PARTE 7
La heredera entra a la junta
La sede del Grupo Armandi estaba en una torre de cristal frente al puerto.
Elena la había limpiado una vez.
Tres años atrás, como camarera contratada para un evento.
Recordó haber mirado el logo dorado desde abajo y pensar que lugares así no eran para gente como ella.
Ahora entró por la puerta principal con Nicolás Santoro a su lado.
Eso provocó un silencio inmediato.
Mara Armandi estaba en la sala de consejo.
Elegante.
Cabello perfecto.
Traje crema.
Ojos fríos.
No parecía sorprendida.
Solo molesta.
—Elena —dijo—. O como te hayan enseñado a llamarte.
Elena caminó hasta la mesa.
—Durante años me enseñaron a llamarme menos. Ya terminé.
Nicolás se quedó unos pasos atrás.
No tomó la palabra.
Mara lo miró.
—Santoro. Siempre tan teatral.
Él respondió:
—Vengo como testigo incómodo.
—Viene como criminal.
—Y aun así, hoy soy el menos repugnante de la sala.
Varios accionistas bajaron la mirada.
Elena abrió la carpeta.
—Prueba de ADN. Coincidencia con Lorenzo Armandi y Valeria Armandi por muestras preservadas. Registro de secuestro. Transferencias a Víctor Salas. Documentos de subasta. Comunicación directa con usted.
Mara no se movió.
—Todo falsificado por la mafia.
Elena sonrió.
—Esperaba eso.
Las pantallas se encendieron.
Bianca Santoro apareció en video, junto a la fiscal.
—Las pruebas fueron entregadas a fiscalía antes de que Nicolás Santoro entrara en el Hotel Imperial.
Mara apretó la mandíbula.
Elena siguió:
—Además, tengo algo que usted no sabía que existía.
Sacó la foto quemada.
Una imagen de sus padres con una niña pequeña.
Ella.
En el reverso había una nota escrita por su madre:
“Si Elena vuelve, no confíen en Mara. Mi hermana ya vendió sangre una vez.”
La sala murmuró.
Mara perdió el control durante medio segundo.
Suficiente.
—Mi madre sabía.
Mara respondió:
—Tu madre era débil.
Elena sintió que la rabia le subía.
—Mi madre está muerta.
—Porque eligió mal.
Nicolás dio un paso.
Elena levantó la mano.
No.
Este golpe era suyo.
—No vine a pedirle amor familiar —dijo Elena—. Vine a recuperar mi nombre, mis acciones y cada documento que usó para venderme.
Mara rio.
—Tú no sabes dirigir un imperio.
Elena miró la sala.
—Tal vez no.
Luego señaló la pantalla donde aparecía la subasta.
—Pero sé reconocer uno podrido.
Los accionistas empezaron a hablar entre ellos.
Mara intentó detener la reunión.
Entonces las puertas se abrieron.
Entró Víctor Salas esposado.
Detrás, Bruno.
Los dos pálidos.
La fiscal los condujo al centro.
—Víctor Salas ha aceptado declarar.
Mara se quedó inmóvil.
Víctor levantó la mirada hacia Elena.
—Tu tía pagó por ti.
La sala se rompió.
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