CHAP 5
La casa de campo de Horacio Vidal
La casa de campo de Horacio Vidal no parecía una fortaleza.
Ese era su peligro.
Tenía jardines perfectos, luces cálidas, fuentes de piedra y ventanales amplios. Desde fuera, parecía un lugar donde hombres ricos hablaban de caballos, vino y donaciones benéficas.
Sofía sabía que los monstruos más caros casi nunca vivían en castillos oscuros.
Vivían con flores frescas en la entrada.
Elena les dio el plano.
—Hay una entrada de servicio junto a la cocina. Vidal guarda documentos en una sala privada detrás de la biblioteca. El contrato original está en una caja gris.
Bruno la miró.
—¿Cómo sabes tanto?
Elena bajó la vista.
—Porque fui allí más veces de las que quiero admitir.
Sofía no preguntó más.
No quería imaginar cuántas cenas, reuniones y mentiras ocurrieron mientras ella preparaba aniversarios para un esposo que ya estaba vendiendo su vida.
Entraron de noche.
Clara controlaba cámaras desde una camioneta. Bruno iba con Sofía. Elena entró primero usando una invitación antigua todavía activa.
Todo funcionó durante once minutos.
Luego Vidal apareció.
No en persona.
En las pantallas de seguridad.
—Sofía Alarcón —dijo con una sonrisa tranquila—. Qué falta de educación entrar a una casa sin avisar.
Sofía miró la cámara.
—Usted intentó enterrarme sin invitarme. Estamos empatados.
Vidal rió.
—Mateo dijo que eras dulce.
—Mateo siempre fue mal lector.
Las puertas se cerraron.
Alarmas silenciosas.
Hombres moviéndose en los pasillos.
Bruno tomó a Sofía del brazo.
—Biblioteca. Ahora.
Corrieron.
Elena los guió por un pasillo lateral. Dos guardias aparecieron. Bruno derribó al primero. Sofía empujó una mesa contra el segundo. Elena, temblando, tomó una lámpara y golpeó al hombre que intentó alcanzarla.
Sofía la miró.
—Mira. Todavía sabes hacer algo útil.
—Me lo merezco.
—Sí.
Llegaron a la biblioteca.
El panel oculto estaba detrás de un retrato de Vidal recibiendo un premio humanitario.
Sofía casi se rio.
—Qué bonito. El criminal enmarcado.
Bruno abrió la sala.
Dentro había archivos, cajas fuertes y una mesa con varias carpetas.
Caja gris.
Sofía la abrió con una clave que Elena entregó.
Dentro estaba el contrato original.
Pero también una grabación.
Clara habló por el auricular:
—Sofía, hay movimiento. Vidal va hacia ustedes.
Sofía conectó la memoria a una laptop de la sala.
La grabación se abrió.
Mateo aparecía sentado frente a Vidal.
—Si Sofía muere, yo heredo el control temporal —decía Mateo—. Pero necesito garantía de que Elena recibirá su parte.
Vidal respondía:
—Primero mata a tu esposa. Después hablamos de amantes.
Sofía sintió que la habitación giraba.
Elena se cubrió la boca.
—No sabía…
Sofía la miró.
—No termines esa frase.
Mateo siguió en el video:
—No quiero hacerlo personalmente.
Vidal sonrió.
—Los cobardes también pagan tarifa completa.
Bruno maldijo.
—Esto basta para destruirlos.
Vidal entró justo entonces.
Aplaudiendo.
—Sí. Si salen vivos de aquí.
Detrás de él venían cuatro hombres.
Vidal no levantó la voz.
—Sofía, eres impresionante. Si Mateo hubiera sido más inteligente, habría seguido casado contigo y usado tu talento.
Sofía guardó la memoria.
—Los hombres como usted siempre creen que admirar a una mujer significa querer usarla.
—Y las mujeres como tú creen que sobrevivir una vez las vuelve invencibles.
—No. Sobrevivir una vez me enseñó a no esperar piedad.
La pelea empezó con un movimiento de Bruno.
Empujó una silla contra el primer guardia. Elena gritó y se agachó. Sofía tomó la caja gris y golpeó al hombre que intentaba quitarle la memoria. Vidal retrocedió, molesto por el desorden, no por el peligro.
Clara apagó las luces desde la camioneta.
La biblioteca quedó en sombras.
Sofía corrió hacia la salida lateral.
Vidal la alcanzó en el pasillo.
No la golpeó.
Solo la sujetó del brazo con fuerza.
—Tu padre también pensó que podía desafiarme.
Sofía sintió un dolor agudo en las costillas.
—Mi padre murió de pie.
Vidal sonrió.
—Y aun así murió.
Sofía lo miró.
—Pero usted sigue hablando de él. Eso significa que todavía le gana.
Bruno llegó y empujó a Vidal contra la pared. Sofía se soltó.
Salieron al jardín entre gritos y sirenas lejanas.
Clara había llamado a fiscales.
Pero Vidal no parecía preocupado.
Mientras lo esposaban, sonrió hacia Sofía.
—Mateo está en el viejo teatro. Si no llegas antes de medianoche, no quedará nadie que confirme quién manipuló los frenos.
Sofía se detuvo.
Vidal tenía razón.
La memoria era fuerte.
Pero Mateo seguía siendo la confesión viva.
Y si moría, muchos dirían que Sofía fabricó todo por venganza.
Ella miró a Bruno.
—Vamos por él.
Bruno negó.
—Es otra trampa.
Sofía miró hacia la carretera oscura.
—Lo sé.
Y aun así, esta vez, la trampa también iba a tener dientes.
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