PARTE 4
El ataúd blanco
La iglesia familiar de los Duarte estaba llena de flores.
Demasiadas.
Lirios blancos.
Rosas blancas.
Velas blancas.
Todo tan puro que daba náuseas.
El ataúd también era blanco.
Pequeño.
Cerrado.
En primera fila, Clara sostenía a Isabel.
La niña viva llevaba un vestido azul claro y tenía una muñeca de tela entre las manos. Miraba todo con confusión, sin entender por qué había tanta gente triste por una niña a la que ella nunca conoció.
Rodrigo estaba junto a Clara.
Más delgado que en los recuerdos de Inés.
Más elegante también.
La culpa, cuando no se paga, suele vestirse mejor.
Victoria, la madrastra de Inés, recibía pésames con el rostro de una reina trágica.
—La familia ha sufrido demasiado —decía.
Inés entró cuando el sacerdote hablaba de inocencia.
Las puertas se abrieron.
Todas las cabezas giraron.
El vestido rojo oscuro fue lo primero que vieron.
Luego su rostro.
Algunos no la reconocieron.
Otros sí.
Rodrigo fue uno de ellos.
La sangre se le fue de la cara.
—Inés…
Clara apretó a Isabel contra su cuerpo.
Victoria se llevó una mano al pecho.
—Dios mío.
Inés caminó por el pasillo central.
No corrió hacia la niña.
Quiso hacerlo.
Cada fibra de su cuerpo quiso arrebatarla de los brazos de Clara y decirle: “Soy tu madre.”
Pero no.
Había aprendido algo en cuatro años:
la verdad que se grita sin prueba puede ser usada como locura.
Así que caminó.
Lenta.
Fría.
Con la carpeta negra en una mano.
El sacerdote se quedó callado.
Inés se detuvo frente al ataúd.
—Ábralo.
Rodrigo reaccionó.
—No.
Inés lo miró.
—No te estaba pidiendo permiso.
Clara habló con voz temblorosa:
—Inés, estás enferma. Necesitas ayuda.
—La última vez que dijiste eso, me encerraron cuatro años.
Victoria ordenó a seguridad:
—Sáquenla.
Pero los guardias no se movieron.
Porque junto a la puerta había entrado otra persona.
Samuel Ríos, abogado penal y antiguo fiscal, famoso por destruir casos de familias poderosas. Inés lo había contactado a través de Teresa semanas antes.
Samuel mostró una orden judicial.
—Nadie toca a mi clienta.
El ambiente cambió.
Inés abrió el ataúd.
Varios invitados gritaron.
El cuerpo de la niña estaba cubierto con un velo.
Inés no miró mucho.
No por frialdad.
Por respeto.
Solo tomó una muestra de la pulsera funeraria y levantó la carpeta.
—Esta niña merece verdad. No ser usada para esconder otro crimen.
Clara lloró.
—¡Monstruo! ¡Ni siquiera respetas a una muerta!
Inés giró hacia ella.
—Tú no respetaste a una viva.
La pantalla lateral de la iglesia se encendió.
Samuel había preparado todo.
Primera imagen:
Hospital Santa Regina.
Noche del parto.
Clara en el pasillo.
Rodrigo hablando con la enfermera jefe.
Victoria firmando papeles.
Después, dos cunas.
Dos pulseras.
Dos números cambiados.
La iglesia quedó en silencio absoluto.
Isabel miró la pantalla.
Luego miró a Inés.
—¿Quién es ella, mamá Clara?
Clara no respondió.
Inés sintió que el corazón se le rompía en silencio.
Porque su hija acababa de llamar mamá a la mujer que la robó.
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