PARTE 14
El precio de quedarse viva
Valentina pasó dos semanas sin salir de la villa.
No porque tuviera miedo.
Porque su cuerpo finalmente cobró todo lo que ella le había exigido.
Fiebre.
Puntadas.
Dolores que la despertaban de madrugada.
Pesadillas donde volvía a abrir los ojos dentro de la caja de madera.
La primera noche que gritó, Elías apareció en su habitación con un arma en la mano.
Ella estaba sentada en la cama, respirando rápido, con las uñas clavadas en las sábanas.
—No estoy muerta —susurró.
Él bajó el arma.
—No.
—Había tierra en mi boca.
Elías no se acercó sin permiso.
Se quedó junto a la puerta.
—Estás en tu habitación.
—No la siento mía.
—Entonces cambia todo.
Valentina lo miró.
—¿Así de fácil?
—Nada es fácil. Pero algunas cosas empiezan con tirar cortinas.
A la mañana siguiente, Valentina mandó sacar todos los muebles elegidos por Salvatore. Quitó retratos, alfombras, cortinas oscuras y el escritorio donde su padre firmó tantas sentencias.
Dejó la villa casi desnuda.
Luego colocó una sola fotografía en el despacho principal.
Luciana Santoro.
No como esposa.
No como madre silenciosa.
Como mujer joven, con la mirada firme y una navaja en la mano.
Bruno la vio y murmuró:
—Ella habría aprobado.
Valentina respondió:
—No necesito que apruebe. Necesito no olvidarla.
Las rutas sucias fueron cerradas. Algunas se entregaron con pruebas. Otras se destruyeron a la fuerza. Hubo retaliaciones pequeñas: coches incendiados, amenazas, capitanes heridos. Pero Rosetti estaba debilitado, Salvatore caído, Adriano aislado y Borgia demasiado ocupada negando conexiones con la clínica.
Elías siguió cerca.
Demasiado cerca, según algunos.
No lo suficiente, según una parte de Valentina que ella prefería ignorar.
Una noche, lo encontró en el jardín revisando informes de vigilancia.
—No eres Santoro —dijo ella.
—Gracias a Dios.
—Entonces por qué sigues aquí.
Él cerró la carpeta.
—Porque dijiste que no querías que caminara delante.
—Eso no responde.
—Estoy caminando al lado.
Valentina lo miró bajo la luz del jardín.
Elías Morel era hermoso de una manera peligrosa: rostro duro, ojos oscuros, manos capaces de matar y curar con la misma calma. Un hombre así podía convertirse fácilmente en otra jaula si ella se descuidaba.
—No voy a ser la mujer de nadie —dijo.
Él asintió.
—Bien.
—No me digas “bien” como si fuera fácil.
—No lo es.
—Los hombres como tú siempre quieren poseer lo que protegen.
Elías se acercó un paso.
—Entonces aprende esto de mí, Valentina Santoro: no protejo lo que poseo. Protejo lo que respeto.
Ella no respondió.
La frase entró demasiado profundo.
—¿Y me respetas?
Elías sostuvo su mirada.
—Te vi salir de una tumba, entrar a una boda cubierta de sangre, dispararle a tu padre en la pierna, romperle la mano a tu hermano y tomar una familia que te quería muerta.
Hizo una pausa.
—Sí. Algo así.
Valentina soltó una risa baja.
Por primera vez, no dolió.
—Eres pésimo siendo tierno.
—No era ternura.
—Mejor.
El silencio entre ellos cambió.
No se besaron.
No hacía falta.
Algunas tensiones son más fuertes cuando todavía no se tocan.
Desde la terraza, Bruno los observó y sonrió con tristeza.
Luego miró la fotografía de Luciana en el despacho.
—Tu hija sigue viva —susurró.
Y por primera vez en muchos años, la villa Santoro no respondió con miedo.
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