PARTE 5
La cena donde nadie pudo fingir
Alma no volvió a la mansión durante dos semanas.
Siguió dando clases a Clara online.
La niña parecía más tranquila, pero siempre preguntaba:
—¿Vas a venir algún día?
Alma respondía:
—Cuando la casa tenga menos monstruos.
Clara dibujó un monstruo con vestido rojo.
Alma no preguntó.
Mientras tanto, Santiago hizo algo que su familia no esperaba:
revisó las cámaras.
No solo las del jardín.
Las de toda la fiesta.
Vio a Violeta empujar a Alma.
Vio a Marco reír mientras ella era humillada.
Vio a su madre mirar y no intervenir.
Vio a Clara intentando acercarse y siendo detenida por una empleada siguiendo órdenes de Beatriz.
La rabia de Santiago no explotó.
Se volvió decisión.
Canceló cualquier conversación sobre compromiso con Violeta.
Retiró a Marco de dos proyectos internos.
Y convocó una cena familiar.
Beatriz llegó pensando que sería una reunión de control de daños.
Violeta llegó con vestido rojo y una sonrisa restaurada.
Marco llegó tarde, como siempre, fingiendo tranquilidad.
Clara bajó con su cuaderno.
Y Alma llegó porque Clara se lo pidió.
No por Santiago.
Eso se repitió tres veces en el taxi.
Voy por Clara.
No por Santiago.
Voy por Clara.
Pero cuando entró al comedor y lo vio de pie junto a la mesa, con traje oscuro y ojos atentos, su corazón no obedeció la frase.
Santiago caminó hacia ella.
—Gracias por venir.
—No me agradezca demasiado. Todavía puedo irme.
—Lo sé.
—Bien.
Violeta soltó una risa suave.
—Qué dramático todo. ¿También habrá disculpas públicas?
Santiago la miró.
—Sí.
El comedor quedó en silencio.
Violeta parpadeó.
—¿Perdón?
—Empieza tú.
La sonrisa de Violeta desapareció.
Beatriz intervino:
—Santiago, esto es innecesario.
—No. Lo innecesario fue invitarla a esta casa para usarla en un juego de celos y permitir que la humillaran.
Marco dejó la copa.
—Yo no la usé.
Alma lo miró.
—¿No? ¿Entonces me llevaste por mi conversación fascinante sobre literatura infantil?
Marco apretó los labios.
Santiago puso una tableta sobre la mesa.
No proyectó nada.
No convirtió la cena en teatro.
Solo la dejó allí.
—Tengo las cámaras.
Violeta perdió color.
—Santiago…
—Empujaste a Alma.
—Fue un accidente.
—No.
Una sola palabra.
Firme.
Definitiva.
Beatriz se tensó.
—¿Vas a destruir una alianza familiar por una chica que apenas conoces?
Clara levantó la vista.
—Yo la conozco.
Todos se callaron.
La niña siguió:
—Más que ustedes.
Beatriz quedó pálida.
Alma sintió un nudo en la garganta.
Santiago miró a su hermana con una suavidad que Alma no esperaba.
—Sí —dijo él—. Tú la conoces.
Luego miró a su madre.
—Y eso debería avergonzarnos.
Marco se levantó.
—Esto es ridículo. Alma sabía que era una noche falsa. Aceptó el dinero.
Alma sintió el golpe.
Santiago dio un paso, pero ella levantó una mano.
Esta vez hablaría ella.
—Sí. Acepté dinero.
El silencio cambió.
Alma respiró hondo.
—Acepté porque mi abuela necesita medicamentos. Acepté porque Marco me dijo que era una actuación simple. Acepté porque a veces la necesidad te sienta en mesas donde nadie te quiere. Pero no acepté ser empujada, insultada ni convertida en juguete de una relación que ninguno de ustedes tiene valor de resolver.
Marco bajó la mirada.
Violeta dijo:
—Qué discurso tan noble.
Alma la miró.
—No es noble. Es cansancio.
Santiago se volvió hacia Marco.
—Pídele perdón.
Marco rió.
—No.
Santiago no levantó la voz.
—Entonces sales de la empresa hasta que aprendas a no usar a personas como accesorios.
Marco se puso de pie de golpe.
—No puedes hacer eso.
—Ya lo hice.
Beatriz golpeó la mesa.
—¡Santiago!
—También cancelé cualquier acuerdo con la familia Sanz.
Violeta se quedó helada.
—No puedes.
Santiago la miró.
—Claro que puedo. Solo que antes no quería soportar la incomodidad.
Violeta, humillada, miró a Alma.
—¿Te sientes especial?
Alma respondió con calma:
—No. Me siento mojada todavía.
Clara soltó una risa.
Pequeña.
Real.
El comedor entero quedó atrapado en esa risa.
Santiago también sonrió.
Y Alma, al verlo sonreír así, sintió miedo.
Porque una cosa era que la defendiera.
Otra muy distinta era empezar a querer verlo feliz.
Después de la cena, Alma salió al jardín.
La piscina estaba iluminada.
Se quedó mirándola.
Santiago apareció a su lado.
—Mandé reforzar la seguridad del borde.
Alma lo miró.
—¿Por si otra heredera decide tirarme?
—Por si alguien vuelve a confundir mi casa con un lugar donde puede humillar sin consecuencias.
—Suena caro.
—Lo es.
—Muy CEO de su parte.
Santiago bajó la mirada.
—Estoy intentando hacerlo menos mal.
Alma sonrió apenas.
—Eso fue casi una frase humana.
Él la miró.
—Alma.
La forma en que dijo su nombre la dejó quieta.
—No quiero que vuelvas por obligación con Clara. Ni por gratitud. Ni porque te defendí tarde.
—¿Entonces?
—Quiero verte porque quiero verte.
Ella respiró hondo.
—Eso es peligroso.
—Lo sé.
—Tu madre me odia.
—Mi madre odia todo lo que no puede controlar.
—Violeta me quiere ahogar.
—Ya no entrará a esta casa.
—Marco me usó.
—Marco no volverá a acercarse a ti.
Alma lo miró con tristeza.
—Sigues hablando como si pudieras ordenar que el miedo desaparezca.
Santiago se quedó callado.
Ella continuó:
—Yo no necesito un CEO que limpie todos los obstáculos. Necesito saber si detrás del apellido hay un hombre que puede quedarse cuando la solución no sea rápida.
Santiago sostuvo su mirada.
—Quiero aprender.
—Eso no es una respuesta perfecta.
—No tengo una perfecta.
Alma sonrió suavemente.
—Mejor.
Y por primera vez, ninguno de los dos se fue.
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