PARTE 3
El hotel de la tumba
El Hotel Santa Aurelia era perfecto para una venganza.
Antiguo.
Lujoso.
Con salones dorados.
Escaleras de mármol.
Cámaras renovadas.
Un sistema audiovisual moderno.
Y demasiadas puertas que podían cerrarse desde una oficina privada.
Elena llegó un mes antes del compromiso.
Revisó contratos.
Cambió personal de seguridad.
Contrató técnicos.
Instaló nuevos servidores.
Y pidió una lista completa de invitados.
Cuando vio los nombres, no sintió dolor.
Sintió precisión.
Gabriel Aranda.
Marina Vargas.
Amalia Aranda.
Héctor Vargas.
El abogado familiar, Esteban Luján.
Los socios que compraron acciones después de su muerte.
El médico que firmó un certificado sin cuerpo.
El jefe de policía que cerró el caso en cuarenta y ocho horas.
Todos.
Elena preparó cada prueba.
La llamada de Gabriel, recuperada del sistema del coche.
El audio que Rosa grabó cuando la rescató.
El informe del mecánico que encontró los frenos cortados.
La transferencia de Amalia al taller clandestino.
La póliza de seguro cobrada por Gabriel.
El testamento manipulado.
La cámara de una gasolinera donde Marina y Gabriel se vieron antes del accidente.
No bastaba con volver.
Tenía que cerrar la puerta detrás de todos.
La noche del compromiso, Elena vistió de negro.
No por luto.
Por memoria.
El vestido era simple, elegante, con mangas largas y cuello alto que dejaba ver apenas la cicatriz. El cabello recogido. Labios color vino oscuro. Ojos firmes.
El gerente del hotel, Bruno, la miró antes de entrar al salón.
—¿Está segura?
Elena sostuvo la carpeta en la mano.
—No.
—Podemos entregar todo a la policía y evitar la escena.
Ella sonrió sin alegría.
—La policía ya evitó suficiente hace cinco años.
Bruno bajó la mirada.
—Entonces las puertas estarán cerradas cuando usted diga.
Elena asintió.
Entró al salón.
Nadie la reconoció al principio.
Algunos hombres la miraron con curiosidad. Algunas mujeres intentaron ubicarla en alguna familia europea. Los camareros la saludaban como directora del evento.
Gabriel estaba en el centro.
Más viejo.
Más elegante.
Más vacío.
Marina estaba a su lado con un vestido blanco perla.
Elena sintió algo.
No amor.
No celos.
Asco.
Marina llevaba unos pendientes que habían pertenecido a su madre.
Su madre de verdad.
La mujer que murió antes de ver cómo una hija enterraba a la otra.
Amalia Aranda levantó una copa.
—Brindemos por los amores que sobreviven a las tragedias.
Elena casi rió.
Qué palabra.
Sobreviven.
Entonces Gabriel la vio.
No la reconoció.
Pero algo en su cuerpo sí.
Se quedó quieto.
Marina le tocó el brazo.
—¿Qué pasa?
—Nada —dijo él.
Elena caminó hacia el escenario.
Bruno le entregó el micrófono.
La música bajó.
—Buenas noches —dijo Elena—. Soy la nueva propietaria del Hotel Santa Aurelia.
Los aplausos fueron educados.
Ella miró a Gabriel.
—Antes de continuar con el compromiso, el hotel desea ofrecer a los novios un regalo especial.
Marina sonrió, encantada.
—Qué detalle.
Elena también sonrió.
—Sí. Es un recuerdo.
Las luces se apagaron.
Y la pantalla mostró el barranco.
👉 [Haz clic aquí para leer la siguiente parte] 👈