PARTE 4
La piscina donde Renata empezó la guerra
Renata Montes no soportaba ver a Clara bajar las escaleras como si tuviera derecho a pisar la mansión.
Para Renata, la casa le pertenecía. La fortuna también. El abuelo enfermo era un obstáculo sentimental. Adrián, un hermano insoportable pero útil. Clara, en cambio, era una amenaza.
Una esposa legal.
Sin acuerdo prenupcial.
Sin apellido importante.
Pero con algo peor: Don Esteban la adoraba.
—Esa enfermera tiene manos de ángel —decía el anciano.
Renata apretaba los dientes.
Si Adrián seguía casado con ella, si el abuelo moría tranquilo y el testamento se activaba, Renata perdería la posibilidad de disputar la herencia.
Tenía que exponer el matrimonio como fraude.
O destruir a Clara antes.
La primera oportunidad llegó en una recepción junto a la piscina.
Clara odiaba ese tipo de eventos: mujeres con copas caras, hombres hablando de negocios que sonaban a apuestas, empleados moviéndose sin ser vistos y Renata presentándola como si fuera una mascota mal entrenada.
—Mi cuñada Clara —decía—. Es enfermera. Muy… sencilla.
Una de sus amigas, Isabella Owen, antigua novia de Adrián, la miró con desprecio.
—¿Enfermera? Qué exótico para esta familia.
Clara sonrió.
—Sí. Curo heridas. Usted parece necesitar atención urgente en el ego.
Las amigas soltaron un suspiro indignado.
Renata se acercó a Clara junto al borde de la piscina.
—Escúchame bien. Puedes haber engañado a mi abuelo, pero a mí no.
—Qué agotador debe ser vivir pensando que todo el mundo conspira contra ti.
—Divórciate de Adrián.
—No.
—Entonces haré de tu vida un infierno.
Clara iba a responder cuando Renata la empujó.
El agua la tragó de golpe.
Clara no sabía nadar.
El golpe frío le cerró la garganta. Intentó gritar, pero tragó agua. Sus brazos golpearon la superficie sin orden. Alrededor, las risas se convirtieron en murmullos.
Renata no se movió.
—Dile que te vas —susurró desde el borde—. O aprende a respirar bajo el agua.
Clara sintió pánico puro.
Entonces alguien gritó su nombre.
Adrián cruzó la terraza corriendo y se lanzó a la piscina con el traje puesto.
La alcanzó, la sostuvo contra su pecho y la sacó del agua mientras ella tosía, temblando, aferrada a su cuello.
—Respira —ordenó él—. Clara, mírame. Respira.
Ella lo miró.
Por primera vez, Adrián no parecía frío.
Parecía asustado.
De verdad.
—Ella me empujó —susurró Clara.
Renata levantó las manos.
—¡No! Solo estábamos jugando. Se cayó sola.
Isabella añadió:
—Busca atención. Es obvio.
Adrián se puso de pie lentamente.
Seguía empapado.
Su mirada cayó sobre Renata.
—Discúlpate.
—Adrián, por favor…
—Ahora.
Renata sonrió con veneno.
—Lo siento. No sabía que eras tan torpe.
Adrián dio un paso.
—Discúlpate correctamente.
El silencio fue brutal.
Renata tragó saliva.
—Perdóname, Clara.
—De rodillas —dijo Adrián.
Clara abrió los ojos.
—No hace falta.
—Sí hace.
Renata lo miró con odio.
Pero se arrodilló.
—Perdóname.
Adrián miró después a Isabella y sus amigas.
—Sus contratos con Montes Enterprises quedan cancelados. Y si vuelven a acercarse a mi esposa, las borraré de cada círculo social que les importa.
Isabella palideció.
—No puedes hacer eso.
—Acabo de hacerlo.
Luego se giró hacia todos los invitados.
—Clara es mi esposa y la señora de esta casa. Quien no pueda respetarlo, sale.
Aquella frase debería haber hecho feliz a Clara.
Pero la confundió.
Porque Adrián seguía siendo el hombre que la compró por contrato.
Y, aun así, cuando la sostuvo en la piscina, su miedo no parecía fingido.
Esa noche, Clara le escribió a Plomero Nocturno:
“Mi jefe hoy fue menos insoportable. Casi humano.”
Adrián, sentado en el estudio con el cabello aún húmedo, leyó el mensaje y sonrió.
“No dejes que se le suba a la cabeza.”
Clara respondió:
“Imposible. Ya la tiene demasiado grande.”
Adrián miró la pantalla.
—Teddy —llamó.
Su asistente apareció.
—¿Sí, jefe?
—Busque cuántas veces Conejita Azul ha escrito la palabra “jefe”.
—¿Por qué?
Adrián no contestó.
Una sospecha ridícula acababa de nacer.
Y era tan absurda que empezó a asustarlo.
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