LA ESPOSA FALSA QUE HEREDÓ TODO EL IMPERIO Aceptó un matrimonio por contrato… pero el testamento reveló que ella era la única persona en quien el viejo millonario confiaba – PARTE 3

CHAP 3

La carta de Ernesto

Clara no leyó la carta frente a todos.

Patricia exigió verla. Valeria intentó arrebatársela. Los tíos empezaron a discutir sobre impugnaciones, incapacidad mental, manipulación y fraude.

Damián cerró todo con una sola frase:

—Fuera de la biblioteca.

Nadie se movió.

Entonces su voz bajó.

—Ahora.

Era la primera vez que Clara veía al CEO que todos temían.

No al hombre frío del contrato.

No al nieto distante.

Sino al líder de un imperio acostumbrado a que su palabra cerrara puertas.

Los familiares salieron entre protestas. Patricia fue la última.

Antes de irse, miró a Clara.

—No sabes lo que acabas de despertar.

Clara respondió:

—No. Pero usted sí.

Patricia no contestó.

Cuando quedaron solos, Damián cerró la puerta.

La biblioteca olía todavía a Ernesto: tabaco viejo, cuero, madera encerada y ese perfume discreto que los ricos llaman tradición.

Clara puso la carta sobre el escritorio.

Damián se quedó de pie frente a ella.

—Léela.

—No recibo órdenes tuyas.

—Mi abuelo acaba de dejarte el control de mi empresa.

—Tu abuelo acaba de decir que alguien de tu familia intentó matarlo. La empresa puede esperar.

Damián golpeó la mesa con la mano.

—¡Era mi abuelo!

Por primera vez, su voz se quebró.

Clara lo miró en silencio.

Él respiró fuerte, como si se odiara por haber mostrado algo.

—Léela —repitió, esta vez más bajo.

Clara abrió la carta.

La letra de Ernesto era temblorosa, pero clara.

Clara:

Si esta carta llegó a tus manos, me falló el cuerpo o me fallaron antes. Sospecho lo segundo.

Durante meses me administraron medicación que no reconocía. Patricia insistió en cambiar médicos. Valeria insistió en controlar mis visitas. Nicolás alteró documentos del consejo. Damián no vio nada porque lo eduqué demasiado bien para dirigir empresas y demasiado mal para desconfiar de su propia sangre.

Damián cerró los ojos.

Clara continuó:

Te elegí porque entraste a esta casa por necesidad, no por ambición. Eso te hacía vulnerable, sí, pero también te hacía más honesta que todos ellos. Perdonarás que usara tu contrato como escudo. Necesitaba a alguien fuera del círculo Arce, pero legalmente dentro.

El 70% no es un regalo. Es una carga. El control del Grupo Arce debe quedar en tus manos hasta que se investigue mi muerte y se descubra quién negoció con Horacio Vidal.

Clara se detuvo.

—¿Quién es Horacio Vidal?

Damián abrió los ojos.

—Un competidor. Intentó comprar parte del grupo hace años. Mi abuelo lo odiaba.

Clara siguió leyendo:

Vidal quiere dividir el grupo, vender los activos energéticos y usar nuestras rutas logísticas para negocios que destruirían todo lo que construí. Alguien de la familia está negociando con él.

No confíes en lágrimas, Clara. En esta casa lloran mejor los culpables.

Y sobre todo: si Damián por fin aprende a mirar, quizá puedas confiar en él. Pero no antes.

La carta terminaba con una frase escrita con más fuerza:

Busca el reloj de bolsillo. Ahí empieza la verdad.

Clara bajó el papel.

Damián estaba inmóvil.

No parecía enojado.

Parecía herido en lugares donde el orgullo no podía cubrir.

—Mi abuelo creía que yo no veía nada —dijo.

Clara respondió:

—¿Veías algo?

Él no contestó.

Porque la respuesta era evidente.

Damián había estado demasiado ocupado dirigiendo el imperio para notar que el imperio se pudría desde su propia mesa.

—El reloj de bolsillo —dijo él.

Clara recordó.

Ernesto siempre llevaba un reloj antiguo de oro. Incluso en la biblioteca, incluso enfermo, incluso cuando tosía sangre sobre un pañuelo.

—¿Dónde está?

Damián fue hasta un cajón del escritorio.

Vacío.

—Aquí debería estar.

Clara sintió frío.

Alguien ya lo había tomado.

La puerta se abrió de golpe.

Valeria entró.

—Mamá quiere hablar contigo.

Damián se giró.

—Te dije que nadie entrara.

Valeria levantó una ceja.

—Y yo te recuerdo que esta casa no es cuartel.

Clara observó sus manos.

Valeria llevaba guantes negros.

Dentro de la casa.

En verano.

—¿Buscas esto? —preguntó Clara.

Valeria la miró.

—¿Qué?

—El reloj de Ernesto.

El rostro de Valeria no cambió.

Pero sus dedos se cerraron.

Damián lo vio.

—Valeria.

Ella sonrió.

—Qué rápido se vuelven aliados la esposa alquilada y el heredero humillado.

Damián avanzó.

—Dame el reloj.

—No sé de qué hablas.

Clara se acercó.

—Tu abuelo dejó una carta. Te menciona.

La sonrisa de Valeria se congeló.

—El viejo estaba enfermo.

—Pero no estúpido.

Valeria la abofeteó.

El golpe sonó fuerte en la biblioteca.

Damián tomó a su hermana del brazo.

—¡No vuelvas a tocarla!

Valeria lo miró con odio.

—¿Ahora la defiendes? Hace dos horas pensabas que era una ladrona.

—Hace dos horas no sabía que tú podrías ser una asesina.

Valeria se soltó.

—Cuidado, Damián. Si sigues tirando de ese hilo, quizá descubras que el abuelo no era el único que sabía cosas.

Clara se llevó una mano a la mejilla.

—¿Qué significa eso?

Valeria sonrió.

—Pregúntale a tu querido esposo por qué aceptó casarse contigo tan rápido.

Damián se tensó.

Clara lo miró.

—¿Qué está diciendo?

Damián no respondió.

Valeria salió de la biblioteca riendo.

Clara se quedó mirando a Damián.

—¿Hay otra razón?

Él apretó la mandíbula.

—Clara…

—Dime.

Damián cerró los ojos.

—Tu padre trabajó para el Grupo Arce antes de morir.

El mundo de Clara se detuvo.

—Mi padre era contador independiente.

—Era auditor interno.

—No.

—Descubrió algo. Un desvío. Mi abuelo lo protegió por un tiempo.

Clara sintió que la habitación giraba.

—Mi padre murió en un accidente.

Damián bajó la mirada.

Y Clara entendió.

En esa casa no solo estaba enterrada la verdad de Ernesto.

También podía estar enterrada la verdad de su propia familia.

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