PART 3
El hospital olía a desinfectante, café frío y miedo.
Lucian caminaba de un lado a otro frente a la sala de urgencias con las manos manchadas de sangre.
Sangre de Sofía.
No podía dejar de mirarlas.
Durante siete años, había imaginado muchas veces ese encuentro.
La vería suplicar.
La haría arrepentirse.
La obligaría a admitir que lo había dejado por dinero.
Luego la expulsaría de su vida como ella lo expulsó de la suya.
Pero nunca imaginó verla así.
Frágil.
Inmóvil.
Con una máquina luchando dentro de su pecho.
El médico salió horas después.
— Señor Vance.
Lucian se acercó.
— ¿Está viva?
— Por ahora.
Por ahora.
Dos palabras que casi le rompieron las rodillas.
— ¿Qué significa por ahora?
El médico revisó la carpeta.
— La señorita Rey tiene un corazón artificial experimental. Está en fase de deterioro avanzado. El dispositivo ha llegado a su límite. Si no se reemplaza pronto, podría fallar en cualquier momento.
Lucian no entendió.
O no quiso entender.
— ¿Corazón artificial?
— Sí.
— ¿Desde cuándo?
— Aproximadamente siete años.
Siete años.
El número cayó como una piedra.
Lucian se quedó sin aire.
— No puede ser.
— Además, su estado general es muy malo. Malnutrición, estrés crónico, dolor prolongado, posible rechazo del sistema. Le queda poco tiempo si no se encuentra una solución.
Lucian apoyó una mano contra la pared.
Sofía despertó al día siguiente.
Lo primero que hizo fue apartar la mano cuando él intentó tocarla.
— No me toques.
Lucian la miró.
— ¿Por qué no me dijiste?
Ella rió débilmente.
— ¿Qué cosa?
— Lo del corazón artificial.
— Te lo dije. Te dije que me estaba muriendo.
— Pensé que mentías.
— Siempre piensas lo peor de mí.
Lucian apretó la mandíbula.
— Voy a llevarte al mejor hospital. No importa el costo.
— No quiero.
— No te estoy preguntando.
Sofía intentó incorporarse.
— Lucian Vance, ya me humillaste bastante. Déjame ir.
— No.
— No soy tuya.
— No voy a dejar que mueras.
— ¿Por compasión?
Él no respondió.
Ella sonrió sin fuerza.
— Qué tarde llega.
Lucian la llevó de todos modos.
Ordenó médicos.
Especialistas.
Medicamentos.
Habitaciones privadas.
También la obligó a quedarse en una villa bajo vigilancia.
— La cirugía costó quince millones —dijo una mañana—. Trabajarás para mí hasta pagarla.
Sofía lo miró con cansancio.
— ¿Ahora soy tu deuda?
— Si eso te mantiene cerca, sí.
— Eres repugnante.
— Me lo has dicho antes.
— Y lo seguiré diciendo.
Lucian le daba medicinas cada noche.
— Vitaminas —decía.
Sofía empezó a sospechar.
¿Por qué la vigilaban tanto?
¿Por qué los médicos bajaban la voz cuando ella entraba?
¿Por qué Lucian parecía desesperado cada vez que tosía?
Clara le dio la respuesta.
Apareció en la villa mientras Lucian había salido.
Llevaba un vestido rojo y una sonrisa envenenada.
— ¿No sabes nada, verdad?
Sofía la observó.
— ¿De qué hablas?
— El corazón dentro de ti está rechazando tu cuerpo. Las píldoras que Lucian te da no son vitaminas. Son supresores. Solo te mantienen estable un poco más.
Sofía sintió el pecho frío.
— ¿Por qué me dices esto?
Clara sacó un documento.
— Estoy embarazada.
Sofía lo miró.
No sintió celos.
Solo una tristeza pesada.
— Felicidades.
Clara sonrió.
— Hagamos una apuesta. Hoy es mi cumpleaños. Voy a llamar a Lucian y fingir dolor. Tú le pedirás que se quede contigo. Veremos a quién elige.
Sofía no quería jugar.
Pero esa noche, el dolor fue real.
Tan real que no pudo levantarse del sofá.
Cuando Lucian llegó, ella lo tomó de la manga.
— Esta noche, ¿puedes quedarte?
Él se arrodilló frente a ella.
— Claro. Mientras estés conmigo, haré lo que quieras.
El teléfono sonó.
Clara.
La voz llegó fingida y dulce.
— Lucian, me duele el vientre. Estoy asustada. ¿Puedes venir?
Sofía lo miró.
— Acabas de prometerme que te quedarías.
Lucian dudó.
Un segundo.
Dos.
Luego soltó su mano.
— Es urgente. Debo ir.
Sofía cerró los ojos.
No lloró.
El corazón artificial pitó una vez, bajo, casi invisible.
— Incluso ahora —susurró—, me sigues mintiendo.
Lucian no escuchó.
Fue a ver a Clara.
Ella lo recibió con pastel, velas y una sonrisa triunfal.
— Gané —dijo.
Lucian se quedó quieto.
— ¿Dónde está el medicamento que salvará a Sofía?
Clara rió.
— ¿Medicamento? ¿De verdad creíste eso?
Lucian sintió que el mundo se volvía rojo.
— Me engañaste.
— No, Lucian. Tú te engañaste solo. Le prometiste quedarte y me elegiste a mí.
Luego soltó la verdad que destruyó todo:
— La persona que te donó su corazón hace siete años fue Sofía.
Lucian no se movió.
— ¿Qué dijiste?
Clara disfrutó cada segundo.
— Sofía te dio su corazón. Literalmente. Tú vives porque ella se quedó con una máquina en el pecho. Y tú la castigaste, la humillaste, la dejaste caer, rompiste lo único que tenía de su madre.
Lucian retrocedió.
El corazón dentro de su pecho empezó a golpear con violencia.
No era suyo.
Nunca había sido suyo.
Cada latido decía su nombre.
Sofía.
Sofía.
Sofía.
Cuando volvió a la villa, ella ya no estaba.
Solo había una nota.
Lucian, esta vez se acabó de verdad. Mi corazón ya no latirá por ti.
Él la buscó toda la noche.
Toda la ciudad.
Todos los hospitales.
Todos los hoteles.
Nada.
Días después, la policía encontró un cuerpo femenino irreconocible con documentos a nombre de Sofía Rey.
Lucian no lo aceptó.
— No es ella.
— Señor Vance…
— ¡No es ella!
Se encerró en la casa que había preparado para ella.
Tomó el colgante roto.
Lo apretó contra su pecho.
Contra el corazón de Sofía.
— Sigues aquí —susurró—. Tu corazón late conmigo. Puedo sentirte. No estás muerta.
Y durante un año, Lucian Vance buscó a una mujer que el mundo ya había declarado muerta.
En el hospital, Lucian descubrió que Sofía tenía un corazón artificial desde hacía siete años. Aun así, siguió intentando controlarla con médicos, deudas y vigilancia. Clara reveló que Sofía estaba muriendo y lo puso a prueba: Lucian prometió quedarse con Sofía, pero volvió a elegir a Clara. Entonces Clara confesó la verdad: Sofía le había donado su corazón a Lucian. Cuando él regresó a la villa, Sofía ya había desaparecido. Poco después apareció un cuerpo con su identidad, pero Lucian se negó a creer que estuviera muerta.
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