PARTE 6
La pulsera roja
Luna no volvió a trabajar al día siguiente.
Ni al otro.
Mateo no la llamó.
No porque no quisiera.
Porque por fin entendía que aparecer en su puerta con soluciones sería otra forma de invadir.
Hizo otra cosa.
Renunció públicamente al acuerdo matrimonial con Renata.
No había compromiso oficial, pero sí rumores, contratos familiares y expectativas. Romperlo significaba perder una inversión de la familia Valcárcel.
Graciela entró en su oficina como una tormenta.
—¿Te volviste loco?
Mateo firmaba documentos.
—Probablemente hace años. Solo que antes era útil.
—Renata era perfecta.
—Para ustedes.
—¿Y la camarera?
Mateo levantó la vista.
—Su nombre es Luna.
—No pertenece aquí.
—Yo tampoco quiero pertenecer a algo que exige humillar a alguien para mantener orden.
Graciela lo miró con decepción.
—Tu padre jamás habría permitido esto.
Mateo sintió el viejo dolor.
—Mi padre murió sin saber decirme si me quería. No lo uses como ejemplo de vida.
Graciela se quedó sin respuesta.
Mientras tanto, Luna volvió a su apartamento.
Luna intentó vivir normal.
Llevar a su hermana al colegio.
Buscar otro empleo.
Evitar noticias.
No mirar fotos de Mateo.
No tocar demasiado la pulsera roja.
Su hermana, Alma, la observaba una noche mientras cenaban arroz con huevo.
—Lo extrañas.
—No empieces.
—Eso dicen los adultos cuando no quieren admitir cosas.
Luna suspiró.
—Es complicado.
—¿Porque es rico?
—Porque su vida parece una casa con muchas habitaciones donde todas tienen trampas.
Alma pensó un momento.
—Pero él te defendió.
—Sí.
—Y tú lo salvaste primero.
Luna sonrió con tristeza.
—Eso no obliga a nadie a amarse.
—No. Pero es buen comienzo.
Dos días después, Mateo apareció en la puerta.
Sin traje.
Con una chaqueta sencilla.
Y una pequeña caja en la mano.
Luna abrió apenas.
—Te dije que no quería regalos.
—No es un regalo.
—Eso dicen todos antes de dar un regalo.
Mateo le entregó la caja.
Dentro estaba la cinta roja original.
La que ella le ató en la carretera.
Luna se quedó sin voz.
—No entiendo.
—La guardé cinco años porque pensé que me pertenecía como recuerdo. Pero es tuya. Fue parte de tu ropa. De tu miedo. De tu valentía. Yo solo la llevé como prueba de que seguía vivo.
Luna tocó la tela.
—Mateo…
—No vine a pedirte que vuelvas. Vine a devolverte lo que era tuyo y a decirte que Renata ya no forma parte de mi vida. Mi madre tampoco decide quién entra en ella.
—¿Y la empresa?
—Perderé contratos.
—¿Por mí?
—No. Por mí. Ya era hora de que una decisión mía me costara algo real.
Luna lo miró.
La sinceridad le dio miedo.
—No sé confiar en esto.
—Lo sé.
—Bruno también empezó siendo amable.
Mateo cerró los ojos un segundo.
—No voy a pedirte que me midas por mis palabras. Mídeme por lo que haga cuando no estés mirando.
Esa frase se quedó entre ellos.
Alma apareció detrás de Luna.
—¿Es el CEO?
Luna murmuró:
—Alma.
Mateo respondió:
—Soy Mateo.
Alma lo miró de arriba abajo.
—¿La vas a hacer llorar?
Mateo se quedó serio.
—Probablemente alguna vez, sin querer. Pero si lo hago, quiero aprender a reparar, no a culparla por sentir.
Alma pensó.
—Respuesta larga. Me sirve.
Luna se cubrió el rostro con una mano.
Mateo casi sonrió.
Luna guardó la cinta roja en la caja.
—No puedo prometer nada.
—No vine por promesas.
—Entonces, ¿por qué viniste?
Mateo sostuvo su mirada.
—Porque hace cinco años me dijiste que no me durmiera. Y creo que desde entonces estuve intentando despertar.
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