PARTE 3
El CEO que saltó al agua
Santiago no pensó.
Eso fue lo que más lo sorprendió después.
Toda su vida había sido entrenado para pensar primero.
Calcular.
Medir.
Evaluar daños.
Controlar gestos.
No reaccionar en público.
No regalar emociones.
Pero cuando vio a Alma caer a la piscina y hundirse con el vestido arrastrándola hacia abajo, su cuerpo se movió antes que su mente.
La chaqueta cayó al suelo.
Los zapatos golpearon el borde.
Y luego agua.
Fría.
Pesada.
Oscura bajo las luces del jardín.
La encontró luchando por subir.
La tomó por la cintura, soltó la tela que se había enredado en una escalera lateral y la empujó hacia la superficie.
Alma salió tosiendo.
Santiago la sostuvo contra su pecho mientras avanzaba hacia el borde.
Dos empleados intentaron ayudar.
Él les permitió tomarla con cuidado.
Cuando Alma quedó sentada en el suelo, empapada, temblando, con el cabello pegado al rostro y los ojos llenos de rabia y vergüenza, Santiago sintió algo que no encajaba en ninguna sala de juntas:
furia limpia.
Violeta estaba a unos pasos, pálida, fingiendo sorpresa.
—Fue un accidente.
Santiago salió de la piscina lentamente.
El traje negro chorreaba agua.
Nadie se atrevió a hablar.
Marco apareció por fin.
—Alma, ¿estás bien?
Ella lo miró.
No respondió.
No hacía falta.
Santiago tomó una chaqueta seca de un invitado sin pedir permiso y la puso sobre los hombros de Alma.
Luego miró a Violeta.
—Vete.
La palabra fue baja.
Pero el jardín entero la escuchó.
Violeta abrió los ojos.
—Santiago, yo no…
—Vete.
Beatriz se acercó de inmediato.
—Hijo, no hagas una escena.
Santiago la miró.
—La escena empezó cuando permitiste que una invitada fuera humillada en tu casa.
—No sabemos qué pasó.
Alma soltó una risa ronca, todavía tosiendo.
—Qué conveniente. Siempre hay testigos hasta que una pobre cae al agua.
Santiago la miró.
La frase, incluso en ese estado, tenía filo.
Violeta intentó recuperar dignidad.
—Ella me insultó.
Santiago respondió:
—Y tú la empujaste.
—No fue así.
—Hay cámaras en el jardín.
Violeta perdió el color.
Marco tragó saliva.
Santiago giró hacia su hermano.
—Tú la trajiste.
Marco bajó la mirada.
—Yo no sabía que…
—No terminaste la frase porque incluso tú escuchaste lo ridícula que era.
Beatriz apretó los labios.
—Santiago, basta.
—No.
Alma intentó ponerse de pie.
—No necesito que convierta esto en juicio familiar.
Se tambaleó.
Santiago la sujetó del brazo con cuidado.
—Necesita cambiarse.
—Necesito irme.
—También.
Ella lo miró.
De cerca, empapado como estaba, Santiago parecía menos un CEO y más un hombre.
Uno furioso.
Uno preocupado.
Uno que no sabía qué hacer con la intensidad de lo que sentía.
Alma apartó el brazo.
—Gracias por sacarme del agua.
—No fue un favor.
—Lo sé. Fue decencia. Escasea, pero existe.
Santiago casi sonrió.
Casi.
Entonces Clara apareció.
La niña había bajado al jardín en silencio.
Traía el cuaderno contra el pecho.
Miraba a Alma como si estuviera viendo a alguien que no debía existir fuera de una pantalla.
—Miss A —susurró.
El jardín quedó quieto.
Alma cerró los ojos.
No quería que ocurriera así.
Santiago giró hacia su hermana.
—Clara.
La niña no lo miró.
Dio un paso hacia Alma.
—Eres tú.
Alma se arrodilló a pesar del vestido mojado.
—Hola, Clara.
La voz de la niña tembló.
—Pensé que solo vivías en la computadora.
Alma sonrió con ternura.
—A veces también salgo a fiestas horribles.
Clara soltó una risa pequeña.
Beatriz se llevó una mano a la boca.
No por la broma.
Porque Clara había reído.
Santiago se quedó inmóvil.
Su hermana llevaba meses sin hablar más de frases cortas.
Meses evitando cenas.
Meses comunicándose con dibujos.
Y ahora estaba frente a aquella mujer empapada, diciendo palabras completas como si alguien hubiera abierto una ventana dentro de su pecho.
—Ella es mi maestra —dijo Clara.
Santiago miró a Alma.
—¿Miss A?
Alma apretó la chaqueta sobre sus hombros.
—Yo no sabía quién era ella.
Clara se acercó y tomó su mano.
—Me ayudó cuando no podía hablar.
El silencio se volvió más pesado que la música apagada.
Santiago sintió que la noche cambiaba.
No había salvado a una desconocida.
Había sacado del agua a la mujer que, sin conocer su apellido, llevaba meses salvando a su hermana.
Marco murmuró:
—Esto es una locura.
Alma lo miró.
—No. Lo loco fue pagarle a una mujer para fingir cariño y luego dejarla sola frente a tus monstruos.
Marco no respondió.
Santiago se volvió hacia un empleado.
—Preparen una habitación. Ropa seca. Y llamen al médico.
Alma protestó:
—No necesito médico.
Clara apretó su mano.
—Por favor.
Esa pequeña palabra hizo más que cualquier orden de Santiago.
Alma respiró.
—Solo ropa seca.
Santiago asintió.
—Solo ropa seca.
Por primera vez, no decidió por ella.
Y por alguna razón, Alma lo notó.
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