PARTE 8
La amante y la viuda viva
Lucía Moretti pidió hablar con Elena antes del amanecer.
Bruno dijo que era mala idea.
Aurelio dijo que era peor idea.
Elena aceptó.
La llevaron a una habitación de servicio que no había sido alcanzada por el incendio. Lucía estaba sentada, esposada a una silla, con el maquillaje corrido y el vestido negro manchado de barro.
Ya no parecía la amante elegante del funeral.
Parecía una mujer que apostó por un trono y terminó amarrada a una silla barata.
Elena entró sola.
Cerró la puerta.
Lucía levantó la mirada.
—Vas a matarme?
Elena se sentó frente a ella.
—Todavía no decidí si vales una bala.
Lucía tragó saliva.
—Marco me mintió.
Elena suspiró.
—Todas las amantes dicen eso cuando el hombre no consigue la corona.
—Es verdad.
—Claro. También llorabas en mi funeral sin cadáver.
Lucía bajó la mirada.
Elena apoyó la carpeta sobre la mesa.
—Firmaste la orden de fuego.
—Marco dijo que tú ya estabas muerta.
—Antes de quemar el coche?
Silencio.
Elena sonrió sin alegría.
—Eso pensé.
Lucía empezó a llorar.
—Yo solo quería salir de la sombra de mi familia. Los Moretti me iban a casar con un viejo. Marco prometió…
Elena golpeó la mesa.
—No me hables de promesas. Yo también estuve casada con Marco.
Lucía se estremeció.
Elena se inclinó.
—Quiero saber quién más participó.
Lucía dudó.
Elena sacó la bala falsa y la puso entre ambas.
—Esta bala iba a culpar a los Salerno. Pero no salió de un arma Salerno. Salió de un lote Moretti.
Lucía cerró los ojos.
—Mi hermano.
—Nombre.
—Gael Moretti.
Elena se quedó quieta.
Gael Moretti era el jefe operativo de la familia de Lucía. Un hombre joven, elegante, brutal y con fama de no dejar testigos.
—Por qué?
—Quería que Marco tomara el mando. Después Marco se casaría conmigo. Bellini y Moretti unirían rutas. Aurelio se oponía. Tú también.
—Entonces había que quemarnos a los dos.
Lucía lloró más fuerte.
—Yo no sabía que Aurelio estaba vivo cuando…
Elena se levantó.
—No termines esa frase.
Lucía la miró con desesperación.
—Puedo ayudar. Tengo cartas. Cuentas. Mensajes de Gael.
—Dónde?
—En mi apartamento. Caja azul. Detrás del espejo.
Elena la estudió.
—Si mientes…
—No miento.
—Si mientes —repitió Elena—, te entregaré a Aurelio, y ahora mismo él está demasiado herido para matarte rápido.
Lucía palideció.
—No miento.
Elena salió de la habitación y llamó a Bruno.
—Necesito ir al apartamento de Lucía.
—Ahora?
—No. El próximo cumpleaños de Marco.
Bruno suspiró.
—Está perdiendo demasiada sangre para sarcasmo.
—Entonces camina rápido.
Fueron con cuatro hombres.
El apartamento de Lucía estaba en una torre de lujo, lleno de espejos, perfumes y cosas caras que nadie necesita para vivir. Elena rompió el espejo del dormitorio con la culata de su pistola.
Detrás estaba la caja azul.
Dentro encontraron mensajes, transferencias y una fotografía que cambió todo.
Marco.
Dario.
Lucía.
Gael Moretti.
Y Renato, el capitán Bellini que pidió decidir rápido la sucesión.
Renato también era traidor.
Elena apretó la foto.
—Bruno.
—Sí?
—El consejo de mañana no es un juicio.
Miró la ciudad a través de los cristales rotos.
—Es una trampa.
Entonces las luces del apartamento se apagaron.
Desde el pasillo llegó una voz masculina:
—Correcto, señora Bellini.
Gael Moretti apareció con una pistola en la mano.
—Y usted llegó demasiado pronto.
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