PARTE 5
Segundo plato: El vino roto
Paula Alarcón siempre quiso que Aurora la llamara hija.
Aurora nunca lo hizo.
No por crueldad.
Por precisión.
—No puedo darte una palabra que ya tiene historia —le dijo una vez—. Pero puedo darte casa, trabajo, respeto y pan caliente.
Para Paula, eso no bastó.
Creció mirando a Camila entrar a la cocina sin pedir permiso, corregir salsas, probar caldos, discutir con Aurora, reír con ella, pelear con ella y volver a abrazarla como si el amor pudiera soportar fuego.
Paula tenía vestidos caros, apellido del nuevo marido, lugar en la mesa.
Pero no tenía la mirada de Aurora.
Eso la envenenó antes que cualquier sal.
En el presente, Camila abrió el segundo sobre.
Dentro había una fotografía.
Paula, la noche de la muerte, vertiendo vino sobre la chaqueta de Camila en el camerino de personal.
—¿Recuerdas esto? —preguntó Camila.
Paula tembló.
—Fue un accidente.
—No. Fue para obligarme a cambiarme.
La pantalla mostró otro video.
Camila salía de la cocina a limpiarse el uniforme.
Durante esos tres minutos, Ramiro cambiaba el salero.
Tomás bloqueaba la puerta.
Paula hablaba con el camarero encargado de retrasar el servicio.
Todo sincronizado.
Paula empezó a llorar.
—Yo no sabía que iba a matarla.
Camila la miró con frialdad.
—¿Qué creías que iban a hacer con veneno en un salero?
—Ramiro dijo que solo enfermaría. Que Aurora firmaría el cambio de administración si se asustaba.
—Mi madre murió frente a ti.
Paula se cubrió la boca.
—Yo la quería.
—No. Querías que te eligiera.
Paula se quebró.
—Sí.
La palabra cayó limpia.
Fea.
Pero limpia.
Ramiro gritó:
—¡Cállate!
Paula levantó la vista.
Por primera vez, no obedeció.
—Tú dijiste que Camila lo perdería todo. Que yo sería la heredera. Que Aurora por fin entendería que yo también merecía algo.
Camila respiró despacio.
—Mi madre no murió por odio.
Miró a Paula.
—Murió por hambre.
Paula sollozó.
—Lo siento.
—No lo digas. Decláralo.
Camila hizo una señal.
Una fiscal salió de una mesa lateral.
Había estado cenando como invitada.
Los murmullos crecieron.
Paula entendió.
—Esto era una trampa.
Camila corrigió:
—Esto era una mesa. Ustedes trajeron sus delitos.
Ramiro intentó acercarse a Paula.
La fiscal levantó una mano.
—Señor Alarcón, si intimida a un testigo frente a mí, hará mi trabajo más fácil.
Camila tomó el tercer sobre.
Lo puso frente a Tomás.
—Tercer plato: La promesa podrida.
Tomás cerró los ojos.
—Camila…
—No. Guarda mi nombre para cuando jures decir la verdad.
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