PARTE 5
Rebeca confiesa demasiado
Celia y Rafael salieron por una sala de máquinas, tosiendo, con los ojos irritados y el libro bajo el brazo.
Tres hombres de Aurora los interceptaron.
Rafael derribó al primero con un disparo. Celia lanzó la navaja de Bruno al segundo y la hoja se clavó en su hombro. El tercero la golpeó en la cara. Ella cayó contra una tubería caliente, sintiendo sangre fresca en la boca.
Rafael se abalanzó sobre el hombre y lo estrelló contra la pared hasta dejarlo inconsciente.
Celia lo miró desde el suelo.
—Eso fue personal.
Rafael respiraba fuerte.
—No me gusta que golpeen a mujeres vendidas por sus padres.
—Muy específico.
—Mi madre fue una.
Por primera vez, Celia no supo qué decir.
No había tiempo.
Tenían que salir.
Pero Celia tomó una decisión.
—Antes quiero ver a mi padre.
Lo encontraron en la sala dorada. Don Esteban seguía sentado, rodeado de cristales, sangre y sillas rotas. Parecía diez años más viejo.
Celia lanzó el libro sobre la mesa frente a él.
—Mira lo que firmaste.
Él bajó la cabeza.
—Celia…
Ella lo abofeteó.
—Bruno murió por esto. Tomás murió por esto. Mi madre murió en una casa que tú llenaste de serpientes. Y tú pusiste mi nombre en este libro como si fuera una factura.
—Rebeca me presionó.
Celia soltó una risa amarga.
—Siempre hay alguien más en la frase de un cobarde.
Una voz aplaudió desde el balcón.
Rebeca apareció con un abrigo blanco y una pistola en la mano.
—Qué escena tan conmovedora. Isabel habría hecho algo parecido.
Celia se quedó inmóvil.
—No pronuncies el nombre de mi madre.
Rebeca sonrió.
—Tu madre también hizo demasiadas preguntas. Sobre Aurora. Sobre las deudas de Esteban. Sobre mí.
El pecho de Celia se cerró.
—¿Qué le hiciste?
Rebeca ladeó la cabeza.
—Veneno. Poco a poco. Muy elegante. Tu padre lloró mucho después. Eso sí fue casi convincente.
Celia miró a Esteban.
Él no parecía sorprendido.
Parecía culpable.
—Tú sabías.
El viejo no respondió.
Rebeca disparó.
La bala alcanzó el hombro de Esteban. Él cayó gritando.
—Perdón, amor —dijo Rebeca—. Ya no eres útil.
El salón volvió a llenarse de disparos.
Rafael cubrió a Celia mientras ella arrastraba el libro detrás de una mesa.
Rebeca huyó hacia el garaje.
Celia se levantó con la navaja de Bruno en la mano.
—Ella mató a mi madre.
Rafael la miró.
—Entonces vamos.
En el garaje, Celia alcanzó a Rebeca junto a un coche blindado. Pelearon entre disparos, humo y alarmas. Rebeca intentó matarla, pero Rafael le disparó en la mano.
El arma cayó.
Celia se lanzó sobre ella y la golpeó con el libro negro.
—Esto es por mi madre.
Otro golpe.
—Esto por Bruno.
Otro.
—Esto por cada mujer que sonrió porque no tenía otra opción.
Rebeca cayó al suelo, sangrando.
Celia pudo matarla.
No lo hizo.
—Vas a vivir —susurró—. Sin joyas, sin apellido, sin escenario. Y con todas tus firmas abiertas ante el consejo.
Por primera vez, Rebeca tuvo miedo.
Y Celia entendió que algunas muertes eran demasiado rápidas para ciertas serpientes.
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