PARTE 3
Cinco años antes
Bianca no siempre supo disparar con una mano mientras sostenía a un niño con la otra.
Aprendió.
Como aprendió a coserse una herida con hilo de pescar.
Como aprendió a dormir con una silla contra la puerta.
Como aprendió a mentir cuando alguien preguntaba su nombre.
Como aprendió que una madre no puede permitirse romperse si todavía hay un hijo respirando en la habitación.
Cinco años antes, la noche de la emboscada, ella iba en el coche negro de los Vieri camino al puerto.
Estaba embarazada de cuatro meses.
Nadie lo sabía salvo Alessandro.
O eso creía.
La noche era lluviosa. Alessandro debía reunirse con su hermano Marco para cerrar un conflicto de rutas. Bianca insistió en acompañarlo, pero él recibió una llamada urgente y le dijo:
—Ve delante. Yo llego en diez minutos.
Nunca llegó.
A mitad de camino, el coche se detuvo.
El conductor, un hombre de confianza de Marco, se bajó fingiendo revisar el motor.
Bianca supo que algo estaba mal cuando vio dos camionetas sin luces cerrando la carretera.
Intentó llamar a Alessandro.
Sin señal.
El conductor abrió la puerta.
—Lo siento, señora.
Bianca lo golpeó con el bolso antes de que pudiera sujetarla. Corrió hacia el bosque bajo la lluvia. Oyó disparos. Sintió una bala rozarle el brazo. Cayó por una pendiente llena de barro y piedras.
Alguien gritó:
—¡Está embarazada!
Otro respondió:
—Entonces mejor.
Esa frase la persiguió durante años.
Bianca se escondió entre raíces, con una mano sobre el vientre y la otra tapándose la boca para no respirar demasiado fuerte.
Escuchó el coche explotar.
Vio el fuego desde abajo.
Oyó a Marco decir:
—Que Alessandro encuentre cenizas. Nada más.
Cuando todos se fueron, Bianca se arrastró durante horas hasta una carretera secundaria. La encontró una monja anciana, la madre Celeste, que regresaba al convento de Santa Ágata.
La monja no preguntó mucho.
Solo vio sangre, embarazo y miedo.
—Tu nombre ya no puede ser tu nombre —dijo.
Y así Bianca Vieri murió.
Nació Ana Rojas.
Cinco meses después nació Luca en una habitación pequeña del convento, mientras afuera caía una tormenta feroz.
Bianca no gritó durante el parto.
Mordió una toalla hasta romperse el labio.
Cuando le pusieron al bebé en brazos, lloró por primera vez.
—Tu padre no sabe que existes —susurró—. Y quizá eso es lo único que te mantiene vivo.
Los años siguientes fueron una mezcla de ternura y terror.
Luca aprendió a caminar entre bancos de iglesia.
Aprendió a esconderse dentro del armario cuando Bianca decía “juego silencioso”.
Aprendió que no debía decir su apellido.
Aprendió que si alguien preguntaba por su padre, debía responder: “murió antes de conocerme”.
Pero Bianca nunca dejó de investigar.
Desde el convento, con ayuda de la madre Celeste, reunió pruebas. Siguió cuentas. Contactó a antiguos empleados de su padre, Ernesto Serrano, dueño del puerto sur antes de morir misteriosamente. Descubrió que su herencia había sido bloqueada por una cláusula: si ella moría sin hijos reconocidos, el puerto pasaba a administración de los Borgia mediante alianza matrimonial.
Irina Borgia no quería casarse con Alessandro por amor.
Quería el puerto.
Marco quería quitar a su hermano del centro del poder.
Y Alessandro…
Alessandro había sido ciego.
Eso era lo que más dolía.
Una noche, Luca tenía cuatro años cuando vio a su madre limpiar una pistola.
—¿Vamos a morir? —preguntó.
Bianca se quedó congelada.
Luego lo abrazó.
—No si aprendemos a correr primero y disparar después.
Luca la miró serio.
—Yo puedo aprender.
Bianca cerró los ojos.
No quería eso para su hijo.
Pero el mundo no pidió permiso.
La noche que decidieron volver fue cuando encontraron el convento.
Hombres de Rosetti entraron al patio con armas.
La madre Celeste intentó detenerlos.
Uno de ellos la golpeó.
Bianca vio sangre sobre el hábito blanco.
Algo dentro de ella se apagó.
Esa noche mató por primera vez con plena conciencia.
No para sobrevivir ella.
Para que Luca pudiera seguir respirando.
Al amanecer, tomó la cadena de la tumba vacía de Bianca, recuperada meses antes por un jardinero comprado, y se la puso a Luca en el bolsillo.
—¿Vamos a ver a papá? —preguntó él.
Bianca miró hacia la ciudad.
—Vamos a ver si todavía queda algo de él.
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