PARTE 4
El cumpleaños de Federico
La mansión Larios brillaba como si nunca hubiera mentido.
Flores doradas.
Velas.
Mesas largas.
Música suave.
Una torta enorme con el número sesenta.
Fotógrafos de sociales.
Federico Larios saludaba invitados con una sonrisa firme.
Adriana estaba a su lado, vestida de verde esmeralda, usando unos pendientes que habían pertenecido a Marina.
Isabella los reconoció desde la entrada.
La rabia le subió por la garganta.
Pero no perdió la calma.
Entró con vestido negro.
Ajustado, elegante, sin exageración.
La clase de vestido que no pide permiso.
Los murmullos empezaron apenas cruzó la puerta.
—¿Isabella?
—¿Volvió?
—¿Después de tantos años?
—Qué descaro.
Adriana la vio y dejó de sonreír.
Federico se quedó quieto.
Por un segundo, Isabella vio algo parecido al miedo.
Luego él recompuso el rostro.
—Isabella.
—Papá.
La palabra no tuvo calor.
Ofelia apareció de inmediato.
—No recuerdo haberte visto en la lista de invitados.
Isabella levantó la caja de música.
—Traje un regalo.
Adriana miró el objeto y palideció.
Federico también lo reconoció.
—¿Dónde encontraste eso?
—Qué pregunta tan interesante para alguien que dijo que mi madre se llevó todo.
Darío se acercó, nervioso.
—Isa, no hagas esto aquí.
Ella lo miró.
—Tú me llamaste ladrona cuando tenía dieciséis años.
Darío bajó la mirada.
—Era complicado.
—No. Era conveniente.
El abogado Mena se acercó con una sonrisa profesional.
—Señorita Larios, si desea hablar de asuntos familiares, podemos reunirnos otro día.
Isabella sonrió.
—He esperado ocho años. Hoy me viene bien.
Federico bajó la voz.
—No conviertas mi cumpleaños en una escena.
—No, papá. Tú convertiste mi vida en una escena. Yo solo elegí el lugar del final.
Los invitados ya grababan con sus teléfonos.
Isabella caminó hasta la mesa principal.
Puso la caja de música frente a Federico.
Luego colocó el collar de esmeraldas a su lado.
El sonido de la joya contra la madera fue pequeño.
Pero la sala entera pareció escucharlo.
Adriana susurró:
—Eso es mío.
Isabella la miró.
—No. Tú solo lo usaste mientras mi madre no podía venir a reclamártelo.
Federico dio un paso.
—Isabella, basta.
Ella abrió la caja.
La melodía empezó.
Suave.
Vieja.
Inocente.
Durante unos segundos, nadie habló.
Luego la voz de Marina llenó el comedor:
—Si escuchan esto, es porque mi hija volvió a una casa que nunca debió expulsarla.
Adriana dejó caer la copa.
El vino manchó el mantel blanco.
Federico se quedó inmóvil.
Ofelia susurró:
—Apaga eso.
Isabella no se movió.
La voz siguió:
—No huí con Tomás. Lo contraté porque descubrí que Federico, Adriana, Ofelia y Mena preparaban documentos para quitarme la empresa de mi padre.
Los invitados empezaron a murmurar.
Federico respiró con dificultad.
—Es una grabación manipulada.
Isabella cerró la caja.
—También esperaba esa frase.
Entonces las puertas principales se abrieron.
Y Marina Larios entró.
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