PARTE 2
La noche del lanzamiento
La inauguración de Luz de Sal fue la noche que cambió todo.
Lucía llevaba un vestido claro, joven, delicado, de esos que parecen hechos para promesas felices. Paula la ayudó a maquillarse.
—Estás preciosa —le dijo, acomodándole un mechón de cabello—. Daniel no va a poder mirarte sin caer rendido.
Lucía se sonrojó.
—No digas tonterías.
—No son tonterías. Todas creemos que hoy pasa algo grande.
Lucía la abrazó.
—Gracias por estar siempre.
Paula sonrió.
—Siempre.
Ese “siempre” más tarde le daría náuseas.
El local estaba lleno.
Copas.
Luces doradas.
Clientes.
Influencers pequeñas.
Un periodista local.
La madre de Daniel, Marta Salvatierra, observándolo todo como si ya fuera suyo.
Lucía había preparado una pequeña presentación de la colección.
Daniel estaba nervioso, pero no por la misma razón que ella.
—¿Todo bien? —preguntó Lucía.
—Sí. Solo quiero que la noche salga perfecta.
Ella tomó su mano.
—Saldrá perfecta.
Daniel la besó en la frente.
Ese gesto casi la hizo llorar de felicidad.
La presentación empezó.
Lucía habló primero de las piezas.
De las piedras.
De la inspiración.
Del valor de crear con honestidad.
Después Daniel tomó el micrófono.
—Hoy es una noche muy especial.
Lucía sintió que el corazón se le aceleraba.
Paula, desde la primera fila, la miró con una sonrisa extraña.
Daniel siguió:
—No solo porque abrimos nuestra primera boutique… sino porque voy a empezar una nueva etapa con la mujer que realmente ha estado a mi lado de la manera correcta.
Lucía parpadeó.
Algo se movió dentro de ella.
Una incomodidad súbita.
Un frío en la nuca.
Una alarma sin voz.
Entonces Daniel bajó del pequeño escenario.
No caminó hacia Lucía.
Caminó hacia Paula.
El mundo tardó un segundo en entenderlo.
Lucía tardó dos.
Daniel se arrodilló.
Sacó la caja.
Abrió el anillo.
Su anillo.
El anillo que Lucía diseñó para sí misma.
—Paula Cifuentes —dijo él—. ¿Quieres casarte conmigo?
La boutique estalló en murmullos.
Paula se tapó la boca y empezó a llorar.
No de vergüenza.
De felicidad.
Lucía sintió que el aire desaparecía.
—No… —susurró.
Paula extendió la mano.
El anillo brilló en su dedo como si se burlara.
—Sí —dijo Paula.
Alguien empezó a aplaudir.
Luego otros.
Marta, la madre de Daniel, fue la primera en abrazarlos.
Lucía seguía inmóvil.
La gente la miraba de reojo, esperando quizá alguna reacción elegante, alguna sonrisa de mujer madura, alguna frase de “yo ya lo sabía”.
Pero Lucía no sabía nada.
Paula se acercó a ella.
—Lucía…
Lucía dio un paso atrás.
—No me toques.
Daniel intentó intervenir.
—Escúchame.
Lucía lo miró con una mezcla de horror y vacío.
—¿Ese es mi anillo?
Daniel suspiró.
—Es un diseño de la casa.
—Lo dibujé para mí.
Paula empezó a llorar otra vez.
—Yo no quería que lo supieras así.
La frase fue tan miserable que casi provocó una risa.
Lucía sintió que el dolor se transformaba en algo más duro.
—¿Desde cuándo?
Daniel bajó la voz.
—Hace meses.
Marta interrumpió:
—No conviertas esto en una escena.
Lucía giró hacia ella.
—¿Una escena? Su hijo acaba de comprometerse con mi mejor amiga usando un anillo que yo diseñé creyendo que era para mí.
Marta sostuvo su mirada.
—Daniel eligió a quien consideró más adecuada para su vida.
Paula bajó la cabeza con una humildad ensayada.
Lucía la miró entonces de verdad.
Vio el maquillaje que había retocado con sus propias manos.
Vio la sonrisa contenida.
Vio la felicidad culpable, pero felicidad al fin.
—¿Tú sabías? —preguntó.
Paula levantó la vista.
No respondió de inmediato.
Y ese segundo de silencio fue suficiente.
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