PARTE 9
El padre que disparó primero
Salvatore Santoro bajó las escaleras con una pistola en la mano.
No venía solo.
Detrás estaban dos hombres de Rosetti, Camila Borgia con una venda sobre el ojo y Adriano, pálido, sudando, con la mano ensangrentada envuelta en tela.
Valentina miró a su hermano.
—Deberías estar en el suelo.
Adriano sonrió con dolor.
—Y tú bajo tierra. Parece que los dos decepcionamos.
Salvatore levantó el arma.
—Dame el libro.
Valentina sostuvo el cuero rojo contra su pecho.
—¿Así que mamá decía la verdad?
El viejo no parpadeó.
—Tu madre hablaba demasiado.
—La mataste.
—La detuve.
Esa palabra hizo que algo dentro de Valentina se apagara por completo.
No hubo grito.
No hubo llanto.
No hubo temblor.
Solo silencio.
Elías habló desde su lado:
—Salvatore, todavía puedes morir de viejo si bajas el arma.
El patriarca sonrió.
—Morel. Siempre oliendo sangre donde no te llaman.
—Tu hija me llamó cuando salió de una tumba.
—Mi hija debería haber permanecido en ella.
Valentina levantó la pistola.
—Repite eso.
Salvatore disparó primero.
La bala golpeó la pared junto a su cabeza. Piedra y polvo cayeron sobre el libro. Valentina se lanzó detrás de la mesa central. Elías respondió de inmediato. Uno de los hombres de Rosetti cayó por las escaleras.
El sótano se volvió infierno.
Disparos rebotando contra piedra.
Cajas metálicas cayendo.
Polvo.
Sangre.
Gritos.
Camila se lanzó contra Valentina con un cuchillo. Valentina bloqueó el golpe con el antebrazo y sintió la hoja abrirle la piel. El dolor fue agudo, pero conocido. Le dio un cabezazo a Camila en la nariz. La mujer retrocedió, sangrando.
—Eras una invitada en esta familia —escupió Camila.
Valentina le respondió con un puñetazo.
—Y tú una novia con precio.
Camila atacó otra vez. Ambas cayeron al suelo, rodando entre papeles y vidrio roto. Camila le rasgó la herida del costado, arrancándole un grito. Valentina le clavó los dedos en el ojo vendado. Camila chilló. Valentina la golpeó contra el suelo hasta que dejó de moverse.
Al otro lado, Elías peleaba con Adriano.
Adriano era rápido pese a la herida. Tenía rabia suficiente para no sentir dolor. Pero Elías era más frío, más calculador. Lo golpeó en el estómago, luego en la mandíbula. Adriano cayó contra una estantería.
Salvatore apuntó a Valentina.
—Siempre fuiste igual que tu madre. Demasiado orgullosa para obedecer.
Ella se levantó lentamente.
El brazo le sangraba.
La mejilla también.
—Y tú siempre fuiste demasiado cobarde para amar a alguien que no pudieras controlar.
Salvatore disparó de nuevo.
Elías se movió.
La bala le atravesó el hombro.
Él cayó contra la pared.
Valentina gritó su nombre antes de poder evitarlo.
Salvatore sonrió.
—Ah. Entonces sí sientes algo por el perro de Morel.
Valentina apuntó a su padre.
—No lo llames perro.
—¿Vas a dispararle a tu padre?
Ella sostuvo la pistola con ambas manos.
—No.
Bajó el arma un poco.
Salvatore sonrió.
Entonces Valentina disparó a su pierna.
El patriarca cayó de rodillas, gritando. La sangre le manchó el pantalón oscuro.
—No voy a matarte aquí —dijo ella—. Mamá no dejó un libro entero para que yo terminara como tú.
Adriano intentó tomar su arma.
Elías, desde el suelo, lo golpeó con una caja metálica y lo dejó inconsciente.
El sótano quedó en silencio.
Valentina caminó hasta Salvatore.
Se agachó frente a él.
—Vas a vivir.
Él respiraba con rabia.
—Crees que eso es misericordia.
Ella sonrió.
—No.
Le mostró el libro rojo.
—Es castigo.
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