PARTE 4
La puerta del vagón 13
Lucía caminó hacia la parte trasera del tren con la llave en la mano.
Nicolás la seguía.
No porque ella se lo permitiera.
Porque no podía hacer otra cosa.
Alma caminaba detrás, custodiada por dos agentes federales que habían subido al tren vestidos como pasajeros. Óscar iba esposado, pero aún intentaba fingir dignidad.
—Señorita Marín —dijo el conductor—, no sabe lo que está abriendo.
Lucía no se detuvo.
—Eso espero. Me aburren las puertas honestas.
El tren seguía detenido en el túnel. Las luces parpadeaban. Los pasajeros miraban desde los asientos con miedo y curiosidad, grabando con teléfonos.
Al final del último vagón oficial había una pared metálica.
No puerta.
Pared.
Lucía pasó la llave por una ranura casi invisible.
El metal emitió un sonido viejo.
La pared se abrió hacia un lado.
Detrás apareció un corredor estrecho, oscuro, que no figuraba en ningún plano.
El aire olía a encierro, aceite y perfume barato.
Alma empezó a llorar.
—Yo no sabía que todavía lo usaban.
Lucía giró hacia ella.
—Todavía?
Alma cerró la boca.
Entraron.
El vagón 13 era más pequeño que los otros. No tenía ventanas abiertas. Había compartimentos cerrados, maletas apiladas, cajas de documentos y una puerta final reforzada.
Desde dentro de esa puerta venían golpes.
—¡Ayuda!
Lucía corrió.
Nicolás también.
Ella lo empujó contra la pared antes de que llegara a la cerradura.
—No te confundas. No eres héroe aquí.
Él aceptó el golpe.
—Lo sé.
Lucía abrió la puerta.
Dentro había tres mujeres.
Una estaba inconsciente.
Otra tenía las manos atadas.
La tercera apenas podía hablar.
—Nos iban a bajar en la estación fantasma —susurró.
Lucía sintió que la rabia le subía por la garganta.
—¿Quién?
La mujer señaló a Óscar.
El conductor bajó la mirada.
Lucía se acercó a él.
—Nombres.
—No puedo.
—Siete años atrás sí pudiste empujarme.
Óscar tembló.
—Yo no te empujé.
Lucía lo miró.
—Mientes mal para alguien que lleva décadas vendiendo rutas falsas.
Óscar tragó saliva.
—Yo abrí la puerta. Nicolás debía detenerlo.
Todos miraron a Nicolás.
Él cerró los ojos.
Lucía sintió que una parte vieja de ella volvía a sangrar.
—Explícate.
Nicolás habló con voz rota:
—Me dijeron que iban a bajarte viva. Que te asustarían. Que destruirían los documentos y te dejarían en una estación. Cuando vi el boleto…
—¿El boleto de muerte?
—Sí.
—¿Y aun así no hiciste nada?
Él abrió los ojos.
—Intenté sujetarte.
Lucía soltó una risa seca.
—Qué pena. Tu intento no alcanzó para que yo no cayera del tren.
De pronto, las luces del vagón 13 se apagaron.
Una voz habló desde el sistema interno:
—Inspectora Marín, salga del vagón o las tres pasajeras no llegan a la próxima estación.
Lucía miró hacia la cámara oculta en el techo.
Óscar susurró:
—Capitán Rojas.
El nombre lo cambió todo.
El policía que archivó su desaparición.
El hombre que ahora estaba en algún lugar del tren.
Y todavía tenía control.
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