PARTE 8
La caída de Marcela
Marcela Salvatore fue encontrada en una casa de seguridad de Santoro.
No secuestrada.
Negociando.
Darío la traicionó antes de que pudiera traicionarlo.
Cuando Valentina llegó con Alejandro, Marcela estaba sentada frente a una mesa, esposada a una silla, pero todavía con la espalda recta.
—Valentina —dijo—. Siempre sobreviviendo de forma vulgar.
Valentina cerró la puerta.
—Y usted siempre perdiendo de forma elegante.
Alejandro se quedó junto a la pared.
No habló.
Marcela lo miró.
—Hijo.
—No.
La palabra fue seca.
Marcela parpadeó.
—Alejandro…
—No me llames hijo ahora. No después de enterrar a mi esposa embarazada.
Marcela apretó la mandíbula.
—Lo hice por ti.
Valentina rió.
—Si tuviera una moneda por cada monstruo que dice eso, compraría esta ciudad.
Marcela la ignoró.
—Esa mujer habría destruido todo.
Alejandro respondió:
—No. Tú lo destruiste.
Marcela intentó usar su última arma.
—Y aun así ella te odia. Mírala. Nunca volverá contigo. Perdiste a tu madre por una mujer que no te perdonará.
Alejandro miró a Valentina.
Luego a Marcela.
—No la estoy ayudando para que vuelva conmigo.
Valentina no esperaba eso.
Alejandro continuó:
—La ayudo porque tú la enterraste. Porque yo firmé sin leer. Porque mi hijo tuvo que aprender mi nombre como si fuera un extraño. Porque esta vez no voy a elegir lo cómodo.
Marcela perdió un poco de color.
Valentina puso la carpeta final sobre la mesa.
—Sus cuentas. Sus audios. Sus pagos. Sus órdenes. Y la ubicación de la obra donde me enterraron.
Marcela sonrió.
—Sin cuerpo, sin intento de asesinato probado.
Valentina se inclinó.
—Hay cuerpo.
Marcela se quedó inmóvil.
—Qué?
—El hombre que cavó mi tumba. Usted lo mandó matar. Darío lo guardó como seguro. Encontramos sus restos en el teatro.
Marcela dejó de sonreír.
—Y dejó una grabación —añadió Valentina—. Le gustaba documentar todo por si una rica decidía no pagar.
Alejandro cerró los ojos.
Marcela entendió.
Su poder había terminado.
Valentina se acercó.
—Durante tres años imaginé matarla.
Marcela levantó el mentón.
—Hazlo.
—No.
Valentina sonrió.
—Usted quiere morir como matriarca. Yo quiero verla vivir como expediente.
Marcela golpeó la mesa.
—No sabes lo que haces.
—Sí.
Valentina abrió la puerta.
Entraron fiscales, periodistas y dos socios que odiaban a Marcela lo suficiente para no dejarla escapar.
—La estoy enterrando en papel.
Marcela fue sacada gritando.
Alejandro la vio irse.
No lloró.
No todavía.
Valentina caminó hacia la salida.
Él habló:
—Valentina.
Ella se detuvo.
—Gracias.
Ella giró apenas.
—No me agradezcas por limpiar la sangre que tu familia derramó.
—No era por eso.
—Entonces?
Alejandro tragó saliva.
—Gracias por no dejar que Mateo me odiara antes de conocerme.
Valentina no respondió.
Porque no sabía si era cierto.
El odio no se hereda completo.
Pero el miedo sí.
Y ella aún no sabía cuánto miedo llevaba su hijo dentro.
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