PART 2
La secretaria que sabía demasiado
Clara llevó a Alejandro a un apartamento vacío en una zona vieja de la ciudad.
No era suyo. Eso quedó claro desde el primer minuto. No había fotografías, ni ropa personal, ni libros, ni plantas. Solo una mesa, dos sillas, un botiquín, una computadora protegida y una ventana con vista a un callejón oscuro.
—Casa segura —dijo ella.
Alejandro la miró.
—Claro. Todas las secretarias tienen una.
Clara ignoró el sarcasmo.
—Quítate la chaqueta.
—¿Perdón?
—Tienes vidrio en el brazo.
Él miró su manga. Había un corte pequeño, nada grave, pero la tela estaba manchada.
Clara abrió el botiquín.
—Siéntate.
—Hace una hora me dijiste que me traicionaste.
—Y hace diez minutos evité que te abrieran la cabeza contra una pared. Estamos en equilibrio.
Alejandro no se sentó.
—Quiero respuestas.
Clara dejó las gasas sobre la mesa.
—Tu padre investigaba lavado de dinero dentro de Ferrer Group antes de morir.
Alejandro se quedó inmóvil.
—Eso es mentira.
—No.
—Mi padre era Ferrer Group.
—Por eso le dolió descubrir que su propia familia estaba usando la empresa.
Alejandro sintió rabia.
—¿Qué familia?
Clara abrió la computadora y conectó la memoria USB.
En la pantalla aparecieron transferencias, nombres, rutas financieras y fotografías. Una de ellas mostraba a su tío, Darío Ferrer, reunido con empresarios extranjeros y hombres vinculados al crimen organizado.
Darío.
El hermano de su padre.
El hombre que lo ayudó a asumir la presidencia.
El hombre que cada Navidad levantaba una copa y decía:
—Tu padre estaría orgulloso.
Alejandro sintió náuseas.
—No.
Clara habló bajo:
—Tu padre iba a denunciarlo. El avión cayó dos días antes.
—¿Y tú cómo sabes todo esto?
Ella cerró los ojos.
—Porque mi hermano trabajaba para tu padre.
Alejandro la miró.
—Nunca me dijiste que tenías un hermano.
—Murió.
El silencio cambió.
Clara respiró hondo.
—Se llamaba Mateo Medina. Era analista financiero. Descubrió las transferencias. Intentó ayudar a tu padre. Después del accidente, apareció muerto en su departamento. Dijeron que fue suicidio.
Alejandro bajó la mirada.
—Lo siento.
—No quiero que lo sientas. Quiero que escuches.
Clara abrió otra carpeta.
Había una fotografía de Mateo con el padre de Alejandro.
—Entré a Ferrer Group para descubrir quién lo mató. Al principio pensé que tú estabas involucrado.
—¿Por eso aceptaste trabajar conmigo?
—Sí.
El golpe dolió.
Alejandro soltó una risa amarga.
—Perfecto. Primero me investigas. Luego me proteges. Luego admites que me traicionaste. ¿Hay alguna parte de nuestra relación que no sea una mentira?
Clara lo miró.
—Sí.
—¿Cuál?
—Que me enamoré de ti cuando era lo último que debía hacer.
Alejandro se quedó quieto.
No quería escuchar eso.
No ahora.
No cuando todavía sentía en la garganta el sabor de la traición.
—No uses eso para manipularme.
—No lo hago. Ojalá fuera mentira. Todo habría sido más fácil.
El teléfono de Clara vibró.
Mensaje cifrado.
Ella lo leyó y palideció.
—Darío sabe que escapamos.
—Entonces llamo a la policía.
Clara lo miró como si hubiera dicho una ingenuidad peligrosa.
—Darío tiene jueces, policías y fiscales en su bolsillo. Si llamas, sabrá dónde estamos en tres minutos.
—¿Entonces qué propones?
—Publicar las pruebas.
—Eso destruirá mi empresa.
—Tu empresa ya está podrida por dentro.
Alejandro se acercó.
—Miles de empleados dependen de Ferrer Group.
—Y cientos de víctimas dependen de que alguien deje de proteger el apellido Ferrer como si fuera más importante que la verdad.
La discusión se cortó cuando las luces del apartamento parpadearon.
Clara apagó la computadora.
—Nos encontraron.
—¿Cómo?
—Tu reloj.
Alejandro miró su muñeca.
El reloj que Darío le regaló al asumir la presidencia.
Clara se lo arrancó y lo tiró al suelo.
Dentro había un rastreador.
Alejandro sintió rabia y vergüenza.
—Ese maldito…
Un golpe sacudió la puerta.
Clara tomó el arma.
—Salida trasera.
—No voy a huir otra vez.
—Sí vas.
—Clara.
—Alejandro, todavía no sabes pelear lo suficiente para hacerte el héroe.
La puerta cedió.
Entraron tres hombres.
Clara disparó contra el techo para obligarlos a cubrirse. Alejandro tomó la silla y la lanzó contra el primero. El segundo se abalanzó sobre Clara. Ella cayó contra la mesa, pero logró girar y lo golpeó en el costado.
El tercero apuntó a Alejandro.
Clara gritó.
Alejandro se movió tarde.
El disparo golpeó la pared a centímetros de él.
La rabia lo sacudió.
Se lanzó contra el hombre, lo empujó contra la ventana y ambos cayeron sobre el suelo entre cristales rotos. Alejandro recibió un golpe en el rostro, pero logró inmovilizarlo con ayuda de Clara.
Ella lo miró.
—Dijiste que no sabías pelear.
Él respiraba fuerte.
—Dije que estaba aprendiendo.
Escaparon por el callejón.
La lluvia los cubrió mientras corrían.
Clara se detuvo bajo un puente.
—Hay otra copia de las pruebas.
—¿Dónde?
—En la caja fuerte de Darío.
Alejandro la miró.
—¿Quieres entrar en la casa de mi tío?
—No. Quiero que tú entres.
—Eso es suicida.
—No si él cree que todavía puedes odiarme más que a él.
Alejandro entendió.
—Quieres que finja entregarte.
Clara asintió.
—Darío me quiere viva. Cree que tengo la memoria original.
—¿Y si decide matarte igual?
Clara sostuvo su mirada.
—Entonces tendrás que aprender rápido.
Alejandro miró la ciudad bajo la lluvia.
La mujer que creyó traidora era la única que le quedaba.
Y el hombre que llamó familia podía ser quien mandó matar a su padre.
—Está bien —dijo.
Clara parpadeó.
—¿Confías en mí?
Alejandro la miró.
—No. Pero empiezo a creer que el enemigo correcto eres tú.
Ella casi sonrió.
—Eso es lo más romántico que me has dicho.
—No te acostumbres.
A lo lejos, las sirenas empezaron a sonar.
Y ambos supieron que Darío Ferrer ya había movido la ciudad entera para cazarlos.
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