PARTE 3
Las manos quemadas
Alma empezó el bordado esa misma tarde.
Trabajó en una habitación lateral de la mansión, bajo vigilancia.
El traje era impecable.
Tela negra italiana.
Forro de seda.
Corte perfecto.
Hecho para un hombre que podía casarse o matar con la misma elegancia.
El hilo dorado brillaba demasiado.
Cuando lo pasó por la aguja, sintió otra punzada.
No fue normal.
Se miró el dedo.
Una línea roja apareció en la piel.
Después ardió.
Alma guardó silencio.
La segunda puntada quemó más.
La tercera le hizo apretar los dientes.
Al cabo de una hora, tenía los dedos rojos, como si hubiera tocado metal caliente.
No podía detenerse.
Mateo estaba desaparecido.
Pero tampoco podía seguir sin saber.
Esperó a que el guardia saliera a contestar una llamada. Cortó un fragmento mínimo del hilo y lo escondió dentro del dobladillo de su manga.
Esa noche, al salir, corrió al taller de una vecina suya, Doña Clara, antigua enfermera que ahora hacía arreglos de ropa y vendía ungüentos.
Doña Clara olió el hilo.
Su rostro cambió.
—¿De dónde sacaste esto?
—No preguntes.
—Entonces no me pidas que no tenga miedo.
La mujer puso una gota de agua sobre el hilo.
El dorado se oscureció.
Luego añadió una gota de sangre de un pinchazo en su propio dedo.
El hilo se volvió casi negro.
Doña Clara murmuró:
—Veneno de contacto. Lento. Se activa con calor y sudor. Si toca piel varias horas, empieza con fiebre, luego paro respiratorio. Parecerá un colapso por estrés.
Alma sintió que el mundo se le iba.
El bordado tocaba cuello y muñecas.
Durante una boda larga, Lorenzo moriría frente a todos.
Y ella sería la costurera que cosió el traje.
—Tengo que avisarle.
Doña Clara la agarró del brazo.
—¿A un Valenti? ¿Y qué dirás? “Perdón, señor mafioso, me obligaron a coser veneno en su ropa”.
—Mi hermano está secuestrado.
—Y si hablas, ambos mueren.
Alma guardó el hilo en un pañuelo.
No durmió.
A la mañana siguiente volvió a la mansión.
Lorenzo apareció en la sala de pruebas.
—Estás pálida.
—Usted también lo estaría si cosiera para una boda donde todos parecen odiarse.
Él se quitó la chaqueta y dejó ver los antebrazos.
Alma vio una cicatriz larga cerca de la muñeca.
Una cicatriz vieja.
Lorenzo notó su mirada.
—¿Te asustan las cicatrices?
—No. Me asustan los hombres que creen que no las tienen.
Silencio.
Lorenzo la estudió.
—¿Por qué aceptaste este trabajo?
Alma sostuvo la aguja con dedos vendados.
—Porque a veces una mujer pobre no elige el vestido. Solo elige dónde sangrarlo.
Por primera vez, Lorenzo pareció dejar de verla como riesgo.
La vio como misterio.
Y eso era mucho peor.
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