PARTE 5
La caja de Tomás Rojas
La caja estaba en una estación vieja del puerto.
Lorenzo llevó a Camila al amanecer.
Ella no había dormido.
No quería.
—Si cierro los ojos, vuelvo al club —dijo.
—Entonces no los cierres todavía.
—Qué consuelo tan malo.
—Soy peor con flores.
Ella casi sonrió.
La caja de seguridad requería dos piezas: el anillo de ónix de Lorenzo y la placa oculta dentro de la pulsera de Camila.
Cuando la abrieron, encontraron documentos de Tomás.
Fotografías.
Rutas.
Nombres.
Y una carta.
“Camila:
Si estás leyendo esto, alguien cumplió una promesa que yo no pude cumplir.
No morí por robar ni por huir. Morí porque vi cómo los Orsini vendían mujeres con deudas falsas y cómo algunos Caruso miraban a otro lado.
Lorenzo no era jefe entonces. Le salvé la vida porque aún podía elegir quién iba a ser.
Tú también podrás elegir.
No dejes que conviertan tu miedo en casa.
Papá.”
Camila lloró en silencio.
No porque su padre estuviera muerto.
Eso ya lo sabía.
Lloró porque por primera vez su muerte tenía dignidad.
Lorenzo leyó otra carpeta.
Su rostro se endureció.
—Qué?
—Mi tío sabía.
—¿De qué?
—Del club. De las deudas. De tu madre.
Camila lo miró.
—Su familia también participó.
—Sí.
La respuesta fue directa.
Dolorosa.
—Entonces no sé si puedo confiar en usted.
Lorenzo asintió.
—Bien.
—¿Bien?
—Confía en pruebas. No en mí.
Esa frase la desarmó.
Los documentos demostraban que la madre de Camila fue enviada a una clínica privada después de intentar denunciar el club. No había certificado de muerte.
Solo traslado.
Camila levantó la vista.
—Está viva?
Lorenzo respondió:
—Vamos a averiguarlo.
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