PARTE 2
Seis años antes
Seis años antes, Sofía Herrera amaba a Gabriel Montiel con la ingenuidad de quien todavía cree que el amor puede sobrevivir a una familia rica.
Se casaron rápido.
Demasiado rápido, según Amalia Montiel.
—Una secretaria no se convierte en esposa solo porque mi hijo se encaprichó —dijo la primera vez que la vio.
Sofía no era secretaria.
Era analista financiera.
Pero Amalia nunca permitió que la realidad estorbara un insulto.
Gabriel la defendía al principio.
—Madre, basta.
Pero con el tiempo, la defensa se volvió cansancio. Luego silencio. Luego frases como:
—No le hagas caso. Es su forma de ser.
Sofía pensó que podía soportarlo.
Hasta que quedó embarazada.
Cuando le dio la noticia a Gabriel, él lloró.
No mucho.
Solo lo suficiente para que ella creyera que todo valía la pena.
—Voy a protegerlos —le dijo, con una mano sobre su vientre—. A ti y a nuestro hijo.
No sabían que eran dos.
Esa misma semana, Renata empezó a visitarla más.
Su hermana menor siempre había sido hermosa de una manera más visible. Sofía era tranquila, observadora. Renata era brillo, perfume y sonrisa rápida. Cuando eran niñas, Renata quería los vestidos de Sofía, sus amigas, sus notas, incluso sus regalos de cumpleaños.
Pero Sofía nunca imaginó que también quisiera su vida.
La noche de la traición, Renata la invitó a cenar.
—Quiero disculparme —dijo—. Sé que no he sido la mejor hermana.
Sofía aceptó.
Fue su error.
En el restaurante, Renata pidió agua mineral para ella.
Sofía bebió.
A los quince minutos, el mundo empezó a inclinarse.
—No me siento bien —susurró.
Renata le tomó la mano.
—Lo sé.
Sofía intentó levantarse.
No pudo.
Dos hombres la sacaron por una puerta trasera.
Lo último que vio antes de perder el conocimiento fue a Renata guardando su anillo de bodas en el bolso.
Despertó en una clínica privada.
Atada.
Con dolor en el vientre.
Una enfermera lloraba junto a la cama.
—No puedo hacer esto —decía.
Una voz fría respondió:
—Ya está pagado.
Era Amalia.
Sofía intentó gritar.
No salió sonido.
Amalia se acercó a ella.
—Debiste aceptar dinero y marcharte cuando te lo ofrecí.
Sofía quiso moverse.
No pudo.
—Mi hijo es demasiado débil para entender que una mujer como tú siempre se vuelve peligro. Pero yo sí lo entiendo.
Renata apareció detrás de ella.
No lloraba.
No parecía culpable.
Parecía nerviosa.
—¿Y los bebés? —preguntó.
Bebés.
Sofía sintió que el terror la atravesaba.
Eran dos.
Amalia respondió:
—Uno puede servir. El otro no debe quedar registrado.
Sofía perdió el conocimiento otra vez.
Cuando despertó, una mujer llamada Clara estaba a su lado.
La misma enfermera que antes lloraba.
—Escúchame —susurró—. Tus hijos están vivos. Los dos. Pero si te quedas, te los quitarán.
Sofía apenas podía respirar.
—Gabriel…
Clara bajó la mirada.
—Le dirán que robaste dinero y huiste. Ya prepararon transferencias falsas. También una carta. Tu hermana firmó como testigo.
El mundo de Sofía se rompió sin hacer ruido.
—Mis hijos…
Clara abrió una manta.
Dos bebés dormían allí.
Pequeños.
Frágiles.
Vivos.
—Tienes diez minutos antes de que vuelva la seguridad —dijo la enfermera—. Después de eso, no podré salvarlos.
Sofía no pensó en Gabriel.
No pensó en justicia.
No pensó en amor.
Tomó a sus hijos.
Y corrió.
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