PARTE 2
El hombre que no creía en muertos convenientes
Dante Bellini recibió la llamada a las once y trece.
Estaba en su club privado, revisando un envío que había salido mal.
Cuando escuchó la voz de Valeria, no habló.
La escuchó tres veces.
Luego una cuarta.
Sus hombres notaron que algo en su rostro cambió.
Dante no solía mostrar miedo.
Tampoco sorpresa.
Pero el nombre de Marco, susurrado en la grabación, fue suficiente.
—Preparen coches —dijo.
—¿A dónde?
—A un funeral.
La familia Montenegro celebraba la ceremonia en su capilla privada. Nadie externo tenía permiso de entrada. La seguridad era fuerte, pero la culpa siempre abre pequeñas puertas.
Dante entró por la puerta principal.
No se escondió.
No pidió permiso.
El silencio cayó sobre la capilla como una losa.
Adrián Montenegro se levantó.
—Bellini, largo.
Dante miró el ataúd.
—Me iré cuando la escuche respirar o cuando confirme que la mataron mejor de lo que suelen hacer las cosas.
La suegra de Valeria, doña Rebeca, apretó el rosario.
—Esta es una casa de luto.
Dante sonrió.
—No. Es una casa de prisa.
Sacó la grabadora.
La voz de Valeria llenó la capilla.
“Me van a enterrar antes del amanecer…”
La gente dejó de respirar.
Adrián gritó que era montaje.
Dante caminó hasta el ataúd.
—Entonces no le molestará abrirlo.
Nadie se movió.
Dante abrió la tapa.
Valeria estaba allí.
Pálida.
Inmóvil.
Pero su pecho subía apenas.
Una mujer gritó.
Dante metió los brazos en el ataúd y la levantó con cuidado. Ella estaba helada.
—Respira —murmuró él.
Valeria abrió los ojos apenas.
—La caja…
—Después.
—No… Marco…
Dante se quedó quieto.
Valeria apretó su camisa con los dedos débiles.
—Sé dónde lo enterraron.
La capilla entera escuchó.
Y en ese momento, el funeral de Valeria se convirtió en la sentencia de los Montenegro.
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