PARTE 6
La noche de la iglesia
Los hombres de Rosetti entraron por el patio con máscaras y armas largas.
No esperaron negociación.
Dispararon contra las puertas de madera de Santa Ágata, astillando santos, bancos y paredes donde durante años Bianca creyó que al menos Dios no podía ser comprado.
Luca estaba escondido en la habitación trasera con la madre Celeste.
Bianca se colocó en el pasillo central, detrás de una columna, con una pistola en cada mano. Alessandro estaba al lado contrario, moviéndose como sombra negra entre velas apagadas.
—No dispares hacia la sacristía —dijo Bianca.
—Lo sé.
—No, no lo sabes. Luca está allí.
Alessandro la miró.
—Entonces nadie llega a la sacristía.
El primer hombre cruzó la puerta.
Alessandro le disparó en la pierna y luego lo remató con un golpe de culata en el rostro. Bianca abatió al segundo antes de que apuntara hacia el altar. El tercero lanzó una granada de humo.
La iglesia se llenó de blanco.
Tos.
Gritos.
Sombras.
Disparos.
Bianca cerró los ojos un segundo y escuchó.
Cinco años escondida le enseñaron a pelear cuando no podía ver.
Un paso a la derecha.
Metal contra madera.
Respiración pesada.
Disparó.
Un cuerpo cayó.
Alessandro apareció entre humo con sangre en la mejilla.
—¿Herida?
—No mía.
—Bien.
Un hombre surgió detrás de Bianca y la golpeó contra el suelo. La pistola salió de su mano. Él intentó sujetarle el cuello. Bianca sacó la navaja del muslo y le abrió el costado. El hombre gritó. Ella lo empujó y le golpeó la cabeza contra el banco hasta que quedó inmóvil.
De la sacristía llegó un grito.
Luca.
Bianca se levantó como si no tuviera heridas.
Corrió.
En el pasillo trasero, un hombre había logrado entrar y sujetaba a la madre Celeste del cabello. Luca estaba en una esquina, con un pequeño cuchillo de cocina temblando en la mano.
—Suéltala —dijo Bianca.
El hombre sonrió.
—Baja el arma o la vieja muere.
Alessandro llegó detrás de ella, pero Bianca levantó una mano.
No.
Luca miraba todo con los ojos llenos de terror.
El hombre apretó el cuchillo contra el cuello de la monja.
Bianca bajó lentamente el arma.
El hombre sonrió más.
Error.
Luca lanzó el cuchillo pequeño.
No lo hizo bien, pero sí lo suficiente. La hoja se clavó en el brazo del atacante. El hombre gritó y soltó a la madre Celeste.
Bianca disparó.
El hombre cayó.
El silencio que siguió fue peor que la pelea.
Luca miraba su propia mano como si no la reconociera.
—Mamá…
Bianca dejó el arma y corrió hacia él.
Lo abrazó con fuerza.
—Estás bien. Estás bien.
—Lo lastimé.
Alessandro se quedó en la puerta.
El niño no lloraba como un niño.
Lloraba como alguien que acababa de cruzar una línea que ningún niño debería conocer.
Bianca cerró los ojos.
—Lo hiciste para salvarla.
—Pero lo hice.
—Sí.
No le mintió.
Alessandro se arrodilló a unos pasos.
—Luca.
El niño lo miró.
—¿Soy malo?
La pregunta destrozó a Alessandro.
—No.
—Pero usé el cuchillo.
—Usaste valor en un mundo que no debería haberte pedido valor.
Bianca miró a Alessandro.
Por primera vez, no hubo odio inmediato.
Solo dolor compartido.
Elías entró minutos después con refuerzos. La iglesia quedó llena de cuerpos, casquillos, humo y bancos rotos.
Irina había escapado durante el ataque.
Marco estaba camino al puerto sur.
Y Luca, con manos todavía temblorosas, preguntó:
—¿Van a venir más?
Bianca besó su frente.
—Sí.
Alessandro se levantó, con la mirada oscura.
—Pero esta vez iremos nosotros primero.
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