PARTE 5
La casa que la enterró
La mansión Alcázar era más fría de lo que Elena recordaba.
Quizá siempre lo fue.
Quizá antes el amor la había hecho ver luz donde solo había mármol caro.
Mateo dormía en el coche, agotado por el miedo. Clara fue llevada a una clínica segura. Leonardo condujo en silencio, con las manos demasiado firmes sobre el volante.
Elena no lo miraba.
Miraba a su hijo.
Cuando llegaron a la mansión, Beatriz los esperaba en el vestíbulo.
No fingió sorpresa.
Eso fue su primer error.
—Traes a la mujer que destruyó tu vida de vuelta a esta casa —dijo.
Leonardo bajó del coche.
—Traigo a la madre de mi hijo.
Beatriz se quedó inmóvil.
Luego miró a Mateo.
Por un segundo, Elena vio algo parecido a cálculo en sus ojos.
No ternura.
No culpa.
Cálculo.
—Ese niño debe ser protegido por la familia Alcázar —dijo Beatriz.
Elena se interpuso.
—Ese niño fue protegido de la familia Alcázar.
Beatriz la miró con desprecio.
—Sigues hablando como si tuvieras derecho.
Elena sonrió sin alegría.
—Tengo cicatrices firmadas por usted. Creo que eso me da derecho a algunas frases.
Leonardo miró a su madre.
—Quiero la verdad.
Beatriz levantó la barbilla.
—La verdad es que esa mujer te habría arruinado.
—No pregunté tu opinión.
La dureza de su voz hizo que incluso Elena lo mirara.
Beatriz respiró hondo.
—Hice lo necesario para salvarte.
Elena soltó una risa seca.
—Qué curioso. Todos los monstruos usan esa frase cuando no quieren decir “hice lo que me convenía”.
Leonardo dio un paso hacia su madre.
—¿Ordenaste desaparecerla?
Silencio.
La mansión entera pareció escuchar.
Beatriz respondió:
—Ordené retirar una amenaza.
Leonardo palideció.
Elena cerró los ojos.
Ahí estaba.
La confesión disfrazada.
—Estaba embarazada —dijo él.
Beatriz lo miró.
—No lo sabíamos.
Elena abrió los ojos.
—Sí lo sabían.
Sacó una copia doblada de su bolsillo.
—Informe de sangre del hotel. Miranda lo envió antes de que me sacaran de allí.
Beatriz perdió el color del rostro.
Leonardo tomó el papel.
Leyó.
Embarazo confirmado.
Fecha.
Firma.
Miranda Soler.
Autorización de recepción: Beatriz Alcázar.
La mano de Leonardo tembló.
—Lo sabías.
Beatriz no respondió.
De pronto, un disparo rompió una ventana del segundo piso.
Mateo despertó gritando.
Elena lo cubrió con su cuerpo.
Leonardo sacó su arma.
—¡Abajo!
Hombres armados entraron por el jardín.
No eran de Miranda.
No eran de Beatriz.
Beatriz murmuró:
—No…
Elena la miró.
—¿A quién más vendieron mi muerte?
La respuesta llegó desde la puerta principal.
Un hombre mayor, elegante, con bastón de plata, entró acompañado por varios hombres armados.
—A mí.
Leonardo apretó el arma.
—Tío Darío.
Elena sintió que otra pieza encajaba.
Darío Alcázar.
El hermano del padre muerto de Leonardo.
El hombre que nunca aceptó que Leonardo heredara la empresa.
Darío sonrió al ver a Mateo.
—Así que el niño existe.
Miró a Elena.
—Qué lástima. Una tumba vacía habría sido más cómoda para todos.
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