PARTE 3
El matrimonio que empezó como escudo
Abril no aceptó casarse con Dante esa noche.
No estaba loca.
Había aprendido que los hombres poderosos no ayudan gratis. Algunos pedían dinero. Otros pedían cuerpo. Otros pedían obediencia. Los peores pedían gratitud eterna.
Dante no pidió nada de eso.
Pidió una mentira.
—Un matrimonio en papel —dijo—. Te protege de Rizzo y de tu familia. A mí me ayuda a frenar a mi madre y a los buitres del consejo.
Abril cruzó los brazos.
—¿Consejo? Pensé que eras jefe de seguridad.
Dante no parpadeó.
—Trabajo en seguridad.
No era mentira completa.
En el mundo Vitale, todo era seguridad.
Seguridad de puertos.
Seguridad de casinos.
Seguridad de rutas.
Seguridad de vidas.
Solo omitió que él no vigilaba las puertas.
Él decidía quién podía abrirlas.
Abril lo miró con desconfianza.
—Yo no necesito un dueño.
—No te ofrezco dueño. Te ofrezco cobertura.
—Suena igual con traje caro.
Dante casi sonrió.
Nina, sentada en el sofá, levantó la mano.
—Yo voto que sí.
—Nina.
—Mami, si estamos juntos, la bruja Vanessa no nos lleva.
Dante se agachó frente a la niña.
—Yo no voy a dejar que nadie te lleve.
Nina lo miró con una confianza que a Abril le dolió.
—¿Promesa de papá?
Dante respiró.
—Promesa de Dante.
Abril notó la diferencia.
Y la respetó.
Aceptó con condiciones:
—Nada de romance. Nada de tocarme. Dividimos gastos. Esto es solo por protección. Y me ayudarás a encontrar al verdadero padre de Nina.
Dante sostuvo su mirada.
—Trato.
No dijo que quizá ya sabía la respuesta.
No todavía.
Porque si estaba equivocado, rompería a una niña.
Y si estaba en lo correcto, tendría que preguntarse por qué Abril se había escondido cinco años.
Firmaron al día siguiente.
Nina fue testigo no oficial, con un vestido amarillo y chocolate en la boca.
—Ahora sí somos familia —dijo.
Abril sintió ganas de llorar.
Dante la llevó a su casa.
Casa era poco.
Era una mansión de piedra oscura sobre una colina, con puertas negras, cámaras, hombres armados vestidos como choferes y un jardín enorme donde Nina corrió como si hubiera llegado a un castillo.
—¿Jefe de seguridad? —preguntó Abril, mirando la entrada.
Dante respondió:
—De alto nivel.
—Esto cuesta más que mi barrio entero.
—Seguramente.
—No era una invitación a presumir.
—Entonces sí, cuesta un poco.
Abril lo miró con irritación.
Dante descubrió que le gustaba verla irritada.
Era más segura que verla asustada.
Esa noche, Nina se negó a dormir sola.
—Mami y papá duermen juntos o yo no duermo.
Abril se atragantó.
—Nina.
Dante se quedó inmóvil.
—Podemos dormir en la misma habitación —dijo—. Solo dormir. Reglas intactas.
Abril lo miró.
—Ni un centímetro de más.
—Soy disciplinado.
—Los hombres que dicen eso suelen no serlo.
Nina durmió feliz en el cuarto de al lado.
Abril se quedó en un borde de la cama enorme.
Dante, en el otro.
En la oscuridad, él dijo:
—Me recuerdas a alguien.
Abril cerró los ojos.
—Quizá a todas las mujeres pobres que has salvado esta semana.
—No.
Pausa.
—A una sola.
Abril no respondió.
Porque también recordaba.
El cuerpo de Dante bajo la fiebre.
La marca de luna.
La voz ronca.
La noche que nunca pudo olvidar.
Y por primera vez en cinco años, tuvo miedo de que la verdad estuviera demasiado cerca.
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