PARTE 11
El contrato que ninguno quiso romper
Noventa días después, Valentina y Dante se reunieron en el mismo piso 47 donde todo empezó.
La mesa de mármol negro había sido reemplazada.
La silla de Valentina estaba en la cabecera.
La de Arturo, vacía para siempre.
Dante entró sin guardaespaldas visibles.
Traje negro.
Camisa abierta en el cuello.
Reloj de oro.
Esa calma peligrosa que parecía hecha para irritarla.
—Señora Moretti.
—Señor Romano.
Sobre la mesa estaba el contrato de matrimonio temporal.
Fecha de vencimiento: ese día.
Dante dejó una pluma frente a ella.
—Puede firmar la disolución.
Valentina tomó el documento.
Lo leyó.
Página por página.
Dante esperó.
No la apuró.
Eso era una de las cosas más peligrosas de él: sabía esperar.
—Está correcto —dijo ella.
—Siempre hago buenos contratos.
—No exagere.
—Casi siempre.
Valentina sostuvo la pluma.
Pero no firmó.
—Tengo una pregunta.
—Solo una?
—No se ilusione.
Dante sonrió.
Ella lo miró.
—La noche de la boda, cuando apagó las luces y mostró la grabación… usted ya sabía que intentaban matarme.
—Sí.
—Pudo irse.
—Sí.
—Pudo dejar que me mataran y usar mi muerte para destruir a Costa y a mi consejo.
—Sí.
—¿Por qué no lo hizo?
Dante se quedó en silencio un momento.
No era un hombre acostumbrado a explicar lo que sentía.
Quizá porque en su mundo sentir era una debilidad.
O quizá porque sentir algo real le parecía más peligroso que cualquier arma.
—Porque usted leyó el contrato antes de firmar —dijo finalmente.
Valentina frunció el ceño.
—Esa no es respuesta.
—Para mí sí.
Se acercó un paso.
—La mayoría de la gente ve mi nombre y tiembla. Usted vio mi nombre y preguntó qué cláusula era falsa. Me pareció… raro.
—¿Salvó mi vida porque soy rara?
—Salvé su vida porque todos en esa sala la subestimaron.
Dante sostuvo su mirada.
—Y yo odio a los hombres que confunden elegancia con debilidad.
Valentina bajó la vista al contrato.
Podía firmar.
Terminar todo.
Volver a su vida.
Pero su vida anterior ya no existía.
Había sido vendida, atacada, perseguida, traicionada y reconstruida con documentos, sangre y alianzas imposibles.
Dante no era un príncipe.
No era un hombre limpio.
No era seguro.
Pero tampoco había fingido serlo.
Valentina dejó la pluma sobre la mesa.
—No voy a firmar hoy.
Dante no sonrió de inmediato.
—Por qué?
—Porque hay cuentas de Costa que aún no encontramos.
—Eso suena a excusa corporativa.
—Lo es.
—Buena.
—Y porque mi empresa necesita protección temporal.
—Otra excusa.
—También.
Dante se acercó un poco más.
—¿Y la verdad?
Valentina levantó la mirada.
—La verdad es que todavía no decido si usted es mi peor decisión o la única buena que salió de esa junta.
Dante sonrió lentamente.
—Me conformo con estar en la lista.
Ella tomó otro documento.
No de matrimonio.
De alianza estratégica.
—Nuevos términos.
Dante lo leyó.
—Está intentando regular mi comportamiento.
—Soy CEO. Regulo riesgos.
—¿Y yo soy riesgo?
Valentina se inclinó hacia él.
—El más caro.
Dante tomó la pluma.
Firmó.
Luego se la entregó.
Valentina firmó también.
No era una promesa de amor.
No todavía.
Era algo más honesto para ellos.
Un contrato entre dos personas que habían visto demasiado como para creer en cuentos limpios.
Dante tomó la mano de Valentina.
Despacio.
Esperando permiso.
Ella no la retiró.
—¿Puedo? —preguntó él.
Valentina lo miró.
—Puede.
Él besó sus nudillos.
No como dueño.
No como mafioso reclamando trofeo.
Como hombre peligroso reconociendo a una mujer igual de peligrosa.
Valentina sintió que el mundo, por primera vez en meses, no estaba cayendo.
Solo cambiando de forma.
Y en la ciudad, desde esa noche, todos entendieron una cosa:
no fue la mafia quien compró a la CEO.
Fueron sus propios traidores quienes intentaron venderla.
El error fue elegir como comprador a Dante Romano.
Porque el jefe de la mafia sí sabía leer contratos.
Y cuando encontró la cláusula de muerte…
decidió casarse con ella.
No para poseerla.
Sino para estar al lado de la mujer que iba a convertir una boda forzada en la caída de todos los que pusieron precio a su vida.
CONTRATO ROMANO-MORETTI: vigente.
Cláusula falsa: matrimonio por deuda.
Cláusula real: protección, venganza y auditoría.
Traidores caídos: consejo directivo, prometido falso, abogado y banquero.
Riesgo pendiente: Dante Romano.
CEO responsable: Valentina Moretti.
Valentina no fue salvada por la mafia.
Usó a la mafia para llegar hasta los hombres que la vendieron.
Y Dante Romano no compró una esposa.
Firmó junto a una CEO que convirtió su contrato de sangre…
en la sentencia más cara de la ciudad.