcelo era más joven que Tomás, menos elegante, más brutal. Tenía la cara marcada por una cicatriz antigua y la voz áspera.
—Mi hermano era un idiota —dijo al entrar.
Natalia respondió desde la oscuridad:
—Al fin un Aranda dice la verdad.
—Pero era mi sangre.
—Diego era la mía.
Marcelo sonrió.
—Entonces estamos empatados.
—No. Tú sigues respirando.
El primer disparo lo hizo Marcelo.
La batalla fue corta y salvaje.
No hubo negociación. No hubo discursos largos. Solo disparos entre contenedores, cuchillos en pasillos estrechos y sangre mezclándose con aceite sobre el suelo.
Natalia peleó como alguien que ya no tenía paciencia para amenazas repetidas. Un hombre intentó sujetarla por detrás; ella le rompió la nariz con la cabeza y le clavó la navaja en el muslo. Otro la golpeó en el estómago y ella cayó de rodillas, pero disparó desde abajo y le atravesó el pie.
Nicolás enfrentó a Marcelo cerca de las grúas.
Ambos pelearon cuerpo a cuerpo cuando se quedaron sin balas. Marcelo le abrió el costado con un cuchillo. Nicolás le rompió dos costillas de un rodillazo. Cayeron contra una cadena, golpeándose como animales.
Natalia llegó justo cuando Marcelo levantaba el cuchillo hacia el cuello de Nicolás.
Disparó.
La bala le atravesó el hombro a Marcelo.
Él cayó, gritando.
Nicolás respiraba con dificultad.
—Podría haberlo manejado.
Natalia recargó.
—Seguro. Te estabas muriendo con mucha autoridad.
Marcelo intentó arrastrarse.
—Esto no termina conmigo.
Natalia se acercó.
—Lo sé. Los cobardes siempre dejan primos.
Le puso el arma en la frente.
Nicolás la miró.
No dijo “no lo hagas”.
No se atrevió a decidir por ella.
Natalia respiró.
Pensó en Diego.
En Mateo.
En Tomás muerto antes de pagar suficiente.
En su padre sangrando en el consejo.
En todos los hombres que usaron la palabra familia para vender niños.
Luego bajó el arma.
—No te voy a matar.
Marcelo sonrió, creyendo haber ganado algo.
Natalia le disparó en la pierna sana.
Él gritó.
—Vas a caminar cojo toda la vida y vas a hablar cada vez que te lo pidan.
Nicolás se levantó con dificultad.
—Eso fue cruel.
Natalia lo miró.
—Eso fue administrativo.
Al amanecer, Marcelo fue entregado al consejo con pruebas suficientes para borrar lo último de los Aranda.
Mateo volvió al puerto días después.
Vio a Natalia con vendas nuevas.
—Otra vez sangre?
Ella se agachó.
—Esta vez no era tanta.
El niño la abrazó.
—Mentira.
Natalia cerró los ojos.
—Sí. Mentira.
Mateo le susurró:
—Estoy cansado de que todos peleen por mí.
Ella lo abrazó más fuerte.
—Entonces vamos a construir algo donde nadie pueda comprarte.
Y por primera vez, lo dijo no como promesa desesperada.
Sino como plan.
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