PARTE 4
La prometida perfecta y el tío intocable
Las siguientes cuarenta y ocho horas fueron una guerra silenciosa.
La boda fue cancelada oficialmente por “motivos personales”, pero eso solo contuvo a la prensa durante unas horas. Luego llegaron las preguntas. Luego los rumores. Luego la sangre elegante de las familias ricas empezó a olerse por debajo del perfume.
Helena se instaló en su papel de víctima con una rapidez casi admirable.
Apareció en revistas digitales con un vestido crema, gafas oscuras, labios pálidos y una declaración cuidadosamente redactada:
“Estoy devastada por la inestabilidad emocional que rodea este momento. Solo deseo paz para Adrián.”
Alma leyó la frase desde la sala de archivos y soltó una risa seca.
—Qué generosa.
Adrián, que revisaba registros financieros frente a una computadora, ni siquiera levantó la vista.
—Helena nunca habla de paz si no piensa usarla como arma.
—¿Cuánto tiempo ibas a casarte con esa mujer sin notar nada?
—Mucho menos del que me gustaría admitir.
No hablaban como enamorados.
Ni siquiera como amigos todavía.
Hablaban como dos personas agotadas, enfurecidas y demasiado concentradas como para fingir simpatías innecesarias.
Y eso, para Alma, era casi un alivio.
Mientras Adrián revisaba cuentas, Alma volvió sobre viejos archivos de producción. Descubrió algo crucial: el lote que supuestamente provocó el incendio donde murió Lucía no coincidía con los registros de laboratorio. Los componentes inflamables fueron alterados horas antes de la explosión. Alguien entró con un código administrativo.
Ese código pertenecía al director legal de la familia.
Otro hombre intocable.
Otro nombre elegante.
Otra sonrisa pulida sobre un pozo.
Adrián se reunió con él esa misma tarde.
No le avisó a Alma.
Ella se enteró cuando encontró un mensaje en el escritorio del archivo:
“No confíes ni siquiera en las paredes. Tu madre sabía algo sobre el invernadero.”
Sin firma.
Alma sintió un escalofrío.
El invernadero era un pequeño pabellón de cristal en la propiedad antigua de los Salvat, donde Isabel cultivaba flores y materias primas para pruebas olfativas privadas. Llevaba años cerrado.
Alma fue sola.
Sabía que Adrián se enfadaría.
También sabía que, si esperaba permiso, quizá perdería la única oportunidad de adelantarse.
Dentro del invernadero, el aire olía a tierra húmeda y madera vieja. Había macetas rotas, bancos cubiertos por sábanas y una mesa de hierro oxidada. A simple vista parecía abandonado. Pero una de las baldosas del fondo estaba levemente levantada.
Debajo encontró una caja metálica pequeña.
Dentro había fotografías.
Lucía y Isabel juntas en el laboratorio.
Isabel abrazando a una pequeña Alma en una fiesta de empresa.
Enrique discutiendo con Helena en un estacionamiento, años antes del compromiso con Adrián.
Y lo peor: una foto borrosa de Lucía entrando al laboratorio la noche del incendio… seguida por otra, tomada tres minutos después, donde un hombre salía por la puerta trasera con una carpeta y un bidón.
El hombre era el director legal.
Y no estaba solo.
Helena iba detrás.
Alma apenas tuvo tiempo de comprenderlo cuando escuchó pasos.
Se giró.
Helena estaba en la entrada del invernadero, impecable incluso sin cámaras, con un abrigo oscuro y la mirada más fría que la piedra.
—Debiste haberte quedado invisible —dijo.
Alma retrocedió un paso.
—Así que sí estabas allí.
Helena sonrió.
—Las mujeres como tú siempre creen que encontrar una caja vieja cambia el mundo.
—No cambia el mundo. Te destruye a ti.
Helena dio otro paso.
—¿Sabes qué me molesta más? Que Adrián te mire como si fueras verdad. Él siempre ha sido fácil de manipular cuando cree estar salvando algo.
Alma apretó la caja metálica contra el pecho.
—No está salvándome.
—No todavía.
El tono venenoso hizo que Alma entendiera algo de golpe:
Helena no había perdido del todo.
Seguía teniendo cartas.
Y estaba desesperada.
Eso la volvía más peligrosa que nunca.
Helena sacó el teléfono.
—Puedes entregarle eso a Adrián —dijo—, pero cuando lo hagas, él también sabrá quién era realmente tu madre para Isabel.
Alma frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
Helena sonrió con crueldad.
—Pregúntale por qué tu nombre estaba escondido en la habitación privada de su madre desde antes del incendio.
Y se marchó.
Alma se quedó helada en medio del invernadero, con la caja temblando entre sus manos.
Porque por primera vez, entre tantas mentiras, apareció una posibilidad nueva.
Y quizá la más peligrosa de todas.
Que su madre no solo hubiera trabajado con Isabel.
Que hubiera sido mucho más importante para aquella familia de lo que ella jamás imaginó.