PARTE 2
Tres días antes del entierro
Tres días antes, Adriana despertó dentro de una cámara frigorífica.
Al principio no entendió dónde estaba.
El frío le mordía la piel.
La cabeza le dolía.
Tenía la garganta seca y una mano entumecida sobre una bandeja metálica.
Intentó moverse y golpeó algo duro.
Una puerta.
No estaba en una habitación.
Estaba dentro de una morgue.
Gritó.
La voz salió rota.
Volvió a gritar.
Nadie respondió.
Entonces recordó el accidente.
El coche.
La carretera mojada.
Clara llamándola por teléfono.
Una camioneta negra siguiéndola.
El golpe.
Cristal.
Sangre.
La voz de Mateo gritando su nombre.
Después, nada.
Adriana golpeó la puerta de la cámara con los puños hasta que los nudillos sangraron.
—¡Ayuda!
Un sonido de pasos.
La puerta se abrió.
Un hombre viejo la miró como si estuviera viendo a una santa maldecir.
—Dios bendito…
Era Ramón, empleado antiguo de la funeraria Beltrán.
Había preparado cadáveres durante cuarenta años y nunca había visto uno sentarse de golpe.
Adriana cayó al suelo, temblando.
—¿Dónde estoy?
Ramón la envolvió con una manta.
—En la funeraria de tu padre.
Adriana levantó la mirada.
—¿Mi padre sabe que estoy viva?
Ramón no respondió.
Ese silencio fue respuesta suficiente.
—¿Dónde está Clara?
El rostro del viejo se quebró.
—Niña…
Adriana se puso de pie, aunque las piernas casi no la sostuvieron.
—¿Dónde está mi hermana?
Ramón bajó la cabeza.
—La trajeron contigo.
El mundo se volvió blanco.
—No.
—Adriana…
—No.
Ramón la llevó a una sala pequeña.
Allí encontró las bolsas selladas, la pulsera, el celular roto y la grabadora escondida en el forro del abrigo de Clara.
No le mostraron el cuerpo.
Ramón no la dejó.
—No necesitas recordarla así.
Pero Adriana necesitaba la verdad.
La encontró en el celular.
Un video incompleto.
Clara corriendo por un pasillo de la funeraria.
Respiraba rápido.
—Adri, si ves esto, papá está usando la funeraria para cambiar identidades. Hay cuerpos sin nombre, certificados falsos, gente viva declarada muerta y muertos que salen con nombres nuevos. Verónica lo sabe. Mateo también sabe una parte, pero no sé si está contigo o con ellos.
Adriana sintió que el pecho se le cerraba.
Mateo.
El video siguió.
Clara giró la cámara hacia una puerta.
Al fondo, Esteban hablaba con un médico.
—La de Adriana debe quedar como accidente. Clara es un problema adicional. Si no coopera, que ocupe el lugar de su hermana.
La grabación se cortó con un grito.
Adriana dejó caer el celular.
Ramón se acercó.
—Tu padre preparó tu funeral para mañana.
—¿Mañana?
—Dijo que el cuerpo estaba irreconocible y que el ataúd debía permanecer cerrado.
Adriana entendió.
No iban a enterrarla a ella.
Iban a enterrar una verdad.
Ramón le entregó una llave.
—Hay un ataúd de traslado en el depósito. Puse dentro todo lo que encontré.
—¿Por qué me ayudas?
El viejo bajó la mirada.
—Porque hace veinte años ayudé a tu padre a cerrar demasiadas cajas sin preguntar.
Adriana tomó la llave.
—Entonces esta vez va a abrir una.
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