PARTE 8
El palacio del lago
El Palacio del Lago se llenó de disparos, cristal roto y eco.
Adrián empujó a Isabella detrás de una columna, pero ella lo golpeó en el brazo.
—No vuelvas a ponerme detrás.
Él la miró en medio del caos.
Luego asintió.
—A mi lado.
Pelearon juntos por primera vez.
Adrián era precisión fría. Isabella era furia entrenada por cinco años de supervivencia. Ella disparó contra un hombre que intentaba rodearlos por la derecha. Él derribó a otro que apuntaba a su espalda.
Helena caminaba hacia el ala norte, protegida por sus guardias.
—Quiere llegar al archivo —dijo Adrián.
—Entonces llegamos primero.
Corrieron por un corredor de mármol. Un atacante salió desde una puerta lateral y golpeó a Isabella contra la pared. Ella perdió el arma. El hombre intentó sujetarla del cuello.
Isabella sacó un cuchillo pequeño de la manga y se lo clavó en la mano.
El hombre gritó.
Ella lo golpeó con la rodilla y recuperó su arma.
Adrián la miró con una mezcla de horror y admiración.
—Dónde aprendiste eso?
—En lugares donde nadie venía a salvarme.
La frase lo golpeó.
No hubo tiempo para disculpas.
Llegaron al archivo norte.
Helena ya estaba allí.
En la mesa central había documentos, discos duros, certificados falsos y el acta original de la desaparición de Clara.
Isabella tomó el documento.
Su muerte estaba firmada por tres personas.
Ramiro Valenti.
Helena Valenti.
Y Adrián, bajo protocolo ciego.
Ella cerró los ojos.
Adrián habló con voz rota:
—Lo siento.
Isabella lo miró.
—No ahora.
Helena sacó una pistola del bastón y apuntó hacia Isabella.
—Tú siempre fuiste el error que mi hijo llamó amor.
Adrián se puso delante.
Isabella lo empujó a un lado.
La bala pasó rozando su hombro.
Isabella disparó a la mano de Helena.
El arma cayó.
Helena gritó, más de rabia que de dolor.
Adrián se acercó a su madre.
—Terminó.
Helena rio.
—No, hijo. Todavía no entiendes. Si caigo, cae tu firma. Si cae tu firma, Clara puede quitarte a Luna para siempre.
Isabella sostuvo los documentos.
—No necesito quitarle nada a nadie.
Miró a Adrián.
—Pero sí necesito que mi hija sepa quién eligió la verdad cuando por fin la tuvo delante.
Adrián bajó el arma.
Luego hizo algo que Helena no esperaba.
Tomó su teléfono y envió todos los archivos al fiscal que la familia llevaba años comprando… y a tres enemigos que odiaban a Helena más de lo que odiaban a Adrián.
Helena dejó de sonreír.
—Qué hiciste?
Adrián la miró.
—Lo que debí hacer hace cinco años. Abrir la tumba.
Helena intentó huir.
Isabella la alcanzó y la derribó contra la mesa.
—Esto es por mi hija.
La golpeó.
—Esto por el bebé que perdí.
Otro golpe.
—Y esto por cada noche que Luna preguntó por una madre que ustedes enterraron viva.
Helena quedó en el suelo, sangrando, viva.
Isabella no la mató.
No porque no quisiera.
Porque Luna merecía una madre que volviera con las manos limpias al menos una vez.
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